"Todo lo que siempre has querido está del otro lado del miedo" George AddairEs domingo por la noche, y mañana a las nueve de la mañana tengo el chequeo de mis primeros noventa días después de la operación. Durante el primer año tengo que hacerme controles trimestrales y después uno por año, de por vida.Hay una pequeña chance de que Mike (el nombre cariñoso de ese bulto que crié en mi cabeza) decida volver. Y aunque los meningiomas son células de crecimiento lento, lo mejor es saberlo cuanto antes y controlarlo antes de que vuelva a hacer destrozos.No debería darme miedo, o sí... el chequeo consiste en una resonancia magnética, que puede ser de una media hora en un caño repleto de poderosísimos imanes. La primera vez que estuve en un tubo de esos fue cuando me diagnosticaron el tumor cerebral, los últimos días de septiembre de este año, La segunda vez fue después de la operación, para ver que todo estuviera en su lugar. La tercera al mes de la operación cuando empecé con el vértigo y el mareo.Sólo una de las tres veces el resultado fue "sin novedades": la primera supimos de la existencia de una masa de 31mm de diámetro que crecía desde la segunda capa de las meninges hacia adentro; la segunda transcurrió sin novedades teniendo en cuenta que hacía menos de 24 horas me habían cortado el cuello en un tajo de casi 20 centímetros y aserrado mi cráneo para desalojar a Mike; la tercera fue cuando empecé con los mareos y supe que tenía una pequeña filtración en las meninges, producto aún de la operación. No me gustan las resonancias: mi mente se pone en alerta, mi experiencia previa desconfía de lo que pueda suceder después.El miedo es una emoción positiva.El miedo tiene que ver con la autopreservación, es una contracción, una protección, un mecanismo de evitación para garantizar evitar el dolor o sufrimiento, inclusive para preservar la vida. El problema sería quedarse anclado en ese sentimiento de cuidado. Eso va dañando la salud de a poco, yo he vivido el efecto erosionante del miedo.Yo, antes de tener un tumor cerebral, cuando iba al médico decía que era una persona sana, sin mayores síntomas casi nunca. Tuve un par de cólicos renales, que es algo que corre en la familia de mi madre y que la medicina tradicional china vincula con el miedo; y mi única operación fue de adenoides (vegetaciones) cuando tenía menos de seis años. Para casi medio siglo de vida, me gustaba decir que era sano como un roble. Y lo sigo siendo a excepción de Mike, claro que Mike no es una excepción pequeña. Inclusive algunos especialistas occidentales y orientales vinculan a los tumores con el miedo y el control.El miedo nos puede hacer evitar algo por completo, o enfrentarlo a través de esa sensación. Yo podría evitar ir mañana al hospital, y así no enterarme de cómo estoy y cómo va el proceso. La verdad que, como el día de la operación, me río de esa posibilidad. Sí, el día en el que iban a operarme, por temas de quirófano se demoró mi entrada una hora y poco y fantaseé con irme del piso de neurocirugía sin decirle nada a nadie. Dos minutos después me acordé que estaba con medicación por mis síntomas y comencé a reírme. Hoy también me río de la alternativa de huir.Otra alternativa podría ser detenerme frente a lo que pasa y "prepararme mentalmente" postergando la cita que tengo mañana. Rápidamente mi mente me recuerda que el tiempo siempre es un factor vital en la salud y que cuando intentamos congelar lo que nos pasa, es algo tan antinatural, que nuestro cuerpo y nuestra mente sufren: estamos hechos para fluir, somos literalmente líquidos.Cuando salimos de la parálisis y la huida el miedo se convierte en incertidumbre.No se lo que va a pasar mañana, sí se que voy a ir y que voy a hacer lo que me pidan. Y que después ya tengo que soltar el control y las suposiciones, porque mi mente busca en la experiencia previa y me dice que en dos tercios los resultados no fueron buenos. Mi parte más humorística dice que si la primera fue una mala noticia y la segunda sin novedades... la tercera fue una menos mala noticia y por ende la cuarta será aún más sin novedades... las dos alternativas son lógicas, la mente siempre trata de prever escenarios para buscar qué herramientas usar. La cuestión profunda es que con la incertidumbre nada sirve, excepto lo que experimentemos o... sí, lo que la mente se crea cierto. Y ahí, reconozcamos, la mente puede volverse un poco tremendista: se prepara para lo peor.La forma de salir de la incertidumbre es, muchas veces, abrazar ese caos.Suena hermoso, y a veces aterrorizante. Abrazar el caos es no querer ordenarlo, es cruzarlo a través, ver lo que pienso y se me ocurre como eso: lo que pienso y se me ocurre. Si querés saber qué pienso en este momento, entre las cosas que mi mente baraja están: el tumor volvió a crecer, el agujero en mi duramadre no se cerró, hay algo creciendo en algún otro lado, hay problemas con mis venas en el cerebro... suena todo "hermoso". Mi mente está desesperadamente intentando prever un escenario para ver qué tiene que poner a disposición, yo a cada pensamiento respiro profundo y cuando exhalo lo suelto. Nada de todo eso es algo que yo pueda aseverar desde mi experiencia, simplemente busco convertir incertidumbre en certeza, en el peor escenario, para prepararme.El miedo y la incertidumbre son el paso previo a aprender algo.El paso posterior a "todo es posible, no se qué es cierto" es ver lo que es, enterarse, aprender una nueva habilidad, superarlo, encajar aquello que atravesamos, tener ahora una certeza. Lo que sea que llegue, se acaba la incertidumbre y algo concreto suele presentarse delante de nuestros ojos. En este ejemplo sería el resultado de mi resonancia y el médico concretando el curso de acción, aunque sea para decirme que todo está en orden y que tengo que seguir haciendo todo bien como hasta ahora.Todo aquello que deseas, está del otro lado del miedo.Yo quiero la certeza. al menos esta, quiero saber sobre mi salud y si tengo que hacer algo para mantenerla o recuperarla también quiero saberlo. Esa confirmación que estoy buscando requiere atravesar miedo y ponerme en acción, e incertidumbre y abrazarla sin suponer y así abrazar lo que hoy es.El miedo es una alerta de que hemos llegado al límite de nuestra zona de confort.Ya no podemos estar cómodos con lo que sabemos o lo que tenemos, hay que dar un paso más allá de lo que nos resulta familiar o de lo que sabemos hacer. Estamos quebrando una forma de ser porque la forma en la que hacíamos las cosas antes ya no nos funciona, por ejemplo escondernos de lo que pasa o ignorarlo. Nadie sale de la zona de confort porque quiere, lo hace porque no le queda opción.Crecemos porque todo lo que sabemos ya no nos sirve.Así como lo que supe hace dos meses en mi tercera resonancia no es suficiente para decir cómo estoy hoy, muchas veces aquello que hemos aprendido nos sirve hasta que ya no nos sirve: estrategias, argumentos, formas de pensar, formas de vestirnos y hasta trabajos o relaciones de pareja. Salir de la zona de confort no es fácil y, una vez más, lo hacemos porque nuestro sistema caducó.El miedo nos prepara para la acciónDesde la descarga de adrenalina, el aumento del pulso, la sensación de alerta y hasta la descarga de nuestros intestinos; el miedo nos prepara para lo que va a venir y nos deja en estado de actividad. Es muy difícil comer o dormir, o sencillamente dejar de pensar en lo que tememos si tenemos miedo. Yo personalmente no puedo pensar en otra cosa que en el control de mañana por la mañana. Es más, tenía pensado escribir hoy sobre otra cosa, y mi mente se mantuvo enfocada en esto.Saltar hacia el miedo (y a través de él) nos hace libresNo puedo hacer otra cosa en este momento, así que atravesándolo decidí escribirlo, observarlo y compartirlo en primera persona y no como una creación lógica de lo que se hace cuando uno tiene miedo. Hay mucho juicio sobre si el miedo es algo bueno o malo, yo creo que es profundamente bueno, y que hay que poder saltar hacia él y cruzarlo para aprehender lo que está del otro lado.Así como vencer el miedo a volar te permite llegar al lugar al que querés ir, vencer el miedo a besar a alguien puede ser el comienzo de una relación, decir que sí a esa propuesta laboral puede significar crecer profesionalmente... mañana voy a ir a hacerme esa resonancia para que sea el comienzo de una nueva certeza. Y la que sea, la voy a enfrentar. Y cuando el miedo vuelva, le voy a dar la bienvenida, es parte de crecer.El remedio frente al miedo es el amorSi el miedo es contracción, el amor es expansión. Así que como me amo mucho y me cuido todo lo que puedo, mañana iré a hacerme el control... porque cualquier otra alternativa no sería buena para mi salud y mi tranquilidad mental en el mediano plazo. No importa el tipo de adversidad al que te enfrentes, el camino siempre es a través de lo más oscuro y lo más complejo. Nadie está solo, que nos pasen estas cosas es símbolo de que estamos vivos.
Haciendo reír a Dios
Lo tenía decidido: me iba a vivir a Madrid. No sabía muy bien de qué iba a trabajar, o lo que iba a pasar con lo que tenía que dejar en Buenos Aires. Lo curioso es que me había prometido no volver a irme de Argentina hacía bastante poco. Mi abuela María me dijo una vez: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes", así que ahí estaba yo... yéndome a vivir a España y la Divinidad riendo, por supuesto.Era el año 2003, y aunque me iba "por amor", me puse a pensar en que esta vez era la definitiva, y en un montón de situaciones que hoy me parecen cómicas: luego de vivir 8 años casi en España, volví a Buenos Aires... sólo para irme a Noruega cinco años más tarde; diría que esta vez es "para siempre", aunque me imagino a Dios riendo a carcajadas y se me pasa.Mientras ordenaba papeles en mi casa decidiendo qué se venía conmigo y qué no, qué valía la pena conservar y qué tirar... me crucé con la partida de casamiento de mi bisabuelo en ese pueblito de Chieti (Italia). Se me ocurrió una idea bastante peregrina y poco clara: buscar a mi familia de origen.Empecé a preguntarme por los "cómo" y decidí digitalizar unas fotografías desde mi bisabuelo Antonio hasta mis hermanos y yo. Armé un árbol genealógico con todo lo que sabía del Casanova que había venido de Europa y las tres generaciones a las que había dado fruto en Argentina. Después de un cuaderno Rivadavia lleno de flechas, suposiciones, fechas y nombres armé una crónica de todo lo que sabíamos de aquel trabajador de la tierra que había llegado con su mujer a descubrir el mundo.Esa carta terminó teniendo doce páginas de largo y la fui ilustrando con más de una veintena de fotos que cubrían más de un siglo de historia de la familia, hasta donde la conocía y por lo que mi tío Jorge había podido ayudarme a reconstruir. Para ese entonces, mi querida abuela María ya había muerto y la generación de mis padres se había convertido en la cabeza viva del clan: nos íbamos agotando.No tenía mucha idea de qué hacer después, así que decidí buscar en las páginas blancas italianas a los Casanova que vivieran en ese pueblo de Chieti a orillas del Adriático, si es que había alguno.Para mi sorpresa, di con once nombres, teléfonos y hasta direcciones postales a través de las casi hoy extintas "pagine bianche". Hoy, en la era de la comunicación móvil y digital quizá los habría buscado por Facebook, aunque no con la misma precisión de este registro.Mi idea, otra vez enorme y un poco atolondrada, enviar esta carta a todos los Casanova que vivieran en Ortona, con la esperanza que alguno de ellos pudiera darme alguna referencia de mi bisabuelo, que pudiera contarme qué sabía de aquel rebelde que se había casado allí y partido a Argentina quien sabe cómo y cuándo.Después de pedirle a una traductora pública que transformara el texto a un italiano coloquial, y descubriendo cuánto mejor sonaba lo que había escrito en la lengua del Dante junto con la proeza de esta genia de las letras, le pedí a un amigo en Madrid que imprimiese copias para enviar a cada dirección y que las remitiese por correo certificado para poder confirmar que llegarían a cada una de esas casas.Feliz, como quien pide un deseo, dejé que esos sobres partiesen a destino y ya no esperé más nada.Unas semanas más tarde, recibo un correo electrónico seguido de una llamada de teléfono. La persona que decidió contactarme no podía esperar a que viese el mensaje. Su nombre era Anna María, casada con Rocco Casanova, uno de los nombres de la lista. Por el impecable italiano de mi impreso, suponía que yo podía hablarlo y escribirlo magistralmente. Por supuesto, como sucede en estos casos, nos gritamos mutuamente, hablando despacio, repitiendo las palabras difíciles dos veces y subiendo el tono de voz como si eso garantizara que los conceptos fueran a atravesar la barrera idiomática. Ella no entendía ni castellano ni inglés, yo no hablaba italiano. Nos gritamos en los tres idiomas por unos diez minutos y terminamos los dos llorando de emoción.Sí, éramos parientes.Mi bisabuelo era parte de la increíble anécdota del tío que se casa con la mujer equivocada del pueblo y huye a Nápoles con ella para subirse un barco e irse a "hacer la América". Como se va del pueblo enojado con su familia y la de su reciente esposa, corta contacto con todos y para siempre.De pronto, a través de una carta de doce páginas de largo con una veintena de fotografías que recopilaban más de cien años de historia, acababa de llenar el espacio vacío que quedaba en la anécdota del primer Casanova que se había ido del pueblo y jamás se supo más de él.Me dice que tiene que cortar, que necesita hablar con los hermanos y la hermana de su marido, que tienen que saber esto "rapidamente" (léase con acento italiano, por ello sin acento).Nos preguntamos, suponemos, finalmente aclaramos algo que me emociona aún más: todos los Casanova que aparecían en la guía de ese pueblo junto al mar eran parientes entre si, por ende parientes de los descendientes de Antonio. El árbol allí tenía como cuarenta miembros, y de este lado más de cien, más que un árbol un verdadero bosque.Los primos, en no se qué grado, de mi padre (hijos de los hijos de los hermanos de mi "bisnono" Antonio) eran algo mayores que mi padre y su hermano. Entre la generación siguiente había un Gianluca de casi mi misma edad con un parecido físico sorprendente. Me cuenta mi tía que más allá de la descripción y el árbol genealógico, mis fotografías la dejaron anonadada y le dieron la certeza de que esto no era un engaño elaborado. Ya que estamos hablando de argentino hablando con italianos, todo era posible.Unos meses más tarde llegaba a ese pueblo de veinte mil habitantes, y organizaban una cena en un salón, con todos los Casanova del pueblo y sus amigos más cercanos. Uno de ellos es viñatero, otro se dedica al pescado, uno hace el aceite de oliva y las mujeres cosechan los tomates para hacer conservas y salsas para todo el clan. Mis primos se dedican a la educación, las matemáticas o están por irse a estudiar a Bologna o Milán; todos viajaron para conocer al "cugino argentino" (primo argentino).Esa noche, mientras comemos pasta casera hecha en casa, con salsa de tomates del huerto, aceite de oliva propio, con mejillones pescados esa misma mañana; me cuentan la mañana en la que recibieron las cartas, llamándose los unos a los otros, celebrando que finalmente sabían que había pasado con el tío Antonio que se había ido del pueblo en 1895. La familia se había triplicado para ellos tan solo al abrir un sobre.El plan de mi bisabuelo había sido cortar todo lazo con la familia, mi plan había sido tantear en la oscuridad y luego volver a unirla. A veces la vida es un círculo, lo que ocurre es que desde nuestra perspectiva quizá es aún una línea recta. Todos somos parte de algo más grande.Al escuchar reír a mis tíos en la mesa, al verlos caminar luego hacia sus casas, inclusive alguna canción sobre los macarrones cantada con unas copas demás... volví a tener cinco años. A mediados de los setenta, las navidades en la casa de mi abuelo Domingo y mi abuela María (que Antonio había construido con sus manos) estaban llenas de los hermanos de mi abuelo que aún vivían. El corazón me dio un par de saltos mientras me adaptaba a lo que estaba viviendo: eran ellos, era yo, éramos todos juntos, era el pasado aquí y ahora... canción sobre los vagones de macarrones y todo. Yo estoy seguro que, en ese momento, Dios estaba riendo.
La lata de Pandora
Cuando mi abuelo Domingo murió, ayudé a mi abuela María y a mi madre a desarmar esa parte del ropero donde él guardaba sus cosas. Mi abuelo era un hombre complejo, callado, y para mí siempre había sido un gran enigma.En su armario había desde revistas de historietas como Nippur de Lagash a frascos con tornillos... era muy bueno con sus manos y cuando éramos más pequeños llegó a construir juguetes completamente de madera, uno de mis favoritos era un hipopótamo hecho de una viga de un techo viejo con bolitas de cristal haciendo de ojos. Lo que más miedo le daba a mi madre eran los colmillos que tenía, hechos de tornillos oxidados.En el fondo de ese armario, en el estante superior, dando contra el límite más profundo, descansaba oculta una lata de té de esas que estaban decoradas con la cacería del zorro. Inmediatamente fui a levantar esa tapa metálica que simulaba madera y me invadió el olor dulce del té negro. Estaba llena de papeles prolijamente doblados y había además un par de fotos: mi abuelo guardaba un tesoro.¡Ese hombre de pocas palabras guardaba recuerdos! En alguna de esas pocas fotos se lo veía de uniforme de policía muy joven y sonriente, en otra junto a mi abuela en el día del casamiento. Lo curioso de la segunda foto era que parecía que estaban en un palacio hermoso, como si fuera el mismo Versalles; mirando con atención, podía observarse que era un fondo pintado provisto por el fotógrafo. Esa misma foto, en tamaño mucho más grande, coloreada y retocada a mano estuvo colgada en la galería de su casa toda mi infancia y adolescencia. En esta pequeña versión original podía verse el cartón tras la fantasía, era una verdadera instantánea.Junto a esas fotos, una tercera que era un poco más inquietante: un grupo de hombres muy abrigados, todos muy parecidos entre si, llevando un féretro cubierto de flores en alto. Un par de mujeres lloraban llevándose pañuelos blancos a la cara, llevaban la cabeza cubierta. Entre todos ellos podía ver a mi abuelo mirando hacia adelante, imperturbable, sosteniendo el cajón con una mano. Esa foto en blanco y negro, protegida por una tarjeta nacarada que guardaba sus esquinas, no tenía nada escrito por detrás. Se la muestro a mi abuela, que sin siquiera animarse a agarrarla me dice que era el entierro del abuelo Antonio, mi bisabuelo el italiano. De inmediato comprendí que todos esos hombres iguales que sostenían el cajón en el aire eran sus hijos, todos los Casanova y quienes lloraban detrás de esos hombres eran las hijas y nueras de ese titán que se había cruzado el mundo. Al día de hoy, y mientras escribo estas más de dos décadas más tarde, puedo cerrar los ojos y ver esa foto como si fuera hoy.Tan reservado era mi abuelo, tan poco se hablaba de sus raíces, que el primer papel que me animé a desdoblar me sorprendió por completo. Era un trozo de casi cartulina amarillenta, tan desgastada que tenía ya manchas anaranjadas que parecían de óxido. De un lado tenía anotaciones en una tinta azul marino y del otro unas coloridas estampillas de héroes nacionales italianos. Era el certificado de matrimonio de mi bisabuelo Antonio con su mujer en un pequeño pueblo de Italia junto al mar. Viendo las fechas de nacimiento incluidas en el certificado, se casaron muy muy jóvenes: mis bisabuelos habían sido pasionales y arriesgados. E italianos, muy italianos.¿Por qué no se hablaba de Italia? En la vereda de enfrente vivía un italiano que había sido miembro de la legión extranjera versión italiana, de los mismísimos Bersaglieri, que no dejaba oportunidad, visita o cruce en la vereda para contar las hazañas vividas en África. Mi bisabuela Francisca, la madre de mi abuela María, había huido desde Barcelona con sus tres hijos durante la Guerra Civil Española y guardaba los fósforos usados mientras te miraba a los ojos diciéndote "quién no puede ahorrar ni un fósforo, no ahorra nada". Yo me enteré que los padres de mi abuelo habían venido de Italia huyendo del hambre, que Domingo había sido policía, todo después de muerto.Hablando con el hermano de mi padre, que hizo las veces de guardián de la historia familiar, primer Doctor en física en Argentina dicho sea de paso, me cuenta que mi bisabuelo hablaba pestes de Italia. Antonio contaba que pasaban realmente hambre, que se había venido al otro lado del mundo cortando toda relación con esa familia que lo había traído al mundo. Varios Casanova habían probado fortuna "haciendo la América" pero sólo mi bisabuelo nunca volvió, y como era casi analfabeto jamás intentó sostener el vínculo, para él Italia estaba muerta.Los padres de Domingo habían emigrado de Italia juntos. Él era el octavo hijo de un total de doce, todos nacidos en Argentina. Y el único de la familia que, harto de trabajar la tierra cuando era adolescente, decidió hacer carrera en la policía. Un problema en una pierna, un raro problema óseo llamado Enfermedad de Paget, lo había alejado de la fuerza en la década del cincuenta. De allí, paradójicamente, fue a trabajar a una fábrica de escaleras de madera hasta que los dolores le impidieron caminar sin bastón. Yo lo conocí usando bastón, y tenía unos cuántos, inclusive alguno hecho por él.Mis abuelos Domingo y María vivían en la misma casa que Antonio había levantado con sus propias manos, y mi tío recorriendo la casa me mostró como los patios se fueron transformando en galerías, cómo las habitaciones se fueron sumando y dónde había escondites para latas y conservas "por si llegaba la guerra".Tanto se respetaba a mi abuelo que nunca se habló de todo aquello mientras estuvo vivo, y ahora se abría "la lata de Pandora" y aparecían todos los hilos que conectaban a estos Casanova con una tierra de la que no sabíamos nada. No teníamos idea de qué había pasado con esa familia que había perdido un hijo y había creado en Argentina una tribu de cientos en sólo tres generaciones. Sí, Antonio y María Cristina tuvieron doce hijos; que en promedio tuvieron unos tres o cuatro descendientes cada uno; que tuvieron dos o tres hijos y que ahora son padres y madres de otros tantos... de esos dos tórtolos emigrantes, que se reprodujeron como los gorriones liberados en el puerto de Buenos Aires, más de 200 Casanova pueblan hoy el mundo.Yo quería saber más. Siempre quiero saber más.Conectar con nuestro árbol, reconstruirlo, saber de dónde venimos, siempre que sea posible, es una fuente inagotable de "darse cuenta". La manzana nunca cae lejos del árbol: nos atraviesan las mismas cosas que traspasaron a esas generaciones anteriores. Estamos aquí resolviendo enigmas y preguntas que los otros esbozaron y no pudieron terminar de responder. Mirar la raíz nos hace entender la rama.Desde la apertura de esa lata empecé a comprender que éramos parte de algo más grande, que esa conexión se había cortado de forma premeditada y que, probablemente, alguien estaría del otro lado esperando una carta que nunca llegó. Ese día me propuse saber qué había del otro lado, y empecé a sentir un poco de orgullo por mi apellido. Llamarme "Casanova" fue motivo de cientos de burlas cuando iba al colegio, pero ahora mis bisabuelos habían sido jóvenes y aventureros y habían cruzado el mundo. Tardé doce años en dar el siguiente paso, en escribir esa carta que nunca se envió. Aunque esa, por supuesto, es otra historia.
Sanar hacia adelante
Cuando era chico, recuerdo a mi madre con esos dolores de cabeza que la alejaban de todo: llegaba a usar anteojos negros al más mínimo rayo de sol, vivía tomando ergotamina como solución parcial a esas jaquecas que parecían interminables.Ella fue una de las primeras gerentes de sistemas mujer en Argentina, era un ambiente duro para una mujer con una inteligencia superior. Los fines de semana se refugiaba en el silencio de su habitación, con sus libros y con música lírica de fondo para evitar los ruidos que provenían de afuera.Como quien entra en una iglesia, hacíamos silencio y caminábamos despacio sobre la alfombra de su habitación para acercarnos a la cama y pedir un beso o contar alguna historia del colegio. Éramos cuatro hermanos, yo el mayor. Todos varones. En esa casa todos intentábamos que ella se sintiera a gusto, y que pudiera relajarse.Mi madre tuvo una vida muy afortunada para algunas cosas y muy compleja en otras... ahora que lo pienso ¿no es así la vida de todos?Sus problemas de salud, desde que tengo memoria, fueron un desafío para participar en la vida familiar... cualquiera creería que era su devoción al trabajo, su excelente reputación "a pesar de ser mujer", en un ambiente tan machista... la verdad es que la vida familiar en mis recuerdos transcurría en esas tardes con ella viendo televisión en su cama, bordando tapices, haciendo rompecabezas y tratando de escuchar atentamente lo que queríamos compartir con ella...La vida la dotó de una voz magnífica. Tenía voz de trueno, y a la vez su registro era de soprano lírica. Esas combinaciones que te ensordecen y que a la vez le permitían cantar de manera soberbia arias de Mozart.Su salud con los años se hizo más frágil y sus temores a pasar dolor en público se hicieron aún más grandes y su salida decorosa fue el aislamiento, no soportaba mostrarse débil frente a los demás o tener que dar explicaciones al respecto.Ella nos enseñó el amor por los libros, siempre animándonos a leer más, a buscar en la literatura el refugio que ella encontró en genios como Asimov, Cortázar o Agatha Christie. Su género fuerte era una mezcla de evasión con lógica y misterio...Yo quería una madre que me cocinara, que fuera a las reuniones de la escuela, que me abrazara fuerte cada noche a llegar a casa, que leyera las composiciones que escribía, que guardase los dibujos que le hacía (aunque debo reconocer que algunos siempre conservó). Quería tener una madre como la que tenían mis amigos en el colegio, de esas que te hacían la merienda y te enseñan la tabla del siete. Todos tenían una madre así menos yo.Es injusto pedirle eso a una madre que vive sumergida en el dolor crónico, creo que ahora lo comprendo mejor. Ella se esforzó por darnos un hogar en el que no faltara nada, en el que hubiera hasta clases de inglés e instrumentos musicales... ella se esforzó por ser todo lo libre que mi abuela no había podido ser. La familia de mi madre es una larga historia de mujeres frustradas y mi madre apostó por ser la primera generación que vencía esa terrible profecía. Y tuvo un enorme precio para ella: su salud.Mi madre aprendió a ser dura, a empujar, a salir adelante a pesar de todo... y por eso nunca se cayó un "te amo" de sus labios. Su forma de dar amor era trabajar doce horas por día y que tuviéramos una pileta en el fondo de casa, que por suerte en algún momento ella también empezó a disfrutar.Con los años, después de tanto no acertar, le encontraron un raro tipo de epilepsia que explicaba esas migrañas impresionantes: eran pequeños ataques. Cuando finalmente supieron cómo controlar esos dolores y el terrible estado físico y mental en los que te sume el dolor interminable ella ya tenía 70 años y su cuerpo lleno las marcas de quien ha vivido más dolor del que el cuerpo soporta íntegro.Cuando yo vivía en España, recibía en mi casa durante los veranos a niños que venían de los campamentos de refugiados del Sahara Occidental, un triángulo yermo entre Marruecos, Argelia y Mauritania... Estos pequeños venían a Madrid a pasar el verano, que en el Sahara llegaba a más de 55 grados; aprendían español, recibían atención médica y conocían el mundo más allá de las tiendas de campaña de la Cruz Roja y las casas hechas de ladrillos de barro.Después de haber pasado un día en el mar haciendo paseos juntos en kayak, me lastimo una mano con un remo y unos caracoles en la orilla. Mohamed, que tendría entonces unos siete años, y eran sus primeras vacaciones en la playa, me vio profundamente perturbado y se acercó a darme un abrazo y me dijo: "Nigbik Ibgala" (te quiero mucho, en hasania). Recuerdo haberlo abrazado muy fuerte, a punto tal que quienes pasaban junto a nosotros en la arena creían que quien se había lastimado era el niño.Así fue que primero aprendí a poder decirlo cómodamente en un dialecto del árabe, luego en italiano al visitar a mi familia en mi pueblo natal (otra historia, quizá otro día) y luego hasta en catalán y por que no en inglés... Me tomó un tiempo largo porque llegué a decirlo más fácil en noruego que en castellano: "te amo". Y cada vez que lo digo imagino a mi madre finalmente pudiendo decirlo, y me veo a mi mismo sanando ese trauma de la niñez, sanando hacia adelante, siendo yo aquel que ella no pudo ser.Cada uno ama como puede, como fue amado... nosotros sanamos desde donde nuestros padres han sido heridos, somos parte de esa Consciencia en expansión. No podemos modificar el pasado, si podemos hacer nuestro presente y nuestro futuro distinto. En octubre pasado, el día que pude ir hasta el baño por mi propio pie, después de la operación y aún con los vendajes en mi nuca, la barba afeitada por pedido del médico, aún con la vía puesta y el suero y la medicación goteando... Me miré en el espejo y me sonreí. Pensé en Mohamed, en mi madre, en la enorme cicatriz que tenía en la nuca, en la pelota de golf que me habían sacado de la cabeza y me dije: "Nigbik Ibgala" y me dispuse a ir lentamente hacia la habitación con una sensación de duda en el estómago. Volví sobre mis pasos y mirándome a los ojos en ese mismo espejo me dije hasta en voz alta: "te amo, gracias".Que el amor pase siempre a través del dolor, para sanar hacia adelante.
Más luz
El 21 de diciembre, aquí en el norte, fue la noche más larga del año. Aunque fue el comienzo del invierno, a partir del día siguiente los días empiezan a ser más largos... casi una declaración de esperanza con varios grados bajo cero y anocheciendo antes de las cuatro de la tarde en Noruega.En esta integración paulatina de la cultura vikinga me enseñó que el árbol de Navidad era la promesa de todo lo que vendría luego de la oscuridad, del frío, de esa tierra que parecía muerta. El árbol lleno de luces, de adornos que simbolizan todo aquello que deseamos, era el punto de reunión de las familias nórdicas y los regalos casi un premio por haber sobrevivido a la peor parte del año.Norte o Sur, significado pagano o católico, es el momento de renacer.Por un momento este año pensé en que quizá no podría celebrar esta Navidad... pensé en qué querría si la última hubiese sido eso: la última.La vida es tan frágil y rara. El mundo cambia tan rápido...Ver, entender, estar en paz conmigo, con los demás. Luz, más luz.En esta Navidad que pensé no llegaría a tener, te escribo estas palabras junto al fuego y tomando un té con canela y brandy. Aquí, deseando que renazcas, que no pierdas la esperanza de que a partir de ayer algo cambió en el cielo, que dentro tuyo está la semilla de esa luz.Renacer. Feliz en Navidad.
