No se lo tenía que contar a nadie, era nuestro secreto. Y las cosas que me pedía que hiciera eran las que hacen los adultos. Y mis padres no querían que yo me enterase de esas cosas, porque entonces me haría grande más rápido y ellos querían que yo fuese para siempre un niño. Y esto era absolutamente normal. Y lo hacía todo el mundo. Tenía que sentirme honrado de que me enseñaran esto siendo tan chico, pero tenía que merecérmelo.Yo era tan inocente, que creí todo lo que él me decía. Era una de las personas que más admiraba en el mundo ¿por qué no iba a creerle?Durante décadas, estas cosas que sucedieron no tuvieron palabra para definirlas. Y por eso quiero hablarte de "lo que pasó" sin ponerles un nombre.Después de "aquello", que no fue una vez sino algo que se repitió a lo largo de por lo menos cuatro años, mi vida cambió por completo, por supuesto.Empecé a tener problemas en el colegio: de concentración, violencia física, me perdía en mis fantasías, no comía, y mis maestras llamaban a mis padres sin entender qué era lo que pasaba. Me estaba convirtiendo en un preadolescente rebelde y "necesitaba más disciplina".Psicopedagogas, psicóloga, pediatra... nadie se dio cuenta. Ni mis padres. Ni mis hermanos ni yo tuvimos palabra para contarlo o pedir ayuda.Durante esos años, empecé a escribir, por crear un mundo donde pudiera evadirme. Y empecé a mentir, como una forma de protegerme frente a la profunda invasión psíquica de unos padres y una abuela fervientemente religiosos.En esa época, para ir hacia el patio en el fondo de mi casa, había que pasar por la cocina. Cuando nadie me veía, abría la puerta de la heladera, tomaba alguna de las botellas de vermouth que estaban allí enfriándose, le daba un buen trago y salía a jugar. Tenía doce años. Nadie nunca lo supo.Por los problemas escolares empecé a ir a una psicóloga, primero me pasaba a buscar mi madre con el auto y luego cuando tuvimos que venderlo por las deudas, empecé a ir en tren por mi cuenta. Iba por las mañanas, antes de entrar al colegio.Con ella, yo llamaba al alcohol "la capa". Cuando necesitaba escaparme de todo lo que me dolía, "me ponía la capa" y se me pasaba. Después de ponerme la capa, me sentaba en el tobogán del jardín y me ponía a mirar los árboles mientras sentía como el ritmo de mi corazón iba apagándose en mi pecho.Gracias a ella, dejé de "usar la capa". Y también pude tomar un poco de distancia de ese que quería mostrarnos a mi y a mis hermanos cómo ser adultos más rápido.Una tía, convencida de que "hacer terapia" me iba a alejar de mi familia y de Dios, me pidió que dejara de ir a la psicóloga, para ir a ver a un cura salesiano. Yo tenía mucho miedo de enfrentar a mis padres, y ella me sugirió que, en el mismo día y horario de mi terapia, me fuera con ella a ver a este guía espiritual. El camino era a través de la Iglesia, yo iba a estar bien.Mi tía decía que yo estaba muy mal alimentado, que mis brazos parecían fideos, y que tenía un tono gris en la piel. Tenía que "hacer un esfuerzo", porque si yo no ponía voluntad, nunca iba a ser una persona normal.Ella y mi abuela decían que mi madre había tenido a sus hijos como quien compra juguetes, y que ya se había cansado de nosotros. Era su propia madre.El sacerdote me hacía preguntas muy incómodas sobre mi cuerpo y lo que hacía cuando estaba solo o en la ducha, y después de cada encuentro los abrazos eran más largos y me acariciaba la cara mirándome a los ojos.Pasé de sentirme escuchado y comprendido a volver a usar "la capa" para huir de todo aquello.No había palabras entonces para describir lo que sucedió, ni las hay ahora para definir el horror que pasamos, y lo solos que estábamos. Yo era un poco más grande, pero mis hermanos tenían apenas cinco años, y no supe protegerlos, ni pedir ayuda.Tal fue la ausencia de palabra, que cuando mis padres finalmente se enteraron de lo que pasó unos cuantos años más tarde, no pude contarlo, como ahora.Mis hermanos "recordaron" parte de ese horror cuando, veinte años más tarde, uno de ellos reconstruyó trozos de su memoria en una consulta psicoanalítica. Más allá de los blancos cosidos entre sí a través de la lógica y la suposición, un profundo sentido de desconfianza se apoderó de todos nosotros.Hoy, cada uno tiene una versión diferente de esos años, y fuimos incapaces de sentarnos a juntar las piezas: nos comió la vergüenza y la ausencia de palabras, no supimos abrazarnos. Y ya no nos hablamos, porque de tanto guardar un secreto, nuestra familia se rompió en pedazos.Décadas más tarde, supe que mi madre y sus hermanas fueron abusadas sexualmente cuando eran niñas, y ella aún usa una capa, aunque no se sube arriba de ningún tobogán a mirar los árboles.Alguien alguna vez dijo que "lo que no se resuelve se repite" y algún otro que "si nadie se entera es como si no hubiera pasado". Yo creo que el primero tenía razón y que el segundo quizo tapar el Sol con un dedo, o quizá con una capa.
