Resolver o repetir

No se lo tenía que contar a nadie, era nuestro secreto. Y las cosas que me pedía que hiciera eran las que hacen los adultos. Y mis padres no querían que yo me enterase de esas cosas, porque entonces me haría grande más rápido y ellos querían que yo fuese para siempre un niño. Y esto era absolutamente normal. Y lo hacía todo el mundo. Tenía que sentirme honrado de que me enseñaran esto siendo tan chico, pero tenía que merecérmelo.Yo era tan inocente, que creí todo lo que él me decía. Era una de las personas que más admiraba en el mundo ¿por qué no iba a creerle?Durante décadas, estas cosas que sucedieron no tuvieron palabra para definirlas. Y por eso quiero hablarte de "lo que pasó" sin ponerles un nombre.Después de "aquello", que no fue una vez sino algo que se repitió a lo largo de por lo menos cuatro años, mi vida cambió por completo, por supuesto.Empecé a tener problemas en el colegio: de concentración, violencia física, me perdía en mis fantasías, no comía, y mis maestras llamaban a mis padres sin entender qué era lo que pasaba. Me estaba convirtiendo en un preadolescente rebelde y "necesitaba más disciplina".Psicopedagogas, psicóloga, pediatra... nadie se dio cuenta. Ni mis padres. Ni mis hermanos ni yo tuvimos palabra para contarlo o pedir ayuda.Durante esos años, empecé a escribir, por crear un mundo donde pudiera evadirme. Y empecé a mentir, como una forma de protegerme frente a la profunda invasión psíquica de unos padres y una abuela fervientemente religiosos.En esa época, para ir hacia el patio en el fondo de mi casa, había que pasar por la cocina. Cuando nadie me veía, abría la puerta de la heladera, tomaba alguna de las botellas de vermouth que estaban allí enfriándose, le daba un buen trago y salía a jugar. Tenía doce años. Nadie nunca lo supo.Por los problemas escolares empecé a ir a una psicóloga, primero me pasaba a buscar mi madre con el auto y luego cuando tuvimos que venderlo por las deudas, empecé a ir en tren por mi cuenta. Iba por las mañanas, antes de entrar al colegio.Con ella, yo llamaba al alcohol "la capa". Cuando necesitaba escaparme de todo lo que me dolía, "me ponía la capa" y se me pasaba. Después de ponerme la capa, me sentaba en el tobogán del jardín y me ponía a mirar los árboles mientras sentía como el ritmo de mi corazón iba apagándose en mi pecho.Gracias a ella, dejé de "usar la capa". Y también pude tomar un poco de distancia de ese que quería mostrarnos a mi y a mis hermanos cómo ser adultos más rápido.Una tía, convencida de que "hacer terapia" me iba a alejar de mi familia y de Dios, me pidió que dejara de ir a la psicóloga, para ir a ver a un cura salesiano. Yo tenía mucho miedo de enfrentar a mis padres, y ella me sugirió que, en el mismo día y horario de mi terapia, me fuera con ella a ver a este guía espiritual. El camino era a través de la Iglesia, yo iba a estar bien.Mi tía decía que yo estaba muy mal alimentado, que mis brazos parecían fideos, y que tenía un tono gris en la piel. Tenía que "hacer un esfuerzo", porque si yo no ponía voluntad, nunca iba a ser una persona normal.Ella y mi abuela decían que mi madre había tenido a sus hijos como quien compra juguetes, y que ya se había cansado de nosotros. Era su propia madre.El sacerdote me hacía preguntas muy incómodas sobre mi cuerpo y lo que hacía cuando estaba solo o en la ducha, y después de cada encuentro los abrazos eran más largos y me acariciaba la cara mirándome a los ojos.Pasé de sentirme escuchado y comprendido a volver a usar "la capa" para huir de todo aquello.No había palabras entonces para describir lo que sucedió, ni las hay ahora para definir el horror que pasamos, y lo solos que estábamos. Yo era un poco más grande, pero mis hermanos tenían apenas cinco años, y no supe protegerlos, ni pedir ayuda.Tal fue la ausencia de palabra, que cuando mis padres finalmente se enteraron de lo que pasó unos cuantos años más tarde, no pude contarlo, como ahora.Mis hermanos "recordaron" parte de ese horror cuando, veinte años más tarde, uno de ellos reconstruyó trozos de su memoria en una consulta psicoanalítica. Más allá de los blancos cosidos entre sí a través de la lógica y la suposición, un profundo sentido de desconfianza se apoderó de todos nosotros.Hoy, cada uno tiene una versión diferente de esos años, y fuimos incapaces de sentarnos a juntar las piezas: nos comió la vergüenza y la ausencia de palabras, no supimos abrazarnos. Y ya no nos hablamos, porque de tanto guardar un secreto, nuestra familia se rompió en pedazos.Décadas más tarde, supe que mi madre y sus hermanas fueron abusadas sexualmente cuando eran niñas, y ella aún usa una capa, aunque no se sube arriba de ningún tobogán a mirar los árboles.Alguien alguna vez dijo que "lo que no se resuelve se repite" y algún otro que "si nadie se entera es como si no hubiera pasado". Yo creo que el primero tenía razón y que el segundo quizo tapar el Sol con un dedo, o quizá con una capa.

Tu alma gemela no existe

De chicos (y de grandes) nos hicieron creer que hay UNA persona para cada uno "allí afuera" y que en algún lugar nos está esperando.Es como si nuestro destino estuviese escrito, y el amor de nuestra vida estuviera decidido allá arriba. Esto también vale para quienes sienten que ese amor no existe, o les han dicho que pasarán la vida solos, que no son amables, que por ser del modo que son nadie los querrá nunca. Extrañas certezas que nos ponen en la cabeza, no?Esperamos ese amor al primer flechazo, y que esa persona se convierta en "todo aquello que nos falta", que complete ese vacío, que lo haga como si hubiera estado diseñada para satisfacer ese deseo... creo que al verlo así, es fácil darse cuenta que esa persona no existe.No es que no tengamos ese deseo, queremos la solución mágica, el amor a medida, el compañero perfecto.De pronto, quizá, conozcas a alguien que encienda todas tus alertas, te haga vibrar por dentro. Eso, decía Eduard Punset, es un montón de química y búsqueda de sentido en un encuentro en donde las hormona, neurotransmisores, y nuestra mente buscan patrones y quieren "darle sentido" a todo. Realmente QUEREMOS que esa sea LA persona, es un salto químico para hacer la apuesta de dedicarnos a este Ser y a nadie más, queremos que la búsqueda termine¿Esa "ilusión" significa que hemos encontrado a nuestra alma gemela? Creo que al verlo en estas palabras, puede ser más fácil reconocer que quizá es más nuestra voluntad y nuestra química que otra cosa.Y esa química es tan poderosa que en medio de todas esas coincidencias increíbles que tenemos con quien acabamos de cruzarnos, cuando aparece la primera diferencia, no nos importa nada ¿Pasa demasiado tiempo en el baño? ¿Se mira demasiado al espejo? ¿No practica meditación? ¿No recicla? ¿Come carne? ¿Odia "La casa de papel"?Quizá llegues a pensar que estas diferencias son terribles, que el hechizo se ha roto, que existe alguien más perfecto que este ser (que ya no es tan adorable) ¿Existe? ¿Estás perdiendo el tiempo con él?Quizá no, quizá hay que alimentar aquello que nos une, porque... "oh sorpresa", las almas se vuelven gemelas.Compartimos gustos musicales, las tradiciones de la familia del otro, vamos a la cama juntos o vemos una serie, hasta vamos a la playa cuando lo que nos gustó siempre fue la montaña... hasta disfrutamos descubriendo con el otro.De a poco nos encontramos coincidiendo en lo que nos gusta comer de postre, o sobre aquella idea política que antes podíamos llegar a aborrecer.Y así, sin darnos cuenta casi, nos vamos convirtiendo en gemelos, en almas que resuenan, y hacen su camino juntas... ¿Por cuanto tiempo? Por el que dure el camino.De eso se trata, de alimentar la coincidencia, de resonar con el otro, de compartir el camino, de "hacerse gemelos" en la diferencia enriqueciéndonos del otro.Tu si tu alma gemela aún no existe, podés empezar a crearla ahora.

Todos tenemos razón

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Todos tenemos razón. Todos sentimos cosas cuando alguien nos hiere, y eso nos ciega... y ya no vemos nada, y para este cerebro, que está encerrado en lo profundo del cráneo a siete llaves, lo que sentimos es más verdadero que cualquier verdad. Ahí, es donde se acaba el juego.Todos tenemos razón, y la razón está sobrevalorada, es más común que el agua, o el aire... la lógica lo resiste casi todo.Todos tenemos razón, y esperamos que nos den más, nos ponemos ciegos frente a la posibilidad de que la argumentación cartesiana supere a ese dolor que nos parte: nosotros, somos nosotros los que estamos en lo cierto.Todos tenemos razón, y nos vanagloriamos de ello al contar nuestras penas y las cosas que hemos vivido.Todos tenemos razón, y para nosotros el otro es simplemente un puñado de suposiciones que justifican, explican, hacen un patrón, con lo que nos ha tocado vivir.Todos tenemos razón, somos una máquina de generar argumentos, de ver hilos conductores, de vincular causa y efecto.La verdad es que no entendemos nada. No sabemos nada sobre el mundo que nos rodea, somos profundamente ignorantes. Vamos a ciegas tratando de entender el mundo ¿La razón? Está simplemente sobrevalorada, lo realmente escaso es la empatía.La razón la tiene cualquiera, ponerse en el lugar del otro es lo realmente escaso. Eso, no lo hace cualquiera.Si quieres ganar una discusión, ponte en el lugar del otro, siente lo que siente, desármalo por dentro... y por favor, no me des la razón, gracias, porque ya lo sabes: de eso, ya tengo.

Amar lo que nos pasa

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Otra vez llegué temprano, muy temprano. Nevaba bastante fuerte, y así y todo preferí ir caminando. Inclusive se hizo de día mientras avanzaba calle arriba hacia el hospital. La nieve fresca silencia todos los ruidos, hace las pisadas sordas. Sólo podía escuchar mis suspiros, y hasta el sonido de mi respiración.Es difícil no prever escenarios, no tener expectativas. Mientras trataba de encontrar la entrada correcta al edificio número seis, inhalaba profundo y sentía el aire helado llegar hasta mis pulmones.Amar lo que es, lo que sea que sea...Cuando llegué al área de los consultorios de Neurología, me encontré con los pacientes que esperaban su turno y con las enfermeras de uniforme que los acompañaban hasta la sala de espera. En su mayoría, personas mayores con dificultades serias para valerse por su cuenta, en un largo pasillo lleno de puertas y de sillas a los costados.Mirando con atención los carteles puestos junto a cada puerta, pude dar con los del doctor que me operó en octubre. Mi mente comenzó a comprender que, realmente, la espera estaba terminando en ese mismo instante: a partir de ahora tendría la certeza de lo que estaba sucediendo conmigo hoy.Amar el resultado que venga, abrazarlo y hacer lo que haga falta...Di dos pasos hacia atrás, giré hacia la derecha para medir la distancia hasta la silla más cercana (no puedo aún girar a la izquierda sin marearme) y me senté. Mientras miraba la puerta del consultorio, pensaba en mis migrañas casi constantes antes de la operación, y cuánto mejor me sentía ahora.Me dije a mi mismo qué, si antes mis síntomas habían sido alerta de otra cosa... ahora, que me siento mucho mejor... ¿No debería ser esa ausencia de síntomas una buena noticia?A través de lo vivido, y no sólo con "Mike" (mi tumor), aprendí a ver al cuerpo como lo que es: una fuente inagotable de señales que desesperadamente quieren ser escuchadas.Amar lo que mi cuerpo tenga para decir, sin rechazarlo...Aprendemos a ignorar al cuerpo: usamos zapatos incómodos, ropa apretada, comemos cosas que ni siquiera son comida, adoptamos posiciones al sentarnos que son antinaturales... Nos acostumbramos tanto a lo molesto, que cuando hay algo para prestarle atención seriamente, tiene que elevarse por sobre un enorme ruido de fondo: nuestros hábitos.El Yoga te enseña a escucharte, y creo que fue eso mismo lo que me permitió darme cuenta hace unos meses de que "algo no andaba bien" cuando tenés que tomar un analgésico por día para reducir un dolor de cabeza. Alguna vez lo dije ya, nos acostumbramos a todo, inclusive al dolor.Después de dos semanas de no construir escenarios, o al menos de intentar no hacerlo, me encontraba sentado esperando que sea puerta se abriese, y tenía pensado estudiar cada gesto del médico cuando me saludara... por supuesto, nada de eso ocurrió.Amar lo que es, desde este presente, sin adelantarme...Una bata blanca entró en mi campo visual por la izquierda y me llamó por mi apellido. Me señaló la puerta cerrada con una mano y sonrió. Su cara era inescrutable. En lo que tardé en sacarme los abrigos, él ya había desplegado imágenes de mi cerebro en dos pantallas.Me dijo que estaba "admirando mis imágenes" y lo primero que pensé era que tenía una linda cabeza, para darme cuenta de que el neurocirujano hablaba de su propio trabajo. Me pidió que mirara la pantalla de la derecha y me preguntó si veía algo anormal en la imagen... "Veo una cabeza completamente normal", le dije. "Es la tuya", me contestó.Estaba absolutamente asombrado, no había traza alguna de "Mike" o siquiera del espacio que había dejado vacante al ser desalojado.Entonces, aquello que el cuerpo me decía, que me sentía bien porque estaba bien, era cierto... El inglés no era la lengua nativa de ninguno de los dos, y a mí de pronto me costaban las palabras... el médico tomó la batuta en la conversación y me empezó a decir que no quedaban huellas aparentes del tumor. Hizo un par de movimientos con el mouse, y puso junto a ese perfil de mi cabeza obtenido recientemente, una instantánea de cuando encontraron a Mike en septiembre del año pasado. Mi cerebelo izquierdo había sido comprimido a la mitad de su tamaño esperado, gracias a este "cuerpo extraño", a esta perla que había hecho crecer dentro de mi cabeza.Cuando le pregunté si podía ayudarme a darme cuenta de la dimensión que había tenido en mi cabeza, me dijo que si lo hubiera tenido en mi mano, no habría podido cerrar el puño sin apretarlo. Dicho de ese modo me parecía gigante.En ese momento, amé al Lucas que fui, al que soportó todo como si una aspirina y un montón de agua fuera hacerlo desaparecer.Amar al que lo soportó... Con respecto a mis mareos y vértigos, mi médico fue muy cauto y claro: podría desaparecer en unos meses, o acompañarme por el resto de mi vida. Cuando giro hacia la izquierda o hacia atrás, siento como si el mundo desapareciera y fuese a caer al vacío absoluto... como quien se asoma por encima de la cornisa de un edificio altísimo.Empecé a hablar y el doctor me interrumpió amablemente, para decir que "cualquier consecuencia de esta naturaleza era mejor que tener un tumor cerebral" y yo comencé a reírme. Era claro que estaba acostumbrado a que los pacientes se quejaran de los efectos secundarios de las operaciones. Yo en cambio seguía asombrado de estar así, y por sobre todo con vida.Amar al que lo sobrevivió...Después de contarme que el patólogo tuvo que chequear varias veces que la muestra estaba viva, porque no había habido actividad celular en las dos semanas que estuvieron analizando a Mike bajo el microscopio, me dijo que era probable que hubiese tenido este tumor prácticamente toda mi vida, allí, creciendo a la sombra.En el Yoga se habla de "samskaras" como marcas profundas que nos dejan los acontecimientos que vivimos, bloqueos en nuestra mente que pueden llegar al cuerpo... teniendo en cuenta que todo lo que está en nuestro cuerpo tiene algún factor emocional, además de lo genético y lo medioambiental... no podía dejar de preguntarme qué fue lo que hizo que dejara que una célula que creció descontrolada terminara transformándose  en algo más grande que un damasco. En estos meses, descubrí que a los médicos les encanta comparar a los tumores con frutas, los hace parecer más inofensivos. En cambio, parece que los pacientes solemos compararlos con pelotas de diversos deportes, los hace parecer más reales y agresivos.Escuchó con atención todo lo que tenía para decir, y tomó nota de todo lo que le pareció curioso o un dato trascendente. Me explicó que mi cerebelo tardaría meses en volver a expandirse a su máxima capacidad y que reconectarse con el espacio también sería un desafío para mí. Inmediatamente pensé en las asanas invertidas, en la parada de cabeza, y en otras cosas que aún no he vuelto a hacer y que extraño. Meses. Meses era mejor que nunca.Y lo que fuese a surgir, yo iba a amar eso... lo que pueda ser...Esto de la ubicación espacial es curioso, porque mi cerebelo procesa información que viene del oído medio y de los movimientos que hago, como una forma de medir dónde está el suelo, la pared, etcétera... hay movimientos que me dan la sensación de estar enfrentándome al infinito, y no quizá a la almohada o la puerta del baño.Estos síntomas extraños me dan sensación de fragilidad, y las imágenes que vi en pantalla en el consultorio a la vez me hacen sentir fuerte, de a ratos indestructible. Creo que esa mezcla de sensaciones representa eso de "amar lo que es".Esa combinación extraña de sensibilidad y resiliencia, es la que nos da permiso para probar algo distinto, para sentirnos alegres de haber superado algo que parecía insuperable. Cada paso es un logro, y aunque este no sea el último, me devolvió la visión de que la salud es un proceso, un equilibrio, y por sobre todo aceptación y calma.Le pregunto al médico cuándo vuelvo a verlo, y me dice que todo está tan bien que él cree que directamente cuando se cumpla un año de la operación, no antes. "Cuando menos lo vea, por mí mejor, usted fue el que me abrió la cabeza con una sierra" le contesto y ambos nos reímos.Cuando llegué de nuevo a la calle, había salido el sol: ya no nevaba. No importa, también hubiese amado que hubiera seguido nevando.

No sabemos el propósito de nada

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Estoy en un avión. Y no me explotó la cabeza... mi mente había fabricado la imagen de que mi cerebro iba a explotar en el aire como explotaban las cabezas de los marcianos en "Mars Attack".No es que tuviese que temer, ya que mi médico me dio autorización para hacer este vuelo.Bueno, con el miedo ya sabes cómo es, no? A veces no tiene que ver con la lógica si no con lo que desesperadamente queremos evitar.Voy camino a Londres, a ver unos amigos y unas exposiciones. Es un viaje de dos horas, Y cuando no tengo nada para hacer, medito o escribo... y cada vez más, la escritura se vuelve una actividad contemplativa: escribo, observo, no juzgo, sigo escribiendo.Aún estoy a la espera de los resultados de mi primer chequeo, y todo lo que hago pasa por el filtro de aprovechar este tiempo, de no hacer la espera un desperdicio.Si los resultados son que necesito más tratamiento, al menos hice todo lo que podía con este tiempo. Si los resultados son que no necesito más tratamiento, mi vida no estuvo en suspenso por algo que no sucedió.Ayer, hablaba con una gran amiga, que recientemente fue diagnosticada con un tumor maligno en su pulmón derecho.Y mientras hacíamos una llamada de audio por WhatsApp, uno a 12.400 km de la otra, hablábamos exactamente de eso: no sabemos cuál es el propósito de nada.Mientras lo estamos viviendo, no tiene sentido, y muchas veces asumimos para qué sirve lo que vivimos. Y te prometo que nos equivocamos.¿Para qué sirve un tumor? ¿Para qué le sirve a ella un cáncer? ¿Para qué nos sirven el dolor o la desilusión?Mi amiga, enorme creyente y practicante, hoy está enojada con todo.Los dos hemos hecho cosas buenas, y desde alguna perspectiva pareciera que no nos ha ido bien.Sorpresa.Ese deseo humano de prevenir el dolor y la enfermedad, siendo buenos y "haciendo las cosas bien" puede ser simplemente eso: nuestra esperanza, lo que queremos como premio a lo que hicimos.Sorpresa.A veces queremos entender y dar sentido, y resulta que no funciona...No sabemos cuál es el propósito de nada, simplemente se lo asignamos desde lo que queremos que suceda o tratamos de evitar.Creemos que podemos decidir sobre el propósito de las cosas, cómo usarlas, cómo darles sentido... somos parte de algo más grande, un tejido celeste, y cada cosa que sucede es un aprendizaje.¿Eso significa que hay sincronía entre lo que vivís vos y lo que vivo yo? Escucho a diario esto de "necesitaba leer justo esto", "no sabes lo bien que me viene lo que acabas de publicar", "parece que me estuvieras leyendo la mente", "eso lo escribiste para mí" y otros grandes éxitos. Amo eso <3Hay una danza entre la luna y el mar... hay una danza entre las estaciones y el árbol, y por supuesto entre cada evento humano.No cabe en nuestra cabeza el tamaño, o el sentido, de lo que vivimos. A veces por forzar aquello que queremos que sea nos olvidamos de lo que realmente está pasando aquí, delante de nuestros ojos.Con esta amiga, ella enojada y yo completamente empático con su enojo, coincidíamos en algo que nos sorprendió cuando ambos dimos a conocer nuestros desafíos: nos cubrieron de amor, cambió la forma en la que nos vimos a nosotros mismos, y nos pusimos a hacer todo lo que demoramos en hacer en nuestra vida.Y esa demora aplica a lo que teníamos que hacer por nosotros mismos, y las situaciones con las que queríamos "hacer las paces". El Buda hubiera dicho: "y lo peor es que creemos que tenemos tiempo".Si yo hubiera seguido creyendo en que no servía de nada escribir, no estarías leyéndome en este momento. No sabía el propósito de mi escritura, hasta que me reconocí que hace 36 años que escribo, que hace seis años había abierto una cuenta en WordPress sin escribir ni una entrada, y ahora escribo desde mi teléfono en un avión y con miedo a que mi cabeza explote. A veces, casi siempre, no sabemos el propósito de nada.¿Y cuál es el sentido detrás de estos sinsentidos? Aprendemos, siempre que nos abramos a la lección. Y yo ya no me cierro a nada, no hay tiempo.Mi amiga y yo aprendimos a no postergarnos, a no jugar a que tenemos tiempo, a decir más "te quiero" y más "te amo", a darnos permisos, a decir que "no" más seguido, a no forzarnos, a dejarnos amar...En definitiva, frente a la adversidad uno puede confundirse y llegar a creer que es una mala noticia.Sorpresa.Hay siempre un bien mayor, y si le abrimos la puerta, pasará a través nuestro, y allí aparecerá el sentido. Somos parte de algo más grande.Ya el vuelo lleva más de una hora de recorrido y releyendo lo que he escrito creo que apruebo en coherencia, hasta aquí al menos. Y mi cabeza no explotó. Primer viaje en avión desde el desalojo de Mike, un paso más, un miedo menos, una zona de confort un poco más grande.La última sorpresa, fue abrir hoy "Un curso de milagros" y encontrarme con la frase de hoy.... si crees que era "No sabemos el propósito de nada" estás en lo cierto.El mundo es sincrónico, todo sucede por algo, aunque no sepamos desde este lugar por qué pasan las cosas. Todo está lleno de amor.

Para sanar, hay que aceptar

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Hace poco me di cuenta que dejé de estar enojado con "lo que no fue". Pasé un montón esperando que las cosas cambiaran, porque me parecía "más justo" que así fuera.
Ese enojo, por un lado me dio energía para "pelearla", por el otro me sacó completamente de eje ¡me la pasaba peleándola!
Estaba tan convencido de que las cosas tenían que ser como yo quería, que en el cuerpo (y en la mente) me dolía la amargura de sentir que esto pasaba contra mi voluntad y que no lo quería aceptar.
A veces a las personas buenas les pasan cosas malas... y lo que sentía aún peor era que, a veces a las personas malas les pasan cosas buenas... Nada es justo, simplemente las cosas son como son.
Como una herida abierta que no se cierra nunca, lo que no aceptaba era un constante "arrancarse la cascarita", volver a hacer el tajo, seguir sangrando.
A veces hay que plantarse en frente de la adversidad, de eso que no podemos tragar, para mirarlo a los ojos y decir "acepto que estés acá".
Es algo parecido a quitarse la venda, ver las cosas como son, y eso caramba sí que duele cuando no es lo que esperábamos.
Ahí, mirando a los ojos a mi peor pesadilla: "esto no va a cambiar nunca", "realmente no le importo", "esto no tiene arreglo", "me olvidé de mí", "hice de todo esperando algo a cambio y nunca llegó"... ahí, mirando a los ojos a LO QUE ES, lo acepto.
Y esta aceptación es tipo: "OK, ACA ESTAS, AHORA TE VI, SE COMO SOS, NO ME ENGAÑO POR MIEDO AL DOLOR"...
Y ahora que veo lo que realmente está pasando, desilusionado, sin esa venda, le digo a lo que veo: "OK, AHORA QUE TE VI, SE LO QUE TENGO QUE HACER" y pongo manos a la obra...
Y aunque nada esté resuelto, la herida siempre abierta empieza a cerrarse. Empiezo a sanar, la negación desaparece, empiezo a sentirme mejor... ya no me resisto frente a lo que sucede.
Desde la cicatriz que recorre mi nuca, desde el diagnóstico de un tumor cerebral y desde las esperas o "paciencias" que tengo que tener con el sistema médico o mi recuperación... ACEPTAR LO QUE ES se convirtió en la forma de sanar más rápidamente la cirugía, de sanar mi mente tratando de buscar una causa, sanar mi juicio sobre mi mismo y sobre los demás.
Ahora mi foco está puesto en estar bien... para estar bien, tengo que reconocer que antes todo estuvo mal, no?
Me doy cuenta que son términos intercambiables ACEPTAR y SANAR... y que BUENO o MALO tienen mucho más que ver conmigo y lo que siento que con una verdad incuestionable. Pienso sacarle todo el jugo que pueda a lo que me pasa, transformar el algo "bueno" cada cosa "mala" que me suceda.
Aceptar es sanar. Sanar es aceptar.
Para enfrentar esto, necesito a todos mis recurso. Sostener esa venda, autoengañarme, siquiera enojarme, no sirve de nada.
Si niego, la herida sigue abierta. Si acepto, sano.
¿Mi siguiente paso? Ahora que estoy sanando, ahora que veo lo que es, ahora que se lo que tengo que hacer... no me para nadie :)
No te resistas, animate a ver.

Las manos de mi abuela

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Las manos de María hacían magia... desde transformar madejas de lana en ovillos, que después se volvían pullovers o bufandas; hasta esas tortas con nueces perfumada con cáscara de naranjas.Mi abuela era de esas que remendaban la ropa, con sus lentes de ver de cerca, mirándote por encima, diciéndote "más vale un feo cosido que un lindo agujero"...Ella vivía con mi abuelo en San Andrés, en el norte del Gran Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Banfield, zona sur, del otro lado.Una vez por semana, ella se tomaba un colectivo, un tren, un subte, otro tren y otro colectivo para venir a vernos y remendarnos la ropa, repartir caramelos y ordenar nuestros placares.El viaje demoraba en total unas dos horas, y lo aprovechaba para hojear revistas viejas que se llevaba de casa a su vuelta. Leía los titulares y los epígrafes de las fotos de la Radiolandia 2000, La Semana, Siete Días, Gente, Chau Pinela, Tía Vicenta... lo que cayera en sus manos. Si no, se ponía a tejer.Tejía muy bien a crochet, le hizo una manta a mis padres con más de trescientos cuadraditos de colores, como un campo de flores tejidas. Durante un par de meses viajaba en los antiguos vagones diesel, esos de color marrón con asientos de madera, con pilas de "granny squares" (como se le dice a esa forma de tejido) y ovillos de lanas de cinco o seis colores distintos.Eso significaba que María viajaba cuatro horas en total, para estar unas cuatro horas en casa con nosotros... llegaba un rato antes de que llegáramos del colegio y se iba cuando empezábamos a cenar. En la merienda teníamos esa torta casera que siempre traía, fuera el bizcochuelo de naranjas y nueces o la torta marmolada. Las manos de María hacían magia.De ella aprendí decenas de dichos del saber popular español. Era una máquina de soltar refranes. Muchos de ellos quedaron grabados a fuego en mi mente, y es imposible que no cite alguno de ellos en todos mis cursos. Es casi como un mantra o símbolo de buena ventura... no hay encuentro con mis alumnos donde en algún momento no diga "como decía mi abuela... "Ella traía sus propias agujas y sus hilos... lo único que compraba en la mercería del barrio eran los "pitucones" que necesitaba para empacharnos los codos y rodillas de nuestros uniformes. Cuando un pullover nos quedaba pequeño, mágicamente se transformaba en un ovillo, que era lavado, enmadejado, y transformado nuevamente en ovillo. Tenía tantas agujas de tejer que un par de veces jugamos con uno de mis hermanos a los palitos chinos con todo su arsenal.Era de esas que hacían todo primero por el otro, atendía a mi abuelo Domingo como un rey, y se desvivía por sus nietos. No había premio más grande que pasar un día en su casa. Hacía las milanesas más perfectas y el puré de papas más cremoso. Las manos de María hacían magia.Cuando muy joven, fue Reina de la Vendimia en Mendoza. Era parecida a Rita Hayworth y de grande era mi abuela.Se emocionaba fácil, lloraba por casi cualquier cosa, así que era la que primero te decía que estabas hermoso, que tenías una letra hermosa (sabía apenas leer y escribir) y le veías el enorme orgullo en sus ojos cuando venías con la nota de inglés o matemáticas.Sus hijos, mi padre y mi tío, resultaron dos hombres inteligentísimos, y los dos primeros universitarios de la familia. Mi abuelo el primero en dejar las labores manuales, y ellos los primeros en tener un título. María estaba tan contenta con lo que habían conseguido, y te contaba esas historias, de lo duro que había sido empezar de nuevo en Argentina después de la Guerra Civil, y se le caían las lágrimas.Todos tenemos momentos en nuestra vida en los cuales sentimos que perdimos toda esperanza. Y podría contar la cantidad innumerable de veces que María, haciendo magia por supuesto, te arreglaba o te cocinaba algo de la nada. Mientras ejecutaba esos hechizos fantásticos cantaba jotas y pasodobles, se reía de acordarse ella misma de quién sabe qué, y hacía un movimiento con la cabeza como si estuviera diciendo "¡qué bárbaro!"... concentradísima.María te levantaba el ánimo, imposible sentirse triste a su lado. Te daba besos a repetición, te pellizcaba los cachetes, te llenaba los bolsillos de caramelos y te miraba con admiración.Cuando estabas enfermo, y ella no se enfermaba nunca, María te mimaba aún más: desde los paños de agua fría hasta una pastafrola de dulce de batata, esa era mi favorita.En sus últimos años, tanta magia había hecho con esas manos, tenía artrosis deformante. Los dedos habían empezado a torcérsele y le dolían los días de invierno. Cuando te tocaba la cara, la piel curtida de sus palmas delicadamente te hacía sentir en casa.En una caja, aquí en Oslo, guardo un pullover gris que ella me tejió cuando aún estaba en el colegio secundario, hace quizá unos treinta años. Es pullover antes fue una bufanda de más de dos metros de largo y lo que sobró se transformó en relleno de un almohadón junto con otras cosas. En sus manos, inclusive entonces, nada se perdía, todo se transformaba en alguna otra cosa impredecible. Hasta sus últimos días, María hizo magia con sus manos.Todos tenemos de esas personas que nos llenan el alma, de esas a las que recurríamos cuando nos raspábamos una rodilla o nos había ido mal en un examen. Para mí era María. Y lo sigue siendo.Yo creo que todos aquellos que se han ido, siguen viviendo en nuestro recuerdo: los hemos absorbido a través de nuestras vivencias y crecieron echando raíces en nuestra mente. María se fue en 1996 y releyendo esta entrada me doy cuenta de lo viva que está en mí hoy.Estas imágenes, las de la persona que me validó, me acompañó, hacía todo por mí, aprendió inclusive a leer mejor para poder leerme cuentos... esas imágenes son las que conjuro en mis momentos de incertidumbre.Como si tuviera un pantalón para emparchar o me hubiera hecho un chichón jugando con mi hermano, traigo las imágenes de lo compartido con mi abuela. Las manos de María hacían magia.Desde el hospital me dicen que los resultados de mi chequeo no estarán esta semana si no recién la otra... Así que frente a la desilusión de duplicar la espera, de una semana a dos, conjuro a mi abuela jugando conmigo a la pelota en el jardín de casa, o cortando una torta recién sacada del horno. Y puede parecer una tontería, pero me siento invulnerable en esos recuerdos.Cuando necesites de esa magia, traela desde lo profundo de tu corazón, desde lo más lejano de tu memoria. Quizá el amor no haya venido de donde vos lo esperabas, seguramente alguien supo enseñarte la incondicionalidad. Si no encontraras a nadie en este momento en tu interior, te presto a María. Mi gran sueño es, ser yo para alguien, lo que ella ha sido para mí: motor de amor.

Ser paciente

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Por supuesto llegue temprano, cuarenta y cinco minutos temprano. Afuera aún estaba tímidamente amaneciendo y las calles cubiertas de la nieve dura acumulada de la semana anterior.Anoche no pude dormir demasiado, me desperté antes de que sonara el despertador y me puse en movimiento con mi práctica matinal de meditación. Contemplar para mi se volvió como cepillarme los dientes, me sentiría muy raro si saliese a la calle sin hacerlo.La sala de espera estaba casi vacía, y elegí un sillón cerca de la puerta del laboratorio donde está el resonador para sentarme a leer. A mi lado, una señora de unos setenta años, con el cabello todo blanco, espera al paciente que está dentro agarrando su cartera con fuerza y mirando fijamente a la pared blanca que tenemos enfrente.Llega la hora y exactamente a las nueve y quince sale la técnica radióloga a buscarme sonriente diciendo mi apellido con tono divertido. Nos conocemos. Es la misma técnica de todas mis veces anteriores en el hospital, es nuestra tercera vez juntos. Ella se parece mucho a Patsy Kensit, una actriz inglesa, y pienso decírselo esta vez.Me pasa el camisón de hospital para que me cambie y me da las instrucciones del caso. Mientras tanto, el paciente que espera la señora de cabello blanco es sometido a los imanes del enorme aparato. Todo coordinado en la mayor eficiencia, y con mucha amabilidad y cuidado.Cuando finalmente entro a la sala, ya con mi bata con pequeñas banderitas noruegas y mis calzoncillos largos, noto que algo anda mal... bueno, no es que algo esté literalmente mal, sino que el resonador es mucho más pequeño y no solo en tamaño: el agujero por el que meten la camilla es sensiblemente más chico.Me ponen tapones para los oídos, una gorra verde con elástico y unos auriculares para bloquear el sonido: estoy listo para poder hasta dormir en una obra en construcción. Lo único que escucho es mi respiración y como trago saliva.Pregunto por el tamaño del túnel en el que descansará la camilla conmigo dentro y, efectivamente, es más pequeño. Es diez centímetros de diámetro más pequeño que el que está en el área de neurología en la tercera planta, el que conozco. En un total de setenta centímetros de diámetro, un túnel de sesenta centímetros o menos parece un poco a ser enterrado vivo. Perspectivas.Esto me hace acordar a una pariente de mi edad que pesaba tanto que las balanzas de las farmacias no llegaban a marcar su peso, y ni siquiera podía subirse con los dos píes a la báscula sin la referencia de alguien cercano. Cuando tuvo que hacerse una resonancia magnética por una infección que le estaba comiendo los huesos, la médica que la atendía le explicó que iba a contactar al zoológico donde contaban con un aparato que soportaba su perímetro y kilos. Después de saber que en ese aparato diagnosticaban hipopótamos se hizo colocar un balón gástrico. No se si su médica se lo dijo en serio o no, lo cierto es que bajó más de cien kilos en el siguiente año y medio. Perdón, necesitaba distraerme un poco.Como saben lo que están buscando y lo que van a controlar, me dice la técnica que el ciclo solo durará doce minutos y será directamente con contraste. La noticia me pone de buen humor y le digo que se parece a Patsy Kensit, y por supuesto le tengo que explicar quién es... "¿Arma Mortal 2? ¿Mel Gibson?"... claro que ella no sabe de qué le estoy hablando."Patsy" me presenta a una estudiante que será la encargada de encontrar la vena en mi brazo derecho para la vía del gadolinio. Ese es el nombre de la sustancia utilizada frecuentemente para las resonancias.El líquido radiactivo que se utiliza durante la prueba genera un ligero calor en la garganta y el pecho, y se disipa rápidamente en el torrente sanguíneo. Así los tumores y los edemas pueden verse con claridad en las pruebas.Esta chica, que no habla mucho inglés, no encuentra la vena a la primera y "Patsy" le tiene que pedir que le deje las jeringas de contraste, que no fluyen como debiera. Hermoso ayudar a que estos estudiantes consigan más experiencia, el moretón y la mancha de sangre que me quedó después evidencia que aún es un poco pronto para dejarla hacer esto sola.Acostado en la camilla, me ponen la máscara para mantener quieta la cabeza y procesar las imágenes. Me da la alarma anti pánico, una perilla gris que se aprieta como la que se usa para medir la presión sanguínea por medios tradicionales. Es un botón para pedir que te saquen del túnel si algo sucede. Una pequeña parte de los pacientes que toman estos estudios tienen crisis de ansiedad y sienten que no pueden respirar en ese espacio, que está perfectamente ventilado. La estudiante empieza a meter la camilla dentro presionando un botón, y como no lo mantiene apretado, se para y arranca de golpe, como si estuviera aprendiendo a manejar y tuviera problemas para regular el freno. Los tres nos reímos, yo un poco de los nervios, y "Patsy" le dice algo en noruego que para mí sonó como "Dejá, dejá..." y se ve que tomó el control de la botonera porque entré como si fuera a flotar en el espacio.Los sonidos que el resonador hace, más graves y más agudos, asemejan a máquinas mecánicas, como bombas de pozos de agua, sistemas hidráulicos o un martillo neumático golpeando contra metal en diferentes ritmos. Para conseguir diferentes imágenes de todos los tejidos del cuerpo, mueve diferentes piezas que hacen ruidos distintos. Hay videos en YouTube que muestran estos raros sonidos y se usan para familiarizar a los pacientes con los sonidos que se encontrarán.Después de haber estado en ese caño durante media hora las veces anteriores, los doce minutos se pasaron bastante rápido. Los dediqué a repetir mantras y a crear imágenes en mi mente como si estuviera usando un japa mala (un collar de cuentas que se usa para repetir mantras). Intentaba que lo único que se moviera fuese mi abdomen al inhalar y exhalar.Lo que me enseñó la experiencia previa... bueno, las tres resonancias anteriores, es a perder un poco el miedo a los espacios reducidos y a los sonidos fuertes ¡y a hacer foco en cualquier otra cosa que no fuera el espacio reducido!Cada vez que los sonidos provenientes de las bobinas y los imanes cambiaban, me decía "ya está, no puede ser... es pronto" y seguía un poco más. De pronto se hizo el silencio y la camilla se empezó a deslizar hacia afuera. Esta vez fue sin sobresaltos, realmente reconfortante.Al salir, pregunté como me hacía con el resultado de la prueba y "Patsy Kensit" me dijo que, como era un control, tendría que esperar una semana y se pondrían en contacto conmigo.El término "paciente" viene claramente de eso: del que tiene paciencia, de ese suspenso (de quedar suspendido) y tener que esperar a que otros tomen la iniciativa.Y hay que aprender a ser paciente, a transformar esos tiempos de espera en acción propia, hacer algo por uno y por mantenerse en eje y en calma.La verdadera diferencia en la salud es el empoderamiento, cuando uno hace por uno mismo. El dejar de ser simplemente "el que espera", para ser "el que espera y hace", por supuesto eso hace la diferencia. Estoy aprendiendo a ser activamente paciente. Consejos que enseñaba a mis consultantes más lo que aprendí en primera personaQuiero compartir con vos una serie de consejos extraídos de la práctica profesional y enriquecidos con mi propia experiencia en "el túnel". Por supuesto que se complementan con lo que los médicos sugieran y no reemplaza ninguna de sus recomendaciones:Una semana antes de la resonancia

  • Familiarizarse con los sonidos que produce el resonador. Para hacerlo hay videos en YouTube. Mi consejo es escucharlos con el mayor volumen soportable y con auriculares.
  • Practicar la postura "Savasana" o postura del cadaver, para acostumbrarse a la inmovilidad,  por períodos prolongados de tiempo. Es la postura de relax del yoga y ayuda a generar quietud física y mental.
  • Practicar la respiración abdominal (hacia el abdomen) donde la inhalación sea contando hasta cuatro y la exhalación sea contando hasta ocho, siempre que sea cómodo. Exhalaciones más largas que las inhalaciones, eso calma la mente y activa la relajación profunda.
  • Cuando se hayan  pueden combinarse los sonidos, la inmovilidad  y la respiración como entrenamiento para evitar la ansiedad durante la prueba.

El día de la resonancia

  • Comer bien e hidratarse bien, a no ser que la indicación médica sea en contrario.
  • Vestirse con ropa cómoda y dejar todos los objetos metálicos en casa (anillos, cadenas, cinturones, aros, piercings, etcétera).
  • Dejar todos los objetos de valor que no sea necesario llevar con nosotros también en el hogar. Vamos a tener que dejarlos en el guardarropas durante casi una hora.
  • Preparar en la mochila o bolso una banana, una botella de agua y algo para entretenerse durante las esperas como un libro, tejido o un cuaderno (vamos por lo analógico).
  • No todos los centros diagnósticos lo ofrecen, es una excelente idea llevar tapones para los oídos.

Durante la resonancia

  • Empezar a practicar la postura inmóvil y la respiración en cuanto podamos estar en la camilla.
  • En la aplicación del contraste, que puede ser antes o en mitad del estudio, cuando pinchan con la aguja lo mejor es exhalar por la boca con la mandíbula relajada. Eso hace que todo el brazo y los hombros se relajen y duela menos la entrada de la vía.
  • Si nuestra mente se disparara a pensamientos de tensión y ansiedad, se puede repetir un mantra (si usas alguno) o cantar mentalmente una canción que ayude a concentrarse y calmarse.
  • Todo empieza y termina, este es el momento de ser realmente paciente.

Después de la resonancia

  • Hidratarse. Hay que tomar mucho líquido para eliminar el contraste por la orina.
  • Tomarse un par de horas para readaptarse, si es posible.
  • Puede que haya algo de mareo o vértigo, inclusive desde estar dentro del resonador. Es frecuente y se resuelve en algunas horas. Lo mismo sucede con los dolores de cabeza. Si continuaran, por favor consulta a tu médico.
  • Compartí tu experiencia. Es una prueba cada vez más frecuente, que puede salvar vidas, y cuantos más le perdamos el miedo mejor.

 

Saltar hacia el miedo

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"Todo lo que siempre has querido está del otro lado del miedo" George AddairEs domingo por la noche, y mañana a las nueve de la mañana tengo el chequeo de mis primeros noventa días después de la operación. Durante el primer año tengo que hacerme controles trimestrales y después uno por año, de por vida.Hay una pequeña chance de que Mike (el nombre cariñoso de ese bulto que crié en mi cabeza) decida volver. Y aunque los meningiomas son células de crecimiento lento, lo mejor es saberlo cuanto antes y controlarlo antes de que vuelva a hacer destrozos.No debería darme miedo, o sí... el chequeo consiste en una resonancia magnética, que puede ser de una media hora en un caño repleto de poderosísimos imanes. La primera vez que estuve en un tubo de esos fue cuando me diagnosticaron el tumor cerebral, los últimos días de septiembre de este año, La segunda vez fue después de la operación, para ver que todo estuviera en su lugar. La tercera al mes de la operación cuando empecé con el vértigo y el mareo.Sólo una de las tres veces el resultado fue "sin novedades": la primera supimos de la existencia de una masa de 31mm de diámetro que crecía desde la segunda capa de las meninges hacia adentro; la segunda transcurrió sin novedades teniendo en cuenta que hacía menos de 24 horas me habían cortado el cuello en un tajo de casi 20 centímetros y aserrado mi cráneo para desalojar a Mike; la tercera fue cuando empecé con los mareos y supe que tenía una pequeña filtración en las meninges, producto aún de la operación. No me gustan las resonancias: mi mente se pone en alerta, mi experiencia previa desconfía de lo que pueda suceder después.El miedo es una emoción positiva.El miedo tiene que ver con la autopreservación, es una contracción, una protección, un mecanismo de evitación para garantizar evitar el dolor o sufrimiento, inclusive para preservar la vida. El problema sería quedarse anclado en ese sentimiento de cuidado. Eso va dañando la salud de a poco, yo he vivido el efecto erosionante del miedo.Yo, antes de tener un tumor cerebral, cuando iba al médico decía que era una persona sana, sin mayores síntomas casi nunca. Tuve un par de cólicos renales, que es algo que corre en la familia de mi madre y que la medicina tradicional china vincula con el miedo; y mi única operación fue de adenoides (vegetaciones) cuando tenía menos de seis años. Para casi medio siglo de vida, me gustaba decir que era sano como un roble. Y lo sigo siendo a excepción de Mike, claro que Mike no es una excepción pequeña. Inclusive algunos especialistas occidentales y orientales vinculan a los tumores con el miedo y el control.El miedo nos puede hacer evitar algo por completo, o enfrentarlo a través de esa sensación. Yo podría evitar ir mañana al hospital, y así no enterarme de cómo estoy y cómo va el proceso. La verdad que, como el día de la operación, me río de esa posibilidad. Sí, el día en el que iban a operarme, por temas de quirófano se demoró mi entrada una hora y poco y fantaseé con irme del piso de neurocirugía sin decirle nada a nadie. Dos minutos después me acordé que estaba con medicación por mis síntomas y comencé a reírme. Hoy también me río de la alternativa de huir.Otra alternativa podría ser detenerme frente a lo que pasa y "prepararme mentalmente" postergando la cita que tengo mañana. Rápidamente mi mente me recuerda que el tiempo siempre es un factor vital en la salud y que cuando intentamos congelar lo que nos pasa, es algo tan antinatural, que nuestro cuerpo y nuestra mente sufren: estamos hechos para fluir, somos literalmente líquidos.Cuando salimos de la parálisis y la huida el miedo se convierte en incertidumbre.No se lo que va a pasar mañana, sí se que voy a ir y que voy a hacer lo que me pidan. Y que después ya tengo que soltar el control y las suposiciones, porque mi mente busca en la experiencia previa y me dice que en dos tercios los resultados no fueron buenos. Mi parte más humorística dice que si la primera fue una mala noticia y la segunda sin novedades... la tercera fue una menos mala noticia y por ende la cuarta será aún más sin novedades... las dos alternativas son lógicas, la mente siempre trata de prever escenarios para buscar qué herramientas usar. La cuestión profunda es que con la incertidumbre nada sirve, excepto lo que experimentemos o... sí, lo que la mente se crea cierto. Y ahí, reconozcamos, la mente puede volverse un poco tremendista: se prepara para lo peor.La forma de salir de la incertidumbre es, muchas veces, abrazar ese caos.Suena hermoso, y a veces aterrorizante. Abrazar el caos es no querer ordenarlo, es cruzarlo a través, ver lo que pienso y se me ocurre como eso: lo que pienso y se me ocurre. Si querés saber qué pienso en este momento, entre las cosas que mi mente baraja están: el tumor volvió a crecer, el agujero en mi duramadre no se cerró, hay algo creciendo en algún otro lado, hay problemas con mis venas en el cerebro... suena todo "hermoso". Mi mente está desesperadamente intentando prever un escenario para ver qué tiene que poner a disposición, yo a cada pensamiento respiro profundo y cuando exhalo lo suelto. Nada de todo eso es algo que yo pueda aseverar desde mi experiencia, simplemente busco convertir incertidumbre en certeza, en el peor escenario, para prepararme.El miedo y la incertidumbre son el paso previo a aprender algo.El paso posterior a "todo es posible, no se qué es cierto" es ver lo que es, enterarse, aprender una nueva habilidad, superarlo, encajar aquello que atravesamos, tener ahora una certeza. Lo que sea que llegue, se acaba la incertidumbre y algo concreto suele presentarse delante de nuestros ojos. En este ejemplo sería el resultado de mi resonancia y el médico concretando el curso de acción, aunque sea para decirme que todo está en orden y que tengo que seguir haciendo todo bien como hasta ahora.Todo aquello que deseas, está del otro lado del miedo.Yo quiero la certeza. al menos esta, quiero saber sobre mi salud y si tengo que hacer algo para mantenerla o recuperarla también quiero saberlo. Esa confirmación que estoy buscando requiere atravesar miedo y ponerme en acción, e incertidumbre y abrazarla sin suponer y así abrazar lo que hoy es.El miedo es una alerta de que hemos llegado al límite de nuestra zona de confort.Ya no podemos estar cómodos con lo que sabemos o lo que tenemos, hay que dar un paso más allá de lo que nos resulta familiar o de lo que sabemos hacer. Estamos quebrando una forma de ser porque la forma en la que hacíamos las cosas antes ya no nos funciona, por ejemplo escondernos de lo que pasa o ignorarlo. Nadie sale de la zona de confort porque quiere, lo hace porque no le queda opción.Crecemos porque todo lo que sabemos ya no nos sirve.Así como lo que supe hace dos meses en mi tercera resonancia no es suficiente para decir cómo estoy hoy, muchas veces aquello que hemos aprendido nos sirve hasta que ya no nos sirve: estrategias, argumentos, formas de pensar, formas de vestirnos y hasta trabajos o relaciones de pareja. Salir de la zona de confort no es fácil y, una vez más, lo hacemos porque nuestro sistema caducó.El miedo nos prepara para la acciónDesde la descarga de adrenalina, el aumento del pulso, la sensación de alerta y hasta la descarga de nuestros intestinos; el miedo nos prepara para lo que va a venir y nos deja en estado de actividad. Es muy difícil comer o dormir, o sencillamente dejar de pensar en lo que tememos si tenemos miedo. Yo personalmente no puedo pensar en otra cosa que en el control de mañana por la mañana. Es más, tenía pensado escribir hoy sobre otra cosa, y mi mente se mantuvo enfocada en esto.Saltar hacia el miedo (y a través de él) nos hace libresNo puedo hacer otra cosa en este momento, así que atravesándolo decidí escribirlo, observarlo y compartirlo en primera persona y no como una creación lógica de lo que se hace cuando uno tiene miedo. Hay mucho juicio sobre si el miedo es algo bueno o malo, yo creo que es profundamente bueno, y que hay que poder saltar hacia él y cruzarlo para aprehender lo que está del otro lado.Así como vencer el miedo a volar te permite llegar al lugar al que querés ir, vencer el miedo a besar a alguien puede ser el comienzo de una relación, decir que sí a esa propuesta laboral puede significar crecer profesionalmente... mañana voy a ir a hacerme esa resonancia para que sea el comienzo de una nueva certeza. Y la que sea, la voy a enfrentar. Y cuando el miedo vuelva, le voy a dar la bienvenida, es parte de crecer.El remedio frente al miedo es el amorSi el miedo es contracción, el amor es expansión. Así que como me amo mucho y me cuido todo lo que puedo, mañana iré a hacerme el control... porque cualquier otra alternativa no sería buena para mi salud y mi tranquilidad mental en el mediano plazo. No importa el tipo de adversidad al que te enfrentes, el camino siempre es a través de lo más oscuro y lo más complejo. Nadie está solo, que nos pasen estas cosas es símbolo de que estamos vivos. 

Haciendo reír a Dios

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 Lo tenía decidido: me iba a vivir a Madrid. No sabía muy bien de qué iba a trabajar, o lo que iba a pasar con lo que tenía que dejar en Buenos Aires. Lo curioso es que me había prometido no volver a irme de Argentina hacía bastante poco. Mi abuela María me dijo una vez: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes", así que ahí estaba yo... yéndome a vivir a España y la Divinidad riendo, por supuesto.Era el año 2003, y aunque me iba "por amor", me puse a pensar en que esta vez era la definitiva, y en un montón de situaciones que hoy me parecen cómicas: luego de vivir 8 años casi en España, volví a Buenos Aires... sólo para irme a Noruega cinco años más tarde; diría que esta vez es "para siempre", aunque me imagino a Dios riendo a carcajadas y se me pasa.Mientras ordenaba papeles en mi casa decidiendo qué se venía conmigo y qué no, qué valía la pena conservar y qué tirar... me crucé con la partida de casamiento de mi bisabuelo en ese pueblito de Chieti (Italia). Se me ocurrió una idea bastante peregrina y poco clara: buscar a mi familia de origen.Empecé a preguntarme por los "cómo" y decidí digitalizar unas fotografías desde mi bisabuelo Antonio hasta mis hermanos y yo. Armé un árbol genealógico con todo lo que sabía del Casanova que había venido de Europa y las tres generaciones a las que había dado fruto en Argentina. Después de un cuaderno Rivadavia lleno de flechas, suposiciones, fechas y nombres armé una crónica de todo lo que sabíamos de aquel trabajador de la tierra que había llegado con su mujer a descubrir el mundo.Esa carta terminó teniendo doce páginas de largo y la fui ilustrando con más de una veintena de fotos que cubrían más de un siglo de historia de la familia, hasta donde la conocía y por lo que mi tío Jorge había podido ayudarme a reconstruir. Para ese entonces, mi querida abuela María ya había muerto y la generación de mis padres se había convertido en la cabeza viva del clan: nos íbamos agotando.No tenía mucha idea de qué hacer después, así que decidí buscar en las páginas blancas italianas a los Casanova que vivieran en ese pueblo de Chieti a orillas del Adriático, si es que había alguno.Para mi sorpresa, di con once nombres, teléfonos y hasta direcciones postales a través de las casi hoy extintas "pagine bianche". Hoy, en la era de la comunicación móvil y digital quizá los habría buscado por Facebook, aunque no con la misma precisión de este registro.Mi idea, otra vez enorme y un poco atolondrada, enviar esta carta a todos los Casanova que vivieran en Ortona, con la esperanza que alguno de ellos pudiera darme alguna referencia de mi bisabuelo, que pudiera contarme qué sabía de aquel rebelde que se había casado allí y partido a Argentina quien sabe cómo y cuándo.Después de pedirle a una traductora pública que transformara el texto a un italiano coloquial, y descubriendo cuánto mejor sonaba lo que había escrito en la lengua del Dante junto con la proeza de esta genia de las letras, le pedí a un amigo en Madrid que imprimiese copias para enviar a cada dirección y que las remitiese por correo certificado para poder confirmar que llegarían a cada una de esas casas.Feliz, como quien pide un deseo, dejé que esos sobres partiesen a destino y ya no esperé más nada.Unas semanas más tarde, recibo un correo electrónico seguido de una llamada de teléfono. La persona que decidió contactarme no podía esperar a que viese el mensaje. Su nombre era Anna María, casada con Rocco Casanova, uno de los nombres de la lista. Por el impecable italiano de mi impreso, suponía que yo podía hablarlo y escribirlo magistralmente. Por supuesto, como sucede en estos casos, nos gritamos mutuamente, hablando despacio, repitiendo las palabras difíciles dos veces y subiendo el tono de voz como si eso garantizara que los conceptos fueran a atravesar la barrera idiomática. Ella no entendía ni castellano ni inglés, yo no hablaba italiano. Nos gritamos en los tres idiomas por unos diez minutos y terminamos los dos llorando de emoción.Sí, éramos parientes.Mi bisabuelo era parte de la increíble anécdota del tío que se casa con la mujer equivocada del pueblo y huye a Nápoles con ella para subirse un barco e irse a "hacer la América". Como se va del pueblo enojado con su familia y la de su reciente esposa, corta contacto con todos y para siempre.De pronto, a través de una carta de doce páginas de largo con una veintena de fotografías que recopilaban más de cien años de historia, acababa de llenar el espacio vacío que quedaba en la anécdota del primer Casanova que se había ido del pueblo y jamás se supo más de él.Me dice que tiene que cortar, que necesita hablar con los hermanos y la hermana de su marido, que tienen que saber esto "rapidamente" (léase con acento italiano, por ello sin acento).Nos preguntamos, suponemos, finalmente aclaramos algo que me emociona aún más: todos los Casanova que aparecían en la guía de ese pueblo junto al mar eran parientes entre si, por ende parientes de los descendientes de Antonio. El árbol allí tenía como cuarenta miembros, y de este lado más de cien, más que un árbol un verdadero bosque.Los primos, en no se qué grado, de mi padre (hijos de los hijos de los hermanos de mi "bisnono" Antonio) eran algo mayores que mi padre y su hermano. Entre la generación siguiente había un Gianluca de casi mi misma edad con un parecido físico sorprendente. Me cuenta mi tía que más allá de la descripción y el árbol genealógico, mis fotografías la dejaron anonadada y le dieron la certeza de que esto no era un engaño elaborado. Ya que estamos hablando de argentino hablando con italianos, todo era posible.Unos meses más tarde llegaba a ese pueblo de veinte mil habitantes, y organizaban una cena en un salón, con todos los Casanova del pueblo y sus amigos más cercanos. Uno de ellos es viñatero, otro se dedica al pescado, uno hace el aceite de oliva y las mujeres cosechan los tomates para hacer conservas y salsas para todo el clan. Mis primos se dedican a la educación, las matemáticas o están por irse a estudiar a Bologna o Milán; todos viajaron para conocer al "cugino argentino" (primo argentino).Esa noche, mientras comemos pasta casera hecha en casa, con salsa de tomates del huerto, aceite de oliva propio, con mejillones pescados esa misma mañana; me cuentan la mañana en la que recibieron las cartas, llamándose los unos a los otros, celebrando que finalmente sabían que había pasado con el tío Antonio que se había ido del pueblo en 1895. La familia se había triplicado para ellos tan solo al abrir un sobre.El plan de mi bisabuelo había sido cortar todo lazo con la familia, mi plan había sido tantear en la oscuridad y luego volver a unirla. A veces la vida es un círculo, lo que ocurre es que desde nuestra perspectiva quizá es aún una línea recta. Todos somos parte de algo más grande.Al escuchar reír a mis tíos en la mesa, al verlos caminar luego hacia sus casas, inclusive alguna canción sobre los macarrones cantada con unas copas demás... volví a tener cinco años. A mediados de los setenta, las navidades en la casa de mi abuelo Domingo y mi abuela María (que Antonio había construido con sus manos) estaban llenas de los hermanos de mi abuelo que aún vivían. El corazón me dio un par de saltos mientras me adaptaba a lo que estaba viviendo: eran ellos, era yo, éramos todos juntos, era el pasado aquí y ahora... canción sobre los vagones de macarrones y todo. Yo estoy seguro que, en ese momento, Dios estaba riendo.