Familia

Ladran

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Salirse del sistema tiene su precio. Claro que pertenecer a él también. La familia de origen nos marca un "guión", también llamado mandato, algo que "venimos a ser" ¿Pero es esto realmente el propósito de nuestra existencia?Yo no sé si crees en el alma, en la esencia de los seres o en el destino. Quiero hablarte quizá de algo más concreto y menos metafísico: la libertad como parte de la vida.Es verdad que la familia nos trae al mundo, que encarnamos en un árbol con historia, genes, cultura... ¿Y somos solamente eso?Es ahí donde comienza a esbozarse el concepto de la libertad. Nuestras familias, por sus costumbres y experiencias, tienen una "idea" o "plan" para cada uno de sus miembros. Y nosotros en esencia, podemos estar de acuerdo y abrazar o no ese camino pre marcado.Por ejemplo, mi abuela María fue migrante de la Guerra Civil Española, apenas sabía leer y escribir, tuvo una vida muy dura laboralmente, con opciones muy limitadas. A pesar de ello (mejor dicho "a través de ello") salió adelante y le transmitió a su familia un bien muy preciado: la resiliencia. Por otra parte, sus dos hijos fueron profesionales universitarios, un Doctor en Física y el otro Ingeniero Industrial. Esa inteligencia y maña para enfrentar la adversidad y los desafíos se transformó en un plan brillante: que sus hijos tuvieran el estudio que ella no tuvo. Se casó con la persona correcta, con un interés común, y mi padre y mi tío son dos luminarias ¿Es eso lo que realmente querían? No lo sé, eso lo saben ellos, y respeto sus decisiones: todos los caminos que nos traen al presente son buenos caminos.El éxito o terminar una carrera poco tiene que ver con el deseo. Yo sí puedo hablarte de mi, y contarte que ni el Yoga, ni la Psicología Budista y Transpersonal fueron mi primera opción o carrera. Durante años trabajé en el mundo corporativo (otro día si querés te cuento más) e hice mi primer estudio en Comunicación Social ¿Me hacía feliz? No, ganaba muy buen dinero siendo infeliz yo y haciendo infelices a muchas personas a mi alrededor. A pesar de ello, era "lo que se esperaba de mi".De más de una manera, lo que yo hago, la vida que llevo, las opciones que tomé, hasta el lugar donde elegí llamar "hogar", se sale del "guión" que mi familia de origen tenía para mi y para lo que se supone que mi vida "debería ser". Tanta comilla marca la diferencia entre lo que los demás ven cuando me miran y lo que veo yo ¿Estoy yo para cumplir con ese plan y esas expectativas?A veces, por amor a nuestro clan, a nuestra familia de origen, postergamos todo deseo individual para ser aquellos que los demás quizá necesitan que seamos. El tema es que, a pesar de haber nacido en una familia con historia y roles que cubrir, puede que en nuestro interior haya otras pasiones latiendo, otros rumbos con ansia profunda de explorar.Ahí, en ese punto de conflicto, uno se alumbra a si mismo. Y uso este verbo porque tiene algo de darse luz y otro poco de hacerse nacer.Lo que está por verse en ese momento es si uno es capaz de escucharse en ese auto llamado, si es capaz de verbalizarlo y pasar a la acción, y si el clan puede aceptar que elijamos postergar aquello que tenían pensado o diagramado para nosotros y nos "permitan" esa libertad.Aquí la noticia: la vida nos pertenece. Nadie puede decidir por nosotros nada. La vida nos pertenece, y lo repito absolutamente a propósito. Por supuesto que les debemos la existencia y todos los dones con los que nos han traído al mundo, inclusive las dificultades y desafíos de haber nacido en este lugar, con estas condiciones y con esa historia. La vida, así y todo, nos pertenece.¿Otro ejemplo? Una chica es encerrada por sus padres en un baño para evitar que huyera con su novio músico de pelo largo, tiene 20 años. Finalmente se pone de novia con la persona que su familia cree que es la correcta: un buen tipo, muy trabajador y religioso. Se casan, tienen tres hijos varones. Hoy han pasado ya 20 años de aquel momento y ella se da cuenta que no lo ama, y que aún extraña a aquel hombre que la hacía sentir que la vida era una aventura. Hoy, la relación es más estrecha entre el yerno y la suegra, que entre la madre y la hija ¿Quién tiene razón?Porque la vida es inmensamente sabia, nos encontramos con que la mayoría, aunque no todos, despiertan frente a su propia libertad para vivir su vida. Y hay clanes, como decíamos, más aceptantes de esa libertad que otros... Hay resistencias, y fuertes!Ojo, a veces hay coincidencias, y son reales, y todos viven en profunda armonía. Si ese es tu caso, entonces este no es tu post, pero tampoco entonces necesitabas que te hablaran de esto. Este mensaje va más a los que se sienten ovejas negras, a los que sienten que si se toman esa libertad que viene ya con el hecho de estar vivo, están traicionando los planes de otro.Segunda noticia importante: los hijos no nos pertenecen. Yo no tuve hijos biológicos, aunque sí fui padre sustituto durante muchos años (esos seguro no te pertenecen, los que nacieron de vos tampoco). Ahí, La Biblia dice en el Génesis que Dios creó al Hombre con "libre albedrío" y quizá se refería a eso... ¿Dónde queda esto de honrar al Padre y a la Madre? Enorme respeto y agradecimiento por habernos traído a este plano, habernos dado todo lo que nos dieron... ¿Ahora? Ahora eso es nuestro.Hay clanes que, cuando uno reconoce que el guión no le pertenece, celebran esa libertad y ayudan a desplegar alas. En general, son los clanes que se han formado en el amor y la propia libertad. Amar es querer la mejor versión del otro, y reconocer que el camino siempre es propio.Hay clanes que, en la misma situación, juzgan, limitan, reprimen, someten, censuran... ladran.Nadie, excepto vos, puede decirte si tu camino es el correcto. Nadie, excepto vos, puede determinar si los planes de tu clan son tus planes. Estar vivo es ser libre. Y si los que te rodean no son capaces de reconocerte esa libertad, ladran.Si te interesa el tema y querés indagar un poco más en tu propio proceso, podés contactarme aquí

Las manos de mi abuela

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Las manos de María hacían magia... desde transformar madejas de lana en ovillos, que después se volvían pullovers o bufandas; hasta esas tortas con nueces perfumada con cáscara de naranjas.Mi abuela era de esas que remendaban la ropa, con sus lentes de ver de cerca, mirándote por encima, diciéndote "más vale un feo cosido que un lindo agujero"...Ella vivía con mi abuelo en San Andrés, en el norte del Gran Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Banfield, zona sur, del otro lado.Una vez por semana, ella se tomaba un colectivo, un tren, un subte, otro tren y otro colectivo para venir a vernos y remendarnos la ropa, repartir caramelos y ordenar nuestros placares.El viaje demoraba en total unas dos horas, y lo aprovechaba para hojear revistas viejas que se llevaba de casa a su vuelta. Leía los titulares y los epígrafes de las fotos de la Radiolandia 2000, La Semana, Siete Días, Gente, Chau Pinela, Tía Vicenta... lo que cayera en sus manos. Si no, se ponía a tejer.Tejía muy bien a crochet, le hizo una manta a mis padres con más de trescientos cuadraditos de colores, como un campo de flores tejidas. Durante un par de meses viajaba en los antiguos vagones diesel, esos de color marrón con asientos de madera, con pilas de "granny squares" (como se le dice a esa forma de tejido) y ovillos de lanas de cinco o seis colores distintos.Eso significaba que María viajaba cuatro horas en total, para estar unas cuatro horas en casa con nosotros... llegaba un rato antes de que llegáramos del colegio y se iba cuando empezábamos a cenar. En la merienda teníamos esa torta casera que siempre traía, fuera el bizcochuelo de naranjas y nueces o la torta marmolada. Las manos de María hacían magia.De ella aprendí decenas de dichos del saber popular español. Era una máquina de soltar refranes. Muchos de ellos quedaron grabados a fuego en mi mente, y es imposible que no cite alguno de ellos en todos mis cursos. Es casi como un mantra o símbolo de buena ventura... no hay encuentro con mis alumnos donde en algún momento no diga "como decía mi abuela... "Ella traía sus propias agujas y sus hilos... lo único que compraba en la mercería del barrio eran los "pitucones" que necesitaba para empacharnos los codos y rodillas de nuestros uniformes. Cuando un pullover nos quedaba pequeño, mágicamente se transformaba en un ovillo, que era lavado, enmadejado, y transformado nuevamente en ovillo. Tenía tantas agujas de tejer que un par de veces jugamos con uno de mis hermanos a los palitos chinos con todo su arsenal.Era de esas que hacían todo primero por el otro, atendía a mi abuelo Domingo como un rey, y se desvivía por sus nietos. No había premio más grande que pasar un día en su casa. Hacía las milanesas más perfectas y el puré de papas más cremoso. Las manos de María hacían magia.Cuando muy joven, fue Reina de la Vendimia en Mendoza. Era parecida a Rita Hayworth y de grande era mi abuela.Se emocionaba fácil, lloraba por casi cualquier cosa, así que era la que primero te decía que estabas hermoso, que tenías una letra hermosa (sabía apenas leer y escribir) y le veías el enorme orgullo en sus ojos cuando venías con la nota de inglés o matemáticas.Sus hijos, mi padre y mi tío, resultaron dos hombres inteligentísimos, y los dos primeros universitarios de la familia. Mi abuelo el primero en dejar las labores manuales, y ellos los primeros en tener un título. María estaba tan contenta con lo que habían conseguido, y te contaba esas historias, de lo duro que había sido empezar de nuevo en Argentina después de la Guerra Civil, y se le caían las lágrimas.Todos tenemos momentos en nuestra vida en los cuales sentimos que perdimos toda esperanza. Y podría contar la cantidad innumerable de veces que María, haciendo magia por supuesto, te arreglaba o te cocinaba algo de la nada. Mientras ejecutaba esos hechizos fantásticos cantaba jotas y pasodobles, se reía de acordarse ella misma de quién sabe qué, y hacía un movimiento con la cabeza como si estuviera diciendo "¡qué bárbaro!"... concentradísima.María te levantaba el ánimo, imposible sentirse triste a su lado. Te daba besos a repetición, te pellizcaba los cachetes, te llenaba los bolsillos de caramelos y te miraba con admiración.Cuando estabas enfermo, y ella no se enfermaba nunca, María te mimaba aún más: desde los paños de agua fría hasta una pastafrola de dulce de batata, esa era mi favorita.En sus últimos años, tanta magia había hecho con esas manos, tenía artrosis deformante. Los dedos habían empezado a torcérsele y le dolían los días de invierno. Cuando te tocaba la cara, la piel curtida de sus palmas delicadamente te hacía sentir en casa.En una caja, aquí en Oslo, guardo un pullover gris que ella me tejió cuando aún estaba en el colegio secundario, hace quizá unos treinta años. Es pullover antes fue una bufanda de más de dos metros de largo y lo que sobró se transformó en relleno de un almohadón junto con otras cosas. En sus manos, inclusive entonces, nada se perdía, todo se transformaba en alguna otra cosa impredecible. Hasta sus últimos días, María hizo magia con sus manos.Todos tenemos de esas personas que nos llenan el alma, de esas a las que recurríamos cuando nos raspábamos una rodilla o nos había ido mal en un examen. Para mí era María. Y lo sigue siendo.Yo creo que todos aquellos que se han ido, siguen viviendo en nuestro recuerdo: los hemos absorbido a través de nuestras vivencias y crecieron echando raíces en nuestra mente. María se fue en 1996 y releyendo esta entrada me doy cuenta de lo viva que está en mí hoy.Estas imágenes, las de la persona que me validó, me acompañó, hacía todo por mí, aprendió inclusive a leer mejor para poder leerme cuentos... esas imágenes son las que conjuro en mis momentos de incertidumbre.Como si tuviera un pantalón para emparchar o me hubiera hecho un chichón jugando con mi hermano, traigo las imágenes de lo compartido con mi abuela. Las manos de María hacían magia.Desde el hospital me dicen que los resultados de mi chequeo no estarán esta semana si no recién la otra... Así que frente a la desilusión de duplicar la espera, de una semana a dos, conjuro a mi abuela jugando conmigo a la pelota en el jardín de casa, o cortando una torta recién sacada del horno. Y puede parecer una tontería, pero me siento invulnerable en esos recuerdos.Cuando necesites de esa magia, traela desde lo profundo de tu corazón, desde lo más lejano de tu memoria. Quizá el amor no haya venido de donde vos lo esperabas, seguramente alguien supo enseñarte la incondicionalidad. Si no encontraras a nadie en este momento en tu interior, te presto a María. Mi gran sueño es, ser yo para alguien, lo que ella ha sido para mí: motor de amor.

Haciendo reír a Dios

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 Lo tenía decidido: me iba a vivir a Madrid. No sabía muy bien de qué iba a trabajar, o lo que iba a pasar con lo que tenía que dejar en Buenos Aires. Lo curioso es que me había prometido no volver a irme de Argentina hacía bastante poco. Mi abuela María me dijo una vez: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes", así que ahí estaba yo... yéndome a vivir a España y la Divinidad riendo, por supuesto.Era el año 2003, y aunque me iba "por amor", me puse a pensar en que esta vez era la definitiva, y en un montón de situaciones que hoy me parecen cómicas: luego de vivir 8 años casi en España, volví a Buenos Aires... sólo para irme a Noruega cinco años más tarde; diría que esta vez es "para siempre", aunque me imagino a Dios riendo a carcajadas y se me pasa.Mientras ordenaba papeles en mi casa decidiendo qué se venía conmigo y qué no, qué valía la pena conservar y qué tirar... me crucé con la partida de casamiento de mi bisabuelo en ese pueblito de Chieti (Italia). Se me ocurrió una idea bastante peregrina y poco clara: buscar a mi familia de origen.Empecé a preguntarme por los "cómo" y decidí digitalizar unas fotografías desde mi bisabuelo Antonio hasta mis hermanos y yo. Armé un árbol genealógico con todo lo que sabía del Casanova que había venido de Europa y las tres generaciones a las que había dado fruto en Argentina. Después de un cuaderno Rivadavia lleno de flechas, suposiciones, fechas y nombres armé una crónica de todo lo que sabíamos de aquel trabajador de la tierra que había llegado con su mujer a descubrir el mundo.Esa carta terminó teniendo doce páginas de largo y la fui ilustrando con más de una veintena de fotos que cubrían más de un siglo de historia de la familia, hasta donde la conocía y por lo que mi tío Jorge había podido ayudarme a reconstruir. Para ese entonces, mi querida abuela María ya había muerto y la generación de mis padres se había convertido en la cabeza viva del clan: nos íbamos agotando.No tenía mucha idea de qué hacer después, así que decidí buscar en las páginas blancas italianas a los Casanova que vivieran en ese pueblo de Chieti a orillas del Adriático, si es que había alguno.Para mi sorpresa, di con once nombres, teléfonos y hasta direcciones postales a través de las casi hoy extintas "pagine bianche". Hoy, en la era de la comunicación móvil y digital quizá los habría buscado por Facebook, aunque no con la misma precisión de este registro.Mi idea, otra vez enorme y un poco atolondrada, enviar esta carta a todos los Casanova que vivieran en Ortona, con la esperanza que alguno de ellos pudiera darme alguna referencia de mi bisabuelo, que pudiera contarme qué sabía de aquel rebelde que se había casado allí y partido a Argentina quien sabe cómo y cuándo.Después de pedirle a una traductora pública que transformara el texto a un italiano coloquial, y descubriendo cuánto mejor sonaba lo que había escrito en la lengua del Dante junto con la proeza de esta genia de las letras, le pedí a un amigo en Madrid que imprimiese copias para enviar a cada dirección y que las remitiese por correo certificado para poder confirmar que llegarían a cada una de esas casas.Feliz, como quien pide un deseo, dejé que esos sobres partiesen a destino y ya no esperé más nada.Unas semanas más tarde, recibo un correo electrónico seguido de una llamada de teléfono. La persona que decidió contactarme no podía esperar a que viese el mensaje. Su nombre era Anna María, casada con Rocco Casanova, uno de los nombres de la lista. Por el impecable italiano de mi impreso, suponía que yo podía hablarlo y escribirlo magistralmente. Por supuesto, como sucede en estos casos, nos gritamos mutuamente, hablando despacio, repitiendo las palabras difíciles dos veces y subiendo el tono de voz como si eso garantizara que los conceptos fueran a atravesar la barrera idiomática. Ella no entendía ni castellano ni inglés, yo no hablaba italiano. Nos gritamos en los tres idiomas por unos diez minutos y terminamos los dos llorando de emoción.Sí, éramos parientes.Mi bisabuelo era parte de la increíble anécdota del tío que se casa con la mujer equivocada del pueblo y huye a Nápoles con ella para subirse un barco e irse a "hacer la América". Como se va del pueblo enojado con su familia y la de su reciente esposa, corta contacto con todos y para siempre.De pronto, a través de una carta de doce páginas de largo con una veintena de fotografías que recopilaban más de cien años de historia, acababa de llenar el espacio vacío que quedaba en la anécdota del primer Casanova que se había ido del pueblo y jamás se supo más de él.Me dice que tiene que cortar, que necesita hablar con los hermanos y la hermana de su marido, que tienen que saber esto "rapidamente" (léase con acento italiano, por ello sin acento).Nos preguntamos, suponemos, finalmente aclaramos algo que me emociona aún más: todos los Casanova que aparecían en la guía de ese pueblo junto al mar eran parientes entre si, por ende parientes de los descendientes de Antonio. El árbol allí tenía como cuarenta miembros, y de este lado más de cien, más que un árbol un verdadero bosque.Los primos, en no se qué grado, de mi padre (hijos de los hijos de los hermanos de mi "bisnono" Antonio) eran algo mayores que mi padre y su hermano. Entre la generación siguiente había un Gianluca de casi mi misma edad con un parecido físico sorprendente. Me cuenta mi tía que más allá de la descripción y el árbol genealógico, mis fotografías la dejaron anonadada y le dieron la certeza de que esto no era un engaño elaborado. Ya que estamos hablando de argentino hablando con italianos, todo era posible.Unos meses más tarde llegaba a ese pueblo de veinte mil habitantes, y organizaban una cena en un salón, con todos los Casanova del pueblo y sus amigos más cercanos. Uno de ellos es viñatero, otro se dedica al pescado, uno hace el aceite de oliva y las mujeres cosechan los tomates para hacer conservas y salsas para todo el clan. Mis primos se dedican a la educación, las matemáticas o están por irse a estudiar a Bologna o Milán; todos viajaron para conocer al "cugino argentino" (primo argentino).Esa noche, mientras comemos pasta casera hecha en casa, con salsa de tomates del huerto, aceite de oliva propio, con mejillones pescados esa misma mañana; me cuentan la mañana en la que recibieron las cartas, llamándose los unos a los otros, celebrando que finalmente sabían que había pasado con el tío Antonio que se había ido del pueblo en 1895. La familia se había triplicado para ellos tan solo al abrir un sobre.El plan de mi bisabuelo había sido cortar todo lazo con la familia, mi plan había sido tantear en la oscuridad y luego volver a unirla. A veces la vida es un círculo, lo que ocurre es que desde nuestra perspectiva quizá es aún una línea recta. Todos somos parte de algo más grande.Al escuchar reír a mis tíos en la mesa, al verlos caminar luego hacia sus casas, inclusive alguna canción sobre los macarrones cantada con unas copas demás... volví a tener cinco años. A mediados de los setenta, las navidades en la casa de mi abuelo Domingo y mi abuela María (que Antonio había construido con sus manos) estaban llenas de los hermanos de mi abuelo que aún vivían. El corazón me dio un par de saltos mientras me adaptaba a lo que estaba viviendo: eran ellos, era yo, éramos todos juntos, era el pasado aquí y ahora... canción sobre los vagones de macarrones y todo. Yo estoy seguro que, en ese momento, Dios estaba riendo. 

La lata de Pandora

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Cuando mi abuelo Domingo murió, ayudé a mi abuela María y a mi madre a desarmar esa parte del ropero donde él guardaba sus cosas. Mi abuelo era un hombre complejo, callado, y para mí siempre había sido un gran enigma.En su armario había desde revistas de historietas como Nippur de Lagash a frascos con tornillos... era muy bueno con sus manos y cuando éramos más pequeños llegó a construir juguetes completamente de madera, uno de mis favoritos era un hipopótamo hecho de una viga de un techo viejo con bolitas de cristal haciendo de ojos. Lo que más miedo le daba a mi madre eran los colmillos que tenía, hechos de tornillos oxidados.En el fondo de ese armario, en el estante superior, dando contra el límite más profundo, descansaba oculta una lata de té de esas que estaban decoradas con la cacería del zorro. Inmediatamente fui a levantar esa tapa metálica que simulaba madera y me invadió el olor dulce del té negro. Estaba llena de papeles prolijamente doblados y había además un par de fotos: mi abuelo guardaba un tesoro.¡Ese hombre de pocas palabras guardaba recuerdos! En alguna de esas pocas fotos se lo veía de uniforme de policía muy joven y sonriente, en otra junto a mi abuela en el día del casamiento. Lo curioso de la segunda foto era que parecía que estaban en un palacio hermoso, como si fuera el mismo Versalles; mirando con atención, podía observarse que era un fondo pintado provisto por el fotógrafo. Esa misma foto, en tamaño mucho más grande, coloreada y retocada a mano estuvo colgada en la galería de su casa toda mi infancia y adolescencia. En esta pequeña versión original podía verse el cartón tras la fantasía, era una verdadera instantánea.Junto a esas fotos, una tercera que era un poco más inquietante: un grupo de hombres muy abrigados, todos muy parecidos entre si, llevando un féretro cubierto de flores en alto. Un par de mujeres lloraban llevándose pañuelos blancos a la cara, llevaban la cabeza cubierta. Entre todos ellos podía ver a mi abuelo mirando hacia adelante, imperturbable, sosteniendo el cajón con una mano. Esa foto en blanco y negro, protegida por una tarjeta nacarada que guardaba sus esquinas, no tenía nada escrito por detrás. Se la muestro a mi abuela, que sin siquiera animarse a agarrarla me dice que era el entierro del abuelo Antonio, mi bisabuelo el italiano. De inmediato comprendí que todos esos hombres iguales que sostenían el cajón en el aire eran sus hijos, todos los Casanova y quienes lloraban detrás de esos hombres eran las hijas y nueras de ese titán que se había cruzado el mundo. Al día de hoy, y mientras escribo estas más de dos décadas más tarde, puedo cerrar los ojos y ver esa foto como si fuera hoy.Tan reservado era mi abuelo, tan poco se hablaba de sus raíces, que el primer papel que me animé a desdoblar me sorprendió por completo. Era un trozo de casi cartulina amarillenta, tan desgastada que tenía ya manchas anaranjadas que parecían de óxido. De un lado tenía anotaciones en una tinta azul marino y del otro unas coloridas estampillas de héroes nacionales italianos. Era el certificado de matrimonio de mi bisabuelo Antonio con su mujer en un pequeño pueblo de Italia junto al mar. Viendo las fechas de nacimiento incluidas en el certificado, se casaron muy muy jóvenes: mis bisabuelos habían sido pasionales y arriesgados. E italianos, muy italianos.¿Por qué no se hablaba de Italia? En la vereda de enfrente vivía un italiano que había sido miembro de la legión extranjera versión italiana, de los mismísimos Bersaglieri, que no dejaba oportunidad, visita o cruce en la vereda para contar las hazañas vividas en África. Mi bisabuela Francisca, la madre de mi abuela María, había huido desde Barcelona con sus tres hijos durante la Guerra Civil Española y guardaba los fósforos usados mientras te miraba a los ojos diciéndote "quién no puede ahorrar ni un fósforo, no ahorra nada". Yo me enteré que los padres de mi abuelo habían venido de Italia huyendo del hambre, que Domingo había sido policía, todo después de muerto.Hablando con el hermano de mi padre, que hizo las veces de guardián de la historia familiar, primer Doctor en física en Argentina dicho sea de paso, me cuenta que mi bisabuelo hablaba pestes de Italia. Antonio contaba que pasaban realmente hambre, que se había venido al otro lado del mundo cortando toda relación con esa familia que lo había traído al mundo. Varios Casanova habían probado fortuna "haciendo la América" pero sólo mi bisabuelo nunca volvió, y como era casi analfabeto jamás intentó sostener el vínculo, para él Italia estaba muerta.Los padres de Domingo habían emigrado de Italia juntos. Él era el octavo hijo de un total de doce, todos nacidos en Argentina. Y el único de la familia que, harto de trabajar la tierra cuando era adolescente, decidió hacer carrera en la policía. Un problema en una pierna, un raro problema óseo llamado Enfermedad de Paget, lo había alejado de la fuerza en la década del cincuenta. De allí, paradójicamente, fue a trabajar a una fábrica de escaleras de madera hasta que los dolores le impidieron caminar sin bastón. Yo lo conocí usando bastón, y tenía unos cuántos, inclusive alguno hecho por él.Mis abuelos Domingo y María vivían en la misma casa que Antonio había levantado con sus propias manos, y mi tío recorriendo la casa me mostró como los patios se fueron transformando en galerías, cómo las habitaciones se fueron sumando y dónde había escondites para latas y conservas "por si llegaba la guerra".Tanto se respetaba a mi abuelo que nunca se habló de todo aquello mientras estuvo vivo, y ahora se abría "la lata de Pandora" y aparecían todos los hilos que conectaban a estos Casanova con una tierra de la que no sabíamos nada. No teníamos idea de qué había pasado con esa familia que había perdido un hijo y había creado en Argentina una tribu de cientos en sólo tres generaciones. Sí, Antonio y María Cristina tuvieron doce hijos; que en promedio tuvieron unos tres o cuatro descendientes cada uno; que tuvieron  dos o tres hijos y que ahora son padres y madres de otros tantos... de esos dos tórtolos emigrantes, que se reprodujeron como los gorriones liberados en el puerto de Buenos Aires, más de 200 Casanova pueblan hoy el mundo.Yo quería saber más. Siempre quiero saber más.Conectar con nuestro árbol, reconstruirlo, saber de dónde venimos, siempre que sea posible, es una fuente inagotable de "darse cuenta". La manzana nunca cae lejos del árbol: nos atraviesan las mismas cosas que traspasaron a esas generaciones anteriores. Estamos aquí resolviendo enigmas y preguntas que los otros esbozaron y no pudieron terminar de responder. Mirar la raíz nos hace entender la rama.Desde la apertura de esa lata empecé a comprender que éramos parte de algo más grande, que esa conexión se había cortado de forma premeditada y que, probablemente, alguien estaría del otro lado esperando una carta que nunca llegó. Ese día me propuse saber qué había del otro lado, y empecé a sentir un poco de orgullo por mi apellido. Llamarme "Casanova" fue motivo de cientos de burlas cuando iba al colegio, pero ahora mis bisabuelos habían sido jóvenes y aventureros y habían cruzado el mundo. Tardé doce años en dar el siguiente paso, en escribir esa carta que nunca se envió. Aunque esa, por supuesto, es otra historia.

Sanar hacia adelante

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Cuando era chico, recuerdo a mi madre con esos dolores de cabeza que la alejaban de todo: llegaba a usar anteojos negros al más mínimo rayo de sol, vivía tomando ergotamina como solución parcial a esas jaquecas que parecían interminables.Ella fue una de las primeras gerentes de sistemas mujer en Argentina, era un ambiente duro para una mujer con una inteligencia superior. Los fines de semana se refugiaba en el silencio de su habitación, con sus libros y con música lírica de fondo para evitar los ruidos que provenían de afuera.Como quien entra en una iglesia, hacíamos silencio y caminábamos despacio sobre la alfombra de su habitación para acercarnos a la cama y pedir un beso o contar alguna historia del colegio. Éramos cuatro hermanos, yo el mayor. Todos varones. En esa casa todos intentábamos que ella se sintiera a gusto, y que pudiera relajarse.Mi madre tuvo una vida muy afortunada para algunas cosas y muy compleja en otras... ahora que lo pienso ¿no es así la vida de todos?Sus problemas de salud, desde que tengo memoria, fueron un desafío para participar en la vida familiar... cualquiera creería que era su devoción al trabajo, su excelente reputación "a pesar de ser mujer", en un ambiente tan machista... la verdad es que la vida familiar en mis recuerdos transcurría en esas tardes con ella viendo televisión en su cama, bordando tapices, haciendo rompecabezas y tratando de escuchar atentamente lo que queríamos compartir con ella...La vida la dotó de una voz magnífica. Tenía voz de trueno, y a la vez su registro era de soprano lírica. Esas combinaciones que te ensordecen y que a la vez le permitían cantar de manera soberbia arias de Mozart.Su salud con los años se hizo más frágil y sus temores a pasar dolor en público se hicieron aún más grandes y su salida decorosa fue el aislamiento, no soportaba mostrarse débil frente a los demás o tener que dar explicaciones al respecto.Ella nos enseñó el amor por los libros, siempre animándonos a leer más, a buscar en la literatura el refugio que ella encontró en genios como Asimov, Cortázar o Agatha Christie. Su género fuerte era una mezcla de evasión con lógica y misterio...Yo quería una madre que me cocinara, que fuera a las reuniones de la escuela, que me abrazara fuerte cada noche a llegar a casa, que leyera las composiciones que escribía, que guardase los dibujos que le hacía (aunque debo reconocer que algunos siempre conservó). Quería tener una madre como la que tenían mis amigos en el colegio, de esas que te hacían la merienda y te enseñan la tabla del siete. Todos tenían una madre así menos yo.Es injusto pedirle eso a una madre que vive sumergida en el dolor crónico, creo que ahora lo comprendo mejor. Ella se esforzó por darnos un hogar en el que no faltara nada, en el que hubiera hasta clases de inglés e instrumentos musicales... ella se esforzó por ser todo lo libre que mi abuela no había podido ser. La familia de mi madre es una larga historia de mujeres frustradas y mi madre apostó por ser la primera generación que vencía esa terrible profecía. Y tuvo un enorme precio para ella: su salud.Mi madre aprendió a ser dura, a empujar, a salir adelante a pesar de todo... y por eso nunca se cayó un "te amo" de sus labios. Su forma de dar amor era trabajar doce horas por día y que tuviéramos una pileta en el fondo de casa, que por suerte en algún momento ella también empezó a disfrutar.Con los años, después de tanto no acertar, le encontraron un raro tipo de epilepsia que explicaba esas migrañas impresionantes: eran pequeños ataques. Cuando finalmente supieron cómo controlar esos dolores y el terrible estado físico y mental en los que te sume el dolor interminable ella ya tenía 70 años y su cuerpo lleno las marcas de quien ha vivido más dolor del que el cuerpo soporta íntegro.Cuando yo vivía en España, recibía en mi casa durante los veranos a niños que venían de los campamentos de refugiados del Sahara Occidental, un triángulo yermo entre Marruecos, Argelia y Mauritania... Estos pequeños venían a Madrid a pasar el verano, que en el Sahara llegaba a más de 55 grados; aprendían español, recibían atención médica y conocían el mundo más allá de las tiendas de campaña de la Cruz Roja y las casas hechas de ladrillos de barro.Después de haber pasado un día en el mar haciendo paseos juntos en kayak, me lastimo una mano con un remo y unos caracoles en la orilla. Mohamed, que tendría entonces unos siete años, y eran sus primeras vacaciones en la playa, me vio profundamente perturbado y se acercó a darme un abrazo y me dijo: "Nigbik Ibgala" (te quiero mucho, en hasania). Recuerdo haberlo abrazado muy fuerte, a punto tal que quienes pasaban junto a nosotros en la arena creían que quien se había lastimado era el niño.Así fue que primero aprendí a poder decirlo cómodamente en un dialecto del árabe, luego en italiano al visitar a mi familia en mi pueblo natal (otra historia, quizá otro día) y luego hasta en catalán y por que no en inglés... Me tomó un tiempo largo porque llegué a decirlo más fácil en noruego que en castellano: "te amo". Y cada vez que lo digo imagino a mi madre finalmente pudiendo decirlo, y me veo a mi mismo sanando ese trauma de la niñez, sanando hacia adelante, siendo yo aquel que ella no pudo ser.Cada uno ama como puede, como fue amado... nosotros sanamos desde donde nuestros padres han sido heridos, somos parte de esa Consciencia en expansión. No podemos modificar el pasado, si podemos hacer nuestro presente y nuestro futuro distinto. En octubre pasado, el día que pude ir hasta el baño por mi propio pie, después de la operación y aún con los vendajes en mi nuca, la barba afeitada por pedido del médico, aún con la vía puesta y el suero y la medicación goteando... Me miré en el espejo y me sonreí. Pensé en Mohamed, en mi madre, en la enorme cicatriz que tenía en la nuca, en la pelota de golf que me habían sacado de la cabeza y me dije: "Nigbik Ibgala" y me dispuse a ir lentamente hacia la habitación con una sensación de duda en el estómago. Volví sobre mis pasos y mirándome a los ojos en ese mismo espejo me dije hasta en voz alta: "te amo, gracias".Que el amor pase siempre a través del dolor, para sanar hacia adelante.