Otra vez llegué temprano, muy temprano. Nevaba bastante fuerte, y así y todo preferí ir caminando. Inclusive se hizo de día mientras avanzaba calle arriba hacia el hospital. La nieve fresca silencia todos los ruidos, hace las pisadas sordas. Sólo podía escuchar mis suspiros, y hasta el sonido de mi respiración.Es difícil no prever escenarios, no tener expectativas. Mientras trataba de encontrar la entrada correcta al edificio número seis, inhalaba profundo y sentía el aire helado llegar hasta mis pulmones.Amar lo que es, lo que sea que sea...Cuando llegué al área de los consultorios de Neurología, me encontré con los pacientes que esperaban su turno y con las enfermeras de uniforme que los acompañaban hasta la sala de espera. En su mayoría, personas mayores con dificultades serias para valerse por su cuenta, en un largo pasillo lleno de puertas y de sillas a los costados.Mirando con atención los carteles puestos junto a cada puerta, pude dar con los del doctor que me operó en octubre. Mi mente comenzó a comprender que, realmente, la espera estaba terminando en ese mismo instante: a partir de ahora tendría la certeza de lo que estaba sucediendo conmigo hoy.Amar el resultado que venga, abrazarlo y hacer lo que haga falta...Di dos pasos hacia atrás, giré hacia la derecha para medir la distancia hasta la silla más cercana (no puedo aún girar a la izquierda sin marearme) y me senté. Mientras miraba la puerta del consultorio, pensaba en mis migrañas casi constantes antes de la operación, y cuánto mejor me sentía ahora.Me dije a mi mismo qué, si antes mis síntomas habían sido alerta de otra cosa... ahora, que me siento mucho mejor... ¿No debería ser esa ausencia de síntomas una buena noticia?A través de lo vivido, y no sólo con "Mike" (mi tumor), aprendí a ver al cuerpo como lo que es: una fuente inagotable de señales que desesperadamente quieren ser escuchadas.Amar lo que mi cuerpo tenga para decir, sin rechazarlo...Aprendemos a ignorar al cuerpo: usamos zapatos incómodos, ropa apretada, comemos cosas que ni siquiera son comida, adoptamos posiciones al sentarnos que son antinaturales... Nos acostumbramos tanto a lo molesto, que cuando hay algo para prestarle atención seriamente, tiene que elevarse por sobre un enorme ruido de fondo: nuestros hábitos.El Yoga te enseña a escucharte, y creo que fue eso mismo lo que me permitió darme cuenta hace unos meses de que "algo no andaba bien" cuando tenés que tomar un analgésico por día para reducir un dolor de cabeza. Alguna vez lo dije ya, nos acostumbramos a todo, inclusive al dolor.Después de dos semanas de no construir escenarios, o al menos de intentar no hacerlo, me encontraba sentado esperando que sea puerta se abriese, y tenía pensado estudiar cada gesto del médico cuando me saludara... por supuesto, nada de eso ocurrió.Amar lo que es, desde este presente, sin adelantarme...Una bata blanca entró en mi campo visual por la izquierda y me llamó por mi apellido. Me señaló la puerta cerrada con una mano y sonrió. Su cara era inescrutable. En lo que tardé en sacarme los abrigos, él ya había desplegado imágenes de mi cerebro en dos pantallas.Me dijo que estaba "admirando mis imágenes" y lo primero que pensé era que tenía una linda cabeza, para darme cuenta de que el neurocirujano hablaba de su propio trabajo. Me pidió que mirara la pantalla de la derecha y me preguntó si veía algo anormal en la imagen... "Veo una cabeza completamente normal", le dije. "Es la tuya", me contestó.Estaba absolutamente asombrado, no había traza alguna de "Mike" o siquiera del espacio que había dejado vacante al ser desalojado.Entonces, aquello que el cuerpo me decía, que me sentía bien porque estaba bien, era cierto... El inglés no era la lengua nativa de ninguno de los dos, y a mí de pronto me costaban las palabras... el médico tomó la batuta en la conversación y me empezó a decir que no quedaban huellas aparentes del tumor. Hizo un par de movimientos con el mouse, y puso junto a ese perfil de mi cabeza obtenido recientemente, una instantánea de cuando encontraron a Mike en septiembre del año pasado. Mi cerebelo izquierdo había sido comprimido a la mitad de su tamaño esperado, gracias a este "cuerpo extraño", a esta perla que había hecho crecer dentro de mi cabeza.Cuando le pregunté si podía ayudarme a darme cuenta de la dimensión que había tenido en mi cabeza, me dijo que si lo hubiera tenido en mi mano, no habría podido cerrar el puño sin apretarlo. Dicho de ese modo me parecía gigante.En ese momento, amé al Lucas que fui, al que soportó todo como si una aspirina y un montón de agua fuera hacerlo desaparecer.Amar al que lo soportó... Con respecto a mis mareos y vértigos, mi médico fue muy cauto y claro: podría desaparecer en unos meses, o acompañarme por el resto de mi vida. Cuando giro hacia la izquierda o hacia atrás, siento como si el mundo desapareciera y fuese a caer al vacío absoluto... como quien se asoma por encima de la cornisa de un edificio altísimo.Empecé a hablar y el doctor me interrumpió amablemente, para decir que "cualquier consecuencia de esta naturaleza era mejor que tener un tumor cerebral" y yo comencé a reírme. Era claro que estaba acostumbrado a que los pacientes se quejaran de los efectos secundarios de las operaciones. Yo en cambio seguía asombrado de estar así, y por sobre todo con vida.Amar al que lo sobrevivió...Después de contarme que el patólogo tuvo que chequear varias veces que la muestra estaba viva, porque no había habido actividad celular en las dos semanas que estuvieron analizando a Mike bajo el microscopio, me dijo que era probable que hubiese tenido este tumor prácticamente toda mi vida, allí, creciendo a la sombra.En el Yoga se habla de "samskaras" como marcas profundas que nos dejan los acontecimientos que vivimos, bloqueos en nuestra mente que pueden llegar al cuerpo... teniendo en cuenta que todo lo que está en nuestro cuerpo tiene algún factor emocional, además de lo genético y lo medioambiental... no podía dejar de preguntarme qué fue lo que hizo que dejara que una célula que creció descontrolada terminara transformándose en algo más grande que un damasco. En estos meses, descubrí que a los médicos les encanta comparar a los tumores con frutas, los hace parecer más inofensivos. En cambio, parece que los pacientes solemos compararlos con pelotas de diversos deportes, los hace parecer más reales y agresivos.Escuchó con atención todo lo que tenía para decir, y tomó nota de todo lo que le pareció curioso o un dato trascendente. Me explicó que mi cerebelo tardaría meses en volver a expandirse a su máxima capacidad y que reconectarse con el espacio también sería un desafío para mí. Inmediatamente pensé en las asanas invertidas, en la parada de cabeza, y en otras cosas que aún no he vuelto a hacer y que extraño. Meses. Meses era mejor que nunca.Y lo que fuese a surgir, yo iba a amar eso... lo que pueda ser...Esto de la ubicación espacial es curioso, porque mi cerebelo procesa información que viene del oído medio y de los movimientos que hago, como una forma de medir dónde está el suelo, la pared, etcétera... hay movimientos que me dan la sensación de estar enfrentándome al infinito, y no quizá a la almohada o la puerta del baño.Estos síntomas extraños me dan sensación de fragilidad, y las imágenes que vi en pantalla en el consultorio a la vez me hacen sentir fuerte, de a ratos indestructible. Creo que esa mezcla de sensaciones representa eso de "amar lo que es".Esa combinación extraña de sensibilidad y resiliencia, es la que nos da permiso para probar algo distinto, para sentirnos alegres de haber superado algo que parecía insuperable. Cada paso es un logro, y aunque este no sea el último, me devolvió la visión de que la salud es un proceso, un equilibrio, y por sobre todo aceptación y calma.Le pregunto al médico cuándo vuelvo a verlo, y me dice que todo está tan bien que él cree que directamente cuando se cumpla un año de la operación, no antes. "Cuando menos lo vea, por mí mejor, usted fue el que me abrió la cabeza con una sierra" le contesto y ambos nos reímos.Cuando llegué de nuevo a la calle, había salido el sol: ya no nevaba. No importa, también hubiese amado que hubiera seguido nevando.
No sabemos el propósito de nada
Estoy en un avión. Y no me explotó la cabeza... mi mente había fabricado la imagen de que mi cerebro iba a explotar en el aire como explotaban las cabezas de los marcianos en "Mars Attack".No es que tuviese que temer, ya que mi médico me dio autorización para hacer este vuelo.Bueno, con el miedo ya sabes cómo es, no? A veces no tiene que ver con la lógica si no con lo que desesperadamente queremos evitar.Voy camino a Londres, a ver unos amigos y unas exposiciones. Es un viaje de dos horas, Y cuando no tengo nada para hacer, medito o escribo... y cada vez más, la escritura se vuelve una actividad contemplativa: escribo, observo, no juzgo, sigo escribiendo.Aún estoy a la espera de los resultados de mi primer chequeo, y todo lo que hago pasa por el filtro de aprovechar este tiempo, de no hacer la espera un desperdicio.Si los resultados son que necesito más tratamiento, al menos hice todo lo que podía con este tiempo. Si los resultados son que no necesito más tratamiento, mi vida no estuvo en suspenso por algo que no sucedió.Ayer, hablaba con una gran amiga, que recientemente fue diagnosticada con un tumor maligno en su pulmón derecho.Y mientras hacíamos una llamada de audio por WhatsApp, uno a 12.400 km de la otra, hablábamos exactamente de eso: no sabemos cuál es el propósito de nada.Mientras lo estamos viviendo, no tiene sentido, y muchas veces asumimos para qué sirve lo que vivimos. Y te prometo que nos equivocamos.¿Para qué sirve un tumor? ¿Para qué le sirve a ella un cáncer? ¿Para qué nos sirven el dolor o la desilusión?Mi amiga, enorme creyente y practicante, hoy está enojada con todo.Los dos hemos hecho cosas buenas, y desde alguna perspectiva pareciera que no nos ha ido bien.Sorpresa.Ese deseo humano de prevenir el dolor y la enfermedad, siendo buenos y "haciendo las cosas bien" puede ser simplemente eso: nuestra esperanza, lo que queremos como premio a lo que hicimos.Sorpresa.A veces queremos entender y dar sentido, y resulta que no funciona...No sabemos cuál es el propósito de nada, simplemente se lo asignamos desde lo que queremos que suceda o tratamos de evitar.Creemos que podemos decidir sobre el propósito de las cosas, cómo usarlas, cómo darles sentido... somos parte de algo más grande, un tejido celeste, y cada cosa que sucede es un aprendizaje.¿Eso significa que hay sincronía entre lo que vivís vos y lo que vivo yo? Escucho a diario esto de "necesitaba leer justo esto", "no sabes lo bien que me viene lo que acabas de publicar", "parece que me estuvieras leyendo la mente", "eso lo escribiste para mí" y otros grandes éxitos. Amo eso <3Hay una danza entre la luna y el mar... hay una danza entre las estaciones y el árbol, y por supuesto entre cada evento humano.No cabe en nuestra cabeza el tamaño, o el sentido, de lo que vivimos. A veces por forzar aquello que queremos que sea nos olvidamos de lo que realmente está pasando aquí, delante de nuestros ojos.Con esta amiga, ella enojada y yo completamente empático con su enojo, coincidíamos en algo que nos sorprendió cuando ambos dimos a conocer nuestros desafíos: nos cubrieron de amor, cambió la forma en la que nos vimos a nosotros mismos, y nos pusimos a hacer todo lo que demoramos en hacer en nuestra vida.Y esa demora aplica a lo que teníamos que hacer por nosotros mismos, y las situaciones con las que queríamos "hacer las paces". El Buda hubiera dicho: "y lo peor es que creemos que tenemos tiempo".Si yo hubiera seguido creyendo en que no servía de nada escribir, no estarías leyéndome en este momento. No sabía el propósito de mi escritura, hasta que me reconocí que hace 36 años que escribo, que hace seis años había abierto una cuenta en WordPress sin escribir ni una entrada, y ahora escribo desde mi teléfono en un avión y con miedo a que mi cabeza explote. A veces, casi siempre, no sabemos el propósito de nada.¿Y cuál es el sentido detrás de estos sinsentidos? Aprendemos, siempre que nos abramos a la lección. Y yo ya no me cierro a nada, no hay tiempo.Mi amiga y yo aprendimos a no postergarnos, a no jugar a que tenemos tiempo, a decir más "te quiero" y más "te amo", a darnos permisos, a decir que "no" más seguido, a no forzarnos, a dejarnos amar...En definitiva, frente a la adversidad uno puede confundirse y llegar a creer que es una mala noticia.Sorpresa.Hay siempre un bien mayor, y si le abrimos la puerta, pasará a través nuestro, y allí aparecerá el sentido. Somos parte de algo más grande.Ya el vuelo lleva más de una hora de recorrido y releyendo lo que he escrito creo que apruebo en coherencia, hasta aquí al menos. Y mi cabeza no explotó. Primer viaje en avión desde el desalojo de Mike, un paso más, un miedo menos, una zona de confort un poco más grande.La última sorpresa, fue abrir hoy "Un curso de milagros" y encontrarme con la frase de hoy.... si crees que era "No sabemos el propósito de nada" estás en lo cierto.El mundo es sincrónico, todo sucede por algo, aunque no sepamos desde este lugar por qué pasan las cosas. Todo está lleno de amor.
Para sanar, hay que aceptar
Las manos de mi abuela
Las manos de María hacían magia... desde transformar madejas de lana en ovillos, que después se volvían pullovers o bufandas; hasta esas tortas con nueces perfumada con cáscara de naranjas.Mi abuela era de esas que remendaban la ropa, con sus lentes de ver de cerca, mirándote por encima, diciéndote "más vale un feo cosido que un lindo agujero"...Ella vivía con mi abuelo en San Andrés, en el norte del Gran Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Banfield, zona sur, del otro lado.Una vez por semana, ella se tomaba un colectivo, un tren, un subte, otro tren y otro colectivo para venir a vernos y remendarnos la ropa, repartir caramelos y ordenar nuestros placares.El viaje demoraba en total unas dos horas, y lo aprovechaba para hojear revistas viejas que se llevaba de casa a su vuelta. Leía los titulares y los epígrafes de las fotos de la Radiolandia 2000, La Semana, Siete Días, Gente, Chau Pinela, Tía Vicenta... lo que cayera en sus manos. Si no, se ponía a tejer.Tejía muy bien a crochet, le hizo una manta a mis padres con más de trescientos cuadraditos de colores, como un campo de flores tejidas. Durante un par de meses viajaba en los antiguos vagones diesel, esos de color marrón con asientos de madera, con pilas de "granny squares" (como se le dice a esa forma de tejido) y ovillos de lanas de cinco o seis colores distintos.Eso significaba que María viajaba cuatro horas en total, para estar unas cuatro horas en casa con nosotros... llegaba un rato antes de que llegáramos del colegio y se iba cuando empezábamos a cenar. En la merienda teníamos esa torta casera que siempre traía, fuera el bizcochuelo de naranjas y nueces o la torta marmolada. Las manos de María hacían magia.De ella aprendí decenas de dichos del saber popular español. Era una máquina de soltar refranes. Muchos de ellos quedaron grabados a fuego en mi mente, y es imposible que no cite alguno de ellos en todos mis cursos. Es casi como un mantra o símbolo de buena ventura... no hay encuentro con mis alumnos donde en algún momento no diga "como decía mi abuela... "Ella traía sus propias agujas y sus hilos... lo único que compraba en la mercería del barrio eran los "pitucones" que necesitaba para empacharnos los codos y rodillas de nuestros uniformes. Cuando un pullover nos quedaba pequeño, mágicamente se transformaba en un ovillo, que era lavado, enmadejado, y transformado nuevamente en ovillo. Tenía tantas agujas de tejer que un par de veces jugamos con uno de mis hermanos a los palitos chinos con todo su arsenal.Era de esas que hacían todo primero por el otro, atendía a mi abuelo Domingo como un rey, y se desvivía por sus nietos. No había premio más grande que pasar un día en su casa. Hacía las milanesas más perfectas y el puré de papas más cremoso. Las manos de María hacían magia.Cuando muy joven, fue Reina de la Vendimia en Mendoza. Era parecida a Rita Hayworth y de grande era mi abuela.Se emocionaba fácil, lloraba por casi cualquier cosa, así que era la que primero te decía que estabas hermoso, que tenías una letra hermosa (sabía apenas leer y escribir) y le veías el enorme orgullo en sus ojos cuando venías con la nota de inglés o matemáticas.Sus hijos, mi padre y mi tío, resultaron dos hombres inteligentísimos, y los dos primeros universitarios de la familia. Mi abuelo el primero en dejar las labores manuales, y ellos los primeros en tener un título. María estaba tan contenta con lo que habían conseguido, y te contaba esas historias, de lo duro que había sido empezar de nuevo en Argentina después de la Guerra Civil, y se le caían las lágrimas.Todos tenemos momentos en nuestra vida en los cuales sentimos que perdimos toda esperanza. Y podría contar la cantidad innumerable de veces que María, haciendo magia por supuesto, te arreglaba o te cocinaba algo de la nada. Mientras ejecutaba esos hechizos fantásticos cantaba jotas y pasodobles, se reía de acordarse ella misma de quién sabe qué, y hacía un movimiento con la cabeza como si estuviera diciendo "¡qué bárbaro!"... concentradísima.María te levantaba el ánimo, imposible sentirse triste a su lado. Te daba besos a repetición, te pellizcaba los cachetes, te llenaba los bolsillos de caramelos y te miraba con admiración.Cuando estabas enfermo, y ella no se enfermaba nunca, María te mimaba aún más: desde los paños de agua fría hasta una pastafrola de dulce de batata, esa era mi favorita.En sus últimos años, tanta magia había hecho con esas manos, tenía artrosis deformante. Los dedos habían empezado a torcérsele y le dolían los días de invierno. Cuando te tocaba la cara, la piel curtida de sus palmas delicadamente te hacía sentir en casa.En una caja, aquí en Oslo, guardo un pullover gris que ella me tejió cuando aún estaba en el colegio secundario, hace quizá unos treinta años. Es pullover antes fue una bufanda de más de dos metros de largo y lo que sobró se transformó en relleno de un almohadón junto con otras cosas. En sus manos, inclusive entonces, nada se perdía, todo se transformaba en alguna otra cosa impredecible. Hasta sus últimos días, María hizo magia con sus manos.Todos tenemos de esas personas que nos llenan el alma, de esas a las que recurríamos cuando nos raspábamos una rodilla o nos había ido mal en un examen. Para mí era María. Y lo sigue siendo.Yo creo que todos aquellos que se han ido, siguen viviendo en nuestro recuerdo: los hemos absorbido a través de nuestras vivencias y crecieron echando raíces en nuestra mente. María se fue en 1996 y releyendo esta entrada me doy cuenta de lo viva que está en mí hoy.Estas imágenes, las de la persona que me validó, me acompañó, hacía todo por mí, aprendió inclusive a leer mejor para poder leerme cuentos... esas imágenes son las que conjuro en mis momentos de incertidumbre.Como si tuviera un pantalón para emparchar o me hubiera hecho un chichón jugando con mi hermano, traigo las imágenes de lo compartido con mi abuela. Las manos de María hacían magia.Desde el hospital me dicen que los resultados de mi chequeo no estarán esta semana si no recién la otra... Así que frente a la desilusión de duplicar la espera, de una semana a dos, conjuro a mi abuela jugando conmigo a la pelota en el jardín de casa, o cortando una torta recién sacada del horno. Y puede parecer una tontería, pero me siento invulnerable en esos recuerdos.Cuando necesites de esa magia, traela desde lo profundo de tu corazón, desde lo más lejano de tu memoria. Quizá el amor no haya venido de donde vos lo esperabas, seguramente alguien supo enseñarte la incondicionalidad. Si no encontraras a nadie en este momento en tu interior, te presto a María. Mi gran sueño es, ser yo para alguien, lo que ella ha sido para mí: motor de amor.
Ser paciente
Por supuesto llegue temprano, cuarenta y cinco minutos temprano. Afuera aún estaba tímidamente amaneciendo y las calles cubiertas de la nieve dura acumulada de la semana anterior.Anoche no pude dormir demasiado, me desperté antes de que sonara el despertador y me puse en movimiento con mi práctica matinal de meditación. Contemplar para mi se volvió como cepillarme los dientes, me sentiría muy raro si saliese a la calle sin hacerlo.La sala de espera estaba casi vacía, y elegí un sillón cerca de la puerta del laboratorio donde está el resonador para sentarme a leer. A mi lado, una señora de unos setenta años, con el cabello todo blanco, espera al paciente que está dentro agarrando su cartera con fuerza y mirando fijamente a la pared blanca que tenemos enfrente.Llega la hora y exactamente a las nueve y quince sale la técnica radióloga a buscarme sonriente diciendo mi apellido con tono divertido. Nos conocemos. Es la misma técnica de todas mis veces anteriores en el hospital, es nuestra tercera vez juntos. Ella se parece mucho a Patsy Kensit, una actriz inglesa, y pienso decírselo esta vez.Me pasa el camisón de hospital para que me cambie y me da las instrucciones del caso. Mientras tanto, el paciente que espera la señora de cabello blanco es sometido a los imanes del enorme aparato. Todo coordinado en la mayor eficiencia, y con mucha amabilidad y cuidado.Cuando finalmente entro a la sala, ya con mi bata con pequeñas banderitas noruegas y mis calzoncillos largos, noto que algo anda mal... bueno, no es que algo esté literalmente mal, sino que el resonador es mucho más pequeño y no solo en tamaño: el agujero por el que meten la camilla es sensiblemente más chico.Me ponen tapones para los oídos, una gorra verde con elástico y unos auriculares para bloquear el sonido: estoy listo para poder hasta dormir en una obra en construcción. Lo único que escucho es mi respiración y como trago saliva.Pregunto por el tamaño del túnel en el que descansará la camilla conmigo dentro y, efectivamente, es más pequeño. Es diez centímetros de diámetro más pequeño que el que está en el área de neurología en la tercera planta, el que conozco. En un total de setenta centímetros de diámetro, un túnel de sesenta centímetros o menos parece un poco a ser enterrado vivo. Perspectivas.Esto me hace acordar a una pariente de mi edad que pesaba tanto que las balanzas de las farmacias no llegaban a marcar su peso, y ni siquiera podía subirse con los dos píes a la báscula sin la referencia de alguien cercano. Cuando tuvo que hacerse una resonancia magnética por una infección que le estaba comiendo los huesos, la médica que la atendía le explicó que iba a contactar al zoológico donde contaban con un aparato que soportaba su perímetro y kilos. Después de saber que en ese aparato diagnosticaban hipopótamos se hizo colocar un balón gástrico. No se si su médica se lo dijo en serio o no, lo cierto es que bajó más de cien kilos en el siguiente año y medio. Perdón, necesitaba distraerme un poco.Como saben lo que están buscando y lo que van a controlar, me dice la técnica que el ciclo solo durará doce minutos y será directamente con contraste. La noticia me pone de buen humor y le digo que se parece a Patsy Kensit, y por supuesto le tengo que explicar quién es... "¿Arma Mortal 2? ¿Mel Gibson?"... claro que ella no sabe de qué le estoy hablando."Patsy" me presenta a una estudiante que será la encargada de encontrar la vena en mi brazo derecho para la vía del gadolinio. Ese es el nombre de la sustancia utilizada frecuentemente para las resonancias.El líquido radiactivo que se utiliza durante la prueba genera un ligero calor en la garganta y el pecho, y se disipa rápidamente en el torrente sanguíneo. Así los tumores y los edemas pueden verse con claridad en las pruebas.Esta chica, que no habla mucho inglés, no encuentra la vena a la primera y "Patsy" le tiene que pedir que le deje las jeringas de contraste, que no fluyen como debiera. Hermoso ayudar a que estos estudiantes consigan más experiencia, el moretón y la mancha de sangre que me quedó después evidencia que aún es un poco pronto para dejarla hacer esto sola.Acostado en la camilla, me ponen la máscara para mantener quieta la cabeza y procesar las imágenes. Me da la alarma anti pánico, una perilla gris que se aprieta como la que se usa para medir la presión sanguínea por medios tradicionales. Es un botón para pedir que te saquen del túnel si algo sucede. Una pequeña parte de los pacientes que toman estos estudios tienen crisis de ansiedad y sienten que no pueden respirar en ese espacio, que está perfectamente ventilado. La estudiante empieza a meter la camilla dentro presionando un botón, y como no lo mantiene apretado, se para y arranca de golpe, como si estuviera aprendiendo a manejar y tuviera problemas para regular el freno. Los tres nos reímos, yo un poco de los nervios, y "Patsy" le dice algo en noruego que para mí sonó como "Dejá, dejá..." y se ve que tomó el control de la botonera porque entré como si fuera a flotar en el espacio.Los sonidos que el resonador hace, más graves y más agudos, asemejan a máquinas mecánicas, como bombas de pozos de agua, sistemas hidráulicos o un martillo neumático golpeando contra metal en diferentes ritmos. Para conseguir diferentes imágenes de todos los tejidos del cuerpo, mueve diferentes piezas que hacen ruidos distintos. Hay videos en YouTube que muestran estos raros sonidos y se usan para familiarizar a los pacientes con los sonidos que se encontrarán.Después de haber estado en ese caño durante media hora las veces anteriores, los doce minutos se pasaron bastante rápido. Los dediqué a repetir mantras y a crear imágenes en mi mente como si estuviera usando un japa mala (un collar de cuentas que se usa para repetir mantras). Intentaba que lo único que se moviera fuese mi abdomen al inhalar y exhalar.Lo que me enseñó la experiencia previa... bueno, las tres resonancias anteriores, es a perder un poco el miedo a los espacios reducidos y a los sonidos fuertes ¡y a hacer foco en cualquier otra cosa que no fuera el espacio reducido!Cada vez que los sonidos provenientes de las bobinas y los imanes cambiaban, me decía "ya está, no puede ser... es pronto" y seguía un poco más. De pronto se hizo el silencio y la camilla se empezó a deslizar hacia afuera. Esta vez fue sin sobresaltos, realmente reconfortante.Al salir, pregunté como me hacía con el resultado de la prueba y "Patsy Kensit" me dijo que, como era un control, tendría que esperar una semana y se pondrían en contacto conmigo.El término "paciente" viene claramente de eso: del que tiene paciencia, de ese suspenso (de quedar suspendido) y tener que esperar a que otros tomen la iniciativa.Y hay que aprender a ser paciente, a transformar esos tiempos de espera en acción propia, hacer algo por uno y por mantenerse en eje y en calma.La verdadera diferencia en la salud es el empoderamiento, cuando uno hace por uno mismo. El dejar de ser simplemente "el que espera", para ser "el que espera y hace", por supuesto eso hace la diferencia. Estoy aprendiendo a ser activamente paciente. Consejos que enseñaba a mis consultantes más lo que aprendí en primera personaQuiero compartir con vos una serie de consejos extraídos de la práctica profesional y enriquecidos con mi propia experiencia en "el túnel". Por supuesto que se complementan con lo que los médicos sugieran y no reemplaza ninguna de sus recomendaciones:Una semana antes de la resonancia
- Familiarizarse con los sonidos que produce el resonador. Para hacerlo hay videos en YouTube. Mi consejo es escucharlos con el mayor volumen soportable y con auriculares.
- Practicar la postura "Savasana" o postura del cadaver, para acostumbrarse a la inmovilidad, por períodos prolongados de tiempo. Es la postura de relax del yoga y ayuda a generar quietud física y mental.
- Practicar la respiración abdominal (hacia el abdomen) donde la inhalación sea contando hasta cuatro y la exhalación sea contando hasta ocho, siempre que sea cómodo. Exhalaciones más largas que las inhalaciones, eso calma la mente y activa la relajación profunda.
- Cuando se hayan pueden combinarse los sonidos, la inmovilidad y la respiración como entrenamiento para evitar la ansiedad durante la prueba.
El día de la resonancia
- Comer bien e hidratarse bien, a no ser que la indicación médica sea en contrario.
- Vestirse con ropa cómoda y dejar todos los objetos metálicos en casa (anillos, cadenas, cinturones, aros, piercings, etcétera).
- Dejar todos los objetos de valor que no sea necesario llevar con nosotros también en el hogar. Vamos a tener que dejarlos en el guardarropas durante casi una hora.
- Preparar en la mochila o bolso una banana, una botella de agua y algo para entretenerse durante las esperas como un libro, tejido o un cuaderno (vamos por lo analógico).
- No todos los centros diagnósticos lo ofrecen, es una excelente idea llevar tapones para los oídos.
Durante la resonancia
- Empezar a practicar la postura inmóvil y la respiración en cuanto podamos estar en la camilla.
- En la aplicación del contraste, que puede ser antes o en mitad del estudio, cuando pinchan con la aguja lo mejor es exhalar por la boca con la mandíbula relajada. Eso hace que todo el brazo y los hombros se relajen y duela menos la entrada de la vía.
- Si nuestra mente se disparara a pensamientos de tensión y ansiedad, se puede repetir un mantra (si usas alguno) o cantar mentalmente una canción que ayude a concentrarse y calmarse.
- Todo empieza y termina, este es el momento de ser realmente paciente.
Después de la resonancia
- Hidratarse. Hay que tomar mucho líquido para eliminar el contraste por la orina.
- Tomarse un par de horas para readaptarse, si es posible.
- Puede que haya algo de mareo o vértigo, inclusive desde estar dentro del resonador. Es frecuente y se resuelve en algunas horas. Lo mismo sucede con los dolores de cabeza. Si continuaran, por favor consulta a tu médico.
- Compartí tu experiencia. Es una prueba cada vez más frecuente, que puede salvar vidas, y cuantos más le perdamos el miedo mejor.
