Las manos de mi abuela

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Las manos de María hacían magia... desde transformar madejas de lana en ovillos, que después se volvían pullovers o bufandas; hasta esas tortas con nueces perfumada con cáscara de naranjas.Mi abuela era de esas que remendaban la ropa, con sus lentes de ver de cerca, mirándote por encima, diciéndote "más vale un feo cosido que un lindo agujero"...Ella vivía con mi abuelo en San Andrés, en el norte del Gran Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Banfield, zona sur, del otro lado.Una vez por semana, ella se tomaba un colectivo, un tren, un subte, otro tren y otro colectivo para venir a vernos y remendarnos la ropa, repartir caramelos y ordenar nuestros placares.El viaje demoraba en total unas dos horas, y lo aprovechaba para hojear revistas viejas que se llevaba de casa a su vuelta. Leía los titulares y los epígrafes de las fotos de la Radiolandia 2000, La Semana, Siete Días, Gente, Chau Pinela, Tía Vicenta... lo que cayera en sus manos. Si no, se ponía a tejer.Tejía muy bien a crochet, le hizo una manta a mis padres con más de trescientos cuadraditos de colores, como un campo de flores tejidas. Durante un par de meses viajaba en los antiguos vagones diesel, esos de color marrón con asientos de madera, con pilas de "granny squares" (como se le dice a esa forma de tejido) y ovillos de lanas de cinco o seis colores distintos.Eso significaba que María viajaba cuatro horas en total, para estar unas cuatro horas en casa con nosotros... llegaba un rato antes de que llegáramos del colegio y se iba cuando empezábamos a cenar. En la merienda teníamos esa torta casera que siempre traía, fuera el bizcochuelo de naranjas y nueces o la torta marmolada. Las manos de María hacían magia.De ella aprendí decenas de dichos del saber popular español. Era una máquina de soltar refranes. Muchos de ellos quedaron grabados a fuego en mi mente, y es imposible que no cite alguno de ellos en todos mis cursos. Es casi como un mantra o símbolo de buena ventura... no hay encuentro con mis alumnos donde en algún momento no diga "como decía mi abuela... "Ella traía sus propias agujas y sus hilos... lo único que compraba en la mercería del barrio eran los "pitucones" que necesitaba para empacharnos los codos y rodillas de nuestros uniformes. Cuando un pullover nos quedaba pequeño, mágicamente se transformaba en un ovillo, que era lavado, enmadejado, y transformado nuevamente en ovillo. Tenía tantas agujas de tejer que un par de veces jugamos con uno de mis hermanos a los palitos chinos con todo su arsenal.Era de esas que hacían todo primero por el otro, atendía a mi abuelo Domingo como un rey, y se desvivía por sus nietos. No había premio más grande que pasar un día en su casa. Hacía las milanesas más perfectas y el puré de papas más cremoso. Las manos de María hacían magia.Cuando muy joven, fue Reina de la Vendimia en Mendoza. Era parecida a Rita Hayworth y de grande era mi abuela.Se emocionaba fácil, lloraba por casi cualquier cosa, así que era la que primero te decía que estabas hermoso, que tenías una letra hermosa (sabía apenas leer y escribir) y le veías el enorme orgullo en sus ojos cuando venías con la nota de inglés o matemáticas.Sus hijos, mi padre y mi tío, resultaron dos hombres inteligentísimos, y los dos primeros universitarios de la familia. Mi abuelo el primero en dejar las labores manuales, y ellos los primeros en tener un título. María estaba tan contenta con lo que habían conseguido, y te contaba esas historias, de lo duro que había sido empezar de nuevo en Argentina después de la Guerra Civil, y se le caían las lágrimas.Todos tenemos momentos en nuestra vida en los cuales sentimos que perdimos toda esperanza. Y podría contar la cantidad innumerable de veces que María, haciendo magia por supuesto, te arreglaba o te cocinaba algo de la nada. Mientras ejecutaba esos hechizos fantásticos cantaba jotas y pasodobles, se reía de acordarse ella misma de quién sabe qué, y hacía un movimiento con la cabeza como si estuviera diciendo "¡qué bárbaro!"... concentradísima.María te levantaba el ánimo, imposible sentirse triste a su lado. Te daba besos a repetición, te pellizcaba los cachetes, te llenaba los bolsillos de caramelos y te miraba con admiración.Cuando estabas enfermo, y ella no se enfermaba nunca, María te mimaba aún más: desde los paños de agua fría hasta una pastafrola de dulce de batata, esa era mi favorita.En sus últimos años, tanta magia había hecho con esas manos, tenía artrosis deformante. Los dedos habían empezado a torcérsele y le dolían los días de invierno. Cuando te tocaba la cara, la piel curtida de sus palmas delicadamente te hacía sentir en casa.En una caja, aquí en Oslo, guardo un pullover gris que ella me tejió cuando aún estaba en el colegio secundario, hace quizá unos treinta años. Es pullover antes fue una bufanda de más de dos metros de largo y lo que sobró se transformó en relleno de un almohadón junto con otras cosas. En sus manos, inclusive entonces, nada se perdía, todo se transformaba en alguna otra cosa impredecible. Hasta sus últimos días, María hizo magia con sus manos.Todos tenemos de esas personas que nos llenan el alma, de esas a las que recurríamos cuando nos raspábamos una rodilla o nos había ido mal en un examen. Para mí era María. Y lo sigue siendo.Yo creo que todos aquellos que se han ido, siguen viviendo en nuestro recuerdo: los hemos absorbido a través de nuestras vivencias y crecieron echando raíces en nuestra mente. María se fue en 1996 y releyendo esta entrada me doy cuenta de lo viva que está en mí hoy.Estas imágenes, las de la persona que me validó, me acompañó, hacía todo por mí, aprendió inclusive a leer mejor para poder leerme cuentos... esas imágenes son las que conjuro en mis momentos de incertidumbre.Como si tuviera un pantalón para emparchar o me hubiera hecho un chichón jugando con mi hermano, traigo las imágenes de lo compartido con mi abuela. Las manos de María hacían magia.Desde el hospital me dicen que los resultados de mi chequeo no estarán esta semana si no recién la otra... Así que frente a la desilusión de duplicar la espera, de una semana a dos, conjuro a mi abuela jugando conmigo a la pelota en el jardín de casa, o cortando una torta recién sacada del horno. Y puede parecer una tontería, pero me siento invulnerable en esos recuerdos.Cuando necesites de esa magia, traela desde lo profundo de tu corazón, desde lo más lejano de tu memoria. Quizá el amor no haya venido de donde vos lo esperabas, seguramente alguien supo enseñarte la incondicionalidad. Si no encontraras a nadie en este momento en tu interior, te presto a María. Mi gran sueño es, ser yo para alguien, lo que ella ha sido para mí: motor de amor.