Las manos de mi abuela
Las manos de María hacían magia... desde transformar madejas de lana en ovillos, que después se volvían pullovers o bufandas; hasta esas tortas con nueces perfumada con cáscara de naranjas.Mi abuela era de esas que remendaban la ropa, con sus lentes de ver de cerca, mirándote por encima, diciéndote "más vale un feo cosido que un lindo agujero"...Ella vivía con mi abuelo en San Andrés, en el norte del Gran Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Banfield, zona sur, del otro lado.Una vez por semana, ella se tomaba un colectivo, un tren, un subte, otro tren y otro colectivo para venir a vernos y remendarnos la ropa, repartir caramelos y ordenar nuestros placares.El viaje demoraba en total unas dos horas, y lo aprovechaba para hojear revistas viejas que se llevaba de casa a su vuelta. Leía los titulares y los epígrafes de las fotos de la Radiolandia 2000, La Semana, Siete Días, Gente, Chau Pinela, Tía Vicenta... lo que cayera en sus manos. Si no, se ponía a tejer.Tejía muy bien a crochet, le hizo una manta a mis padres con más de trescientos cuadraditos de colores, como un campo de flores tejidas. Durante un par de meses viajaba en los antiguos vagones diesel, esos de color marrón con asientos de madera, con pilas de "granny squares" (como se le dice a esa forma de tejido) y ovillos de lanas de cinco o seis colores distintos.Eso significaba que María viajaba cuatro horas en total, para estar unas cuatro horas en casa con nosotros... llegaba un rato antes de que llegáramos del colegio y se iba cuando empezábamos a cenar. En la merienda teníamos esa torta casera que siempre traía, fuera el bizcochuelo de naranjas y nueces o la torta marmolada. Las manos de María hacían magia.De ella aprendí decenas de dichos del saber popular español. Era una máquina de soltar refranes. Muchos de ellos quedaron grabados a fuego en mi mente, y es imposible que no cite alguno de ellos en todos mis cursos. Es casi como un mantra o símbolo de buena ventura... no hay encuentro con mis alumnos donde en algún momento no diga "como decía mi abuela... "Ella traía sus propias agujas y sus hilos... lo único que compraba en la mercería del barrio eran los "pitucones" que necesitaba para empacharnos los codos y rodillas de nuestros uniformes. Cuando un pullover nos quedaba pequeño, mágicamente se transformaba en un ovillo, que era lavado, enmadejado, y transformado nuevamente en ovillo. Tenía tantas agujas de tejer que un par de veces jugamos con uno de mis hermanos a los palitos chinos con todo su arsenal.Era de esas que hacían todo primero por el otro, atendía a mi abuelo Domingo como un rey, y se desvivía por sus nietos. No había premio más grande que pasar un día en su casa. Hacía las milanesas más perfectas y el puré de papas más cremoso. Las manos de María hacían magia.Cuando muy joven, fue Reina de la Vendimia en Mendoza. Era parecida a Rita Hayworth y de grande era mi abuela.Se emocionaba fácil, lloraba por casi cualquier cosa, así que era la que primero te decía que estabas hermoso, que tenías una letra hermosa (sabía apenas leer y escribir) y le veías el enorme orgullo en sus ojos cuando venías con la nota de inglés o matemáticas.Sus hijos, mi padre y mi tío, resultaron dos hombres inteligentísimos, y los dos primeros universitarios de la familia. Mi abuelo el primero en dejar las labores manuales, y ellos los primeros en tener un título. María estaba tan contenta con lo que habían conseguido, y te contaba esas historias, de lo duro que había sido empezar de nuevo en Argentina después de la Guerra Civil, y se le caían las lágrimas.Todos tenemos momentos en nuestra vida en los cuales sentimos que perdimos toda esperanza. Y podría contar la cantidad innumerable de veces que María, haciendo magia por supuesto, te arreglaba o te cocinaba algo de la nada. Mientras ejecutaba esos hechizos fantásticos cantaba jotas y pasodobles, se reía de acordarse ella misma de quién sabe qué, y hacía un movimiento con la cabeza como si estuviera diciendo "¡qué bárbaro!"... concentradísima.María te levantaba el ánimo, imposible sentirse triste a su lado. Te daba besos a repetición, te pellizcaba los cachetes, te llenaba los bolsillos de caramelos y te miraba con admiración.Cuando estabas enfermo, y ella no se enfermaba nunca, María te mimaba aún más: desde los paños de agua fría hasta una pastafrola de dulce de batata, esa era mi favorita.En sus últimos años, tanta magia había hecho con esas manos, tenía artrosis deformante. Los dedos habían empezado a torcérsele y le dolían los días de invierno. Cuando te tocaba la cara, la piel curtida de sus palmas delicadamente te hacía sentir en casa.En una caja, aquí en Oslo, guardo un pullover gris que ella me tejió cuando aún estaba en el colegio secundario, hace quizá unos treinta años. Es pullover antes fue una bufanda de más de dos metros de largo y lo que sobró se transformó en relleno de un almohadón junto con otras cosas. En sus manos, inclusive entonces, nada se perdía, todo se transformaba en alguna otra cosa impredecible. Hasta sus últimos días, María hizo magia con sus manos.Todos tenemos de esas personas que nos llenan el alma, de esas a las que recurríamos cuando nos raspábamos una rodilla o nos había ido mal en un examen. Para mí era María. Y lo sigue siendo.Yo creo que todos aquellos que se han ido, siguen viviendo en nuestro recuerdo: los hemos absorbido a través de nuestras vivencias y crecieron echando raíces en nuestra mente. María se fue en 1996 y releyendo esta entrada me doy cuenta de lo viva que está en mí hoy.Estas imágenes, las de la persona que me validó, me acompañó, hacía todo por mí, aprendió inclusive a leer mejor para poder leerme cuentos... esas imágenes son las que conjuro en mis momentos de incertidumbre.Como si tuviera un pantalón para emparchar o me hubiera hecho un chichón jugando con mi hermano, traigo las imágenes de lo compartido con mi abuela. Las manos de María hacían magia.Desde el hospital me dicen que los resultados de mi chequeo no estarán esta semana si no recién la otra... Así que frente a la desilusión de duplicar la espera, de una semana a dos, conjuro a mi abuela jugando conmigo a la pelota en el jardín de casa, o cortando una torta recién sacada del horno. Y puede parecer una tontería, pero me siento invulnerable en esos recuerdos.Cuando necesites de esa magia, traela desde lo profundo de tu corazón, desde lo más lejano de tu memoria. Quizá el amor no haya venido de donde vos lo esperabas, seguramente alguien supo enseñarte la incondicionalidad. Si no encontraras a nadie en este momento en tu interior, te presto a María. Mi gran sueño es, ser yo para alguien, lo que ella ha sido para mí: motor de amor.
Ser paciente
Por supuesto llegue temprano, cuarenta y cinco minutos temprano. Afuera aún estaba tímidamente amaneciendo y las calles cubiertas de la nieve dura acumulada de la semana anterior.Anoche no pude dormir demasiado, me desperté antes de que sonara el despertador y me puse en movimiento con mi práctica matinal de meditación. Contemplar para mi se volvió como cepillarme los dientes, me sentiría muy raro si saliese a la calle sin hacerlo.La sala de espera estaba casi vacía, y elegí un sillón cerca de la puerta del laboratorio donde está el resonador para sentarme a leer. A mi lado, una señora de unos setenta años, con el cabello todo blanco, espera al paciente que está dentro agarrando su cartera con fuerza y mirando fijamente a la pared blanca que tenemos enfrente.Llega la hora y exactamente a las nueve y quince sale la técnica radióloga a buscarme sonriente diciendo mi apellido con tono divertido. Nos conocemos. Es la misma técnica de todas mis veces anteriores en el hospital, es nuestra tercera vez juntos. Ella se parece mucho a Patsy Kensit, una actriz inglesa, y pienso decírselo esta vez.Me pasa el camisón de hospital para que me cambie y me da las instrucciones del caso. Mientras tanto, el paciente que espera la señora de cabello blanco es sometido a los imanes del enorme aparato. Todo coordinado en la mayor eficiencia, y con mucha amabilidad y cuidado.Cuando finalmente entro a la sala, ya con mi bata con pequeñas banderitas noruegas y mis calzoncillos largos, noto que algo anda mal... bueno, no es que algo esté literalmente mal, sino que el resonador es mucho más pequeño y no solo en tamaño: el agujero por el que meten la camilla es sensiblemente más chico.Me ponen tapones para los oídos, una gorra verde con elástico y unos auriculares para bloquear el sonido: estoy listo para poder hasta dormir en una obra en construcción. Lo único que escucho es mi respiración y como trago saliva.Pregunto por el tamaño del túnel en el que descansará la camilla conmigo dentro y, efectivamente, es más pequeño. Es diez centímetros de diámetro más pequeño que el que está en el área de neurología en la tercera planta, el que conozco. En un total de setenta centímetros de diámetro, un túnel de sesenta centímetros o menos parece un poco a ser enterrado vivo. Perspectivas.Esto me hace acordar a una pariente de mi edad que pesaba tanto que las balanzas de las farmacias no llegaban a marcar su peso, y ni siquiera podía subirse con los dos píes a la báscula sin la referencia de alguien cercano. Cuando tuvo que hacerse una resonancia magnética por una infección que le estaba comiendo los huesos, la médica que la atendía le explicó que iba a contactar al zoológico donde contaban con un aparato que soportaba su perímetro y kilos. Después de saber que en ese aparato diagnosticaban hipopótamos se hizo colocar un balón gástrico. No se si su médica se lo dijo en serio o no, lo cierto es que bajó más de cien kilos en el siguiente año y medio. Perdón, necesitaba distraerme un poco.Como saben lo que están buscando y lo que van a controlar, me dice la técnica que el ciclo solo durará doce minutos y será directamente con contraste. La noticia me pone de buen humor y le digo que se parece a Patsy Kensit, y por supuesto le tengo que explicar quién es... "¿Arma Mortal 2? ¿Mel Gibson?"... claro que ella no sabe de qué le estoy hablando."Patsy" me presenta a una estudiante que será la encargada de encontrar la vena en mi brazo derecho para la vía del gadolinio. Ese es el nombre de la sustancia utilizada frecuentemente para las resonancias.El líquido radiactivo que se utiliza durante la prueba genera un ligero calor en la garganta y el pecho, y se disipa rápidamente en el torrente sanguíneo. Así los tumores y los edemas pueden verse con claridad en las pruebas.Esta chica, que no habla mucho inglés, no encuentra la vena a la primera y "Patsy" le tiene que pedir que le deje las jeringas de contraste, que no fluyen como debiera. Hermoso ayudar a que estos estudiantes consigan más experiencia, el moretón y la mancha de sangre que me quedó después evidencia que aún es un poco pronto para dejarla hacer esto sola.Acostado en la camilla, me ponen la máscara para mantener quieta la cabeza y procesar las imágenes. Me da la alarma anti pánico, una perilla gris que se aprieta como la que se usa para medir la presión sanguínea por medios tradicionales. Es un botón para pedir que te saquen del túnel si algo sucede. Una pequeña parte de los pacientes que toman estos estudios tienen crisis de ansiedad y sienten que no pueden respirar en ese espacio, que está perfectamente ventilado. La estudiante empieza a meter la camilla dentro presionando un botón, y como no lo mantiene apretado, se para y arranca de golpe, como si estuviera aprendiendo a manejar y tuviera problemas para regular el freno. Los tres nos reímos, yo un poco de los nervios, y "Patsy" le dice algo en noruego que para mí sonó como "Dejá, dejá..." y se ve que tomó el control de la botonera porque entré como si fuera a flotar en el espacio.Los sonidos que el resonador hace, más graves y más agudos, asemejan a máquinas mecánicas, como bombas de pozos de agua, sistemas hidráulicos o un martillo neumático golpeando contra metal en diferentes ritmos. Para conseguir diferentes imágenes de todos los tejidos del cuerpo, mueve diferentes piezas que hacen ruidos distintos. Hay videos en YouTube que muestran estos raros sonidos y se usan para familiarizar a los pacientes con los sonidos que se encontrarán.Después de haber estado en ese caño durante media hora las veces anteriores, los doce minutos se pasaron bastante rápido. Los dediqué a repetir mantras y a crear imágenes en mi mente como si estuviera usando un japa mala (un collar de cuentas que se usa para repetir mantras). Intentaba que lo único que se moviera fuese mi abdomen al inhalar y exhalar.Lo que me enseñó la experiencia previa... bueno, las tres resonancias anteriores, es a perder un poco el miedo a los espacios reducidos y a los sonidos fuertes ¡y a hacer foco en cualquier otra cosa que no fuera el espacio reducido!Cada vez que los sonidos provenientes de las bobinas y los imanes cambiaban, me decía "ya está, no puede ser... es pronto" y seguía un poco más. De pronto se hizo el silencio y la camilla se empezó a deslizar hacia afuera. Esta vez fue sin sobresaltos, realmente reconfortante.Al salir, pregunté como me hacía con el resultado de la prueba y "Patsy Kensit" me dijo que, como era un control, tendría que esperar una semana y se pondrían en contacto conmigo.El término "paciente" viene claramente de eso: del que tiene paciencia, de ese suspenso (de quedar suspendido) y tener que esperar a que otros tomen la iniciativa.Y hay que aprender a ser paciente, a transformar esos tiempos de espera en acción propia, hacer algo por uno y por mantenerse en eje y en calma.La verdadera diferencia en la salud es el empoderamiento, cuando uno hace por uno mismo. El dejar de ser simplemente "el que espera", para ser "el que espera y hace", por supuesto eso hace la diferencia. Estoy aprendiendo a ser activamente paciente. Consejos que enseñaba a mis consultantes más lo que aprendí en primera personaQuiero compartir con vos una serie de consejos extraídos de la práctica profesional y enriquecidos con mi propia experiencia en "el túnel". Por supuesto que se complementan con lo que los médicos sugieran y no reemplaza ninguna de sus recomendaciones:Una semana antes de la resonancia
- Familiarizarse con los sonidos que produce el resonador. Para hacerlo hay videos en YouTube. Mi consejo es escucharlos con el mayor volumen soportable y con auriculares.
- Practicar la postura "Savasana" o postura del cadaver, para acostumbrarse a la inmovilidad, por períodos prolongados de tiempo. Es la postura de relax del yoga y ayuda a generar quietud física y mental.
- Practicar la respiración abdominal (hacia el abdomen) donde la inhalación sea contando hasta cuatro y la exhalación sea contando hasta ocho, siempre que sea cómodo. Exhalaciones más largas que las inhalaciones, eso calma la mente y activa la relajación profunda.
- Cuando se hayan pueden combinarse los sonidos, la inmovilidad y la respiración como entrenamiento para evitar la ansiedad durante la prueba.
El día de la resonancia
- Comer bien e hidratarse bien, a no ser que la indicación médica sea en contrario.
- Vestirse con ropa cómoda y dejar todos los objetos metálicos en casa (anillos, cadenas, cinturones, aros, piercings, etcétera).
- Dejar todos los objetos de valor que no sea necesario llevar con nosotros también en el hogar. Vamos a tener que dejarlos en el guardarropas durante casi una hora.
- Preparar en la mochila o bolso una banana, una botella de agua y algo para entretenerse durante las esperas como un libro, tejido o un cuaderno (vamos por lo analógico).
- No todos los centros diagnósticos lo ofrecen, es una excelente idea llevar tapones para los oídos.
Durante la resonancia
- Empezar a practicar la postura inmóvil y la respiración en cuanto podamos estar en la camilla.
- En la aplicación del contraste, que puede ser antes o en mitad del estudio, cuando pinchan con la aguja lo mejor es exhalar por la boca con la mandíbula relajada. Eso hace que todo el brazo y los hombros se relajen y duela menos la entrada de la vía.
- Si nuestra mente se disparara a pensamientos de tensión y ansiedad, se puede repetir un mantra (si usas alguno) o cantar mentalmente una canción que ayude a concentrarse y calmarse.
- Todo empieza y termina, este es el momento de ser realmente paciente.
Después de la resonancia
- Hidratarse. Hay que tomar mucho líquido para eliminar el contraste por la orina.
- Tomarse un par de horas para readaptarse, si es posible.
- Puede que haya algo de mareo o vértigo, inclusive desde estar dentro del resonador. Es frecuente y se resuelve en algunas horas. Lo mismo sucede con los dolores de cabeza. Si continuaran, por favor consulta a tu médico.
- Compartí tu experiencia. Es una prueba cada vez más frecuente, que puede salvar vidas, y cuantos más le perdamos el miedo mejor.
Saltar hacia el miedo
"Todo lo que siempre has querido está del otro lado del miedo" George AddairEs domingo por la noche, y mañana a las nueve de la mañana tengo el chequeo de mis primeros noventa días después de la operación. Durante el primer año tengo que hacerme controles trimestrales y después uno por año, de por vida.Hay una pequeña chance de que Mike (el nombre cariñoso de ese bulto que crié en mi cabeza) decida volver. Y aunque los meningiomas son células de crecimiento lento, lo mejor es saberlo cuanto antes y controlarlo antes de que vuelva a hacer destrozos.No debería darme miedo, o sí... el chequeo consiste en una resonancia magnética, que puede ser de una media hora en un caño repleto de poderosísimos imanes. La primera vez que estuve en un tubo de esos fue cuando me diagnosticaron el tumor cerebral, los últimos días de septiembre de este año, La segunda vez fue después de la operación, para ver que todo estuviera en su lugar. La tercera al mes de la operación cuando empecé con el vértigo y el mareo.Sólo una de las tres veces el resultado fue "sin novedades": la primera supimos de la existencia de una masa de 31mm de diámetro que crecía desde la segunda capa de las meninges hacia adentro; la segunda transcurrió sin novedades teniendo en cuenta que hacía menos de 24 horas me habían cortado el cuello en un tajo de casi 20 centímetros y aserrado mi cráneo para desalojar a Mike; la tercera fue cuando empecé con los mareos y supe que tenía una pequeña filtración en las meninges, producto aún de la operación. No me gustan las resonancias: mi mente se pone en alerta, mi experiencia previa desconfía de lo que pueda suceder después.El miedo es una emoción positiva.El miedo tiene que ver con la autopreservación, es una contracción, una protección, un mecanismo de evitación para garantizar evitar el dolor o sufrimiento, inclusive para preservar la vida. El problema sería quedarse anclado en ese sentimiento de cuidado. Eso va dañando la salud de a poco, yo he vivido el efecto erosionante del miedo.Yo, antes de tener un tumor cerebral, cuando iba al médico decía que era una persona sana, sin mayores síntomas casi nunca. Tuve un par de cólicos renales, que es algo que corre en la familia de mi madre y que la medicina tradicional china vincula con el miedo; y mi única operación fue de adenoides (vegetaciones) cuando tenía menos de seis años. Para casi medio siglo de vida, me gustaba decir que era sano como un roble. Y lo sigo siendo a excepción de Mike, claro que Mike no es una excepción pequeña. Inclusive algunos especialistas occidentales y orientales vinculan a los tumores con el miedo y el control.El miedo nos puede hacer evitar algo por completo, o enfrentarlo a través de esa sensación. Yo podría evitar ir mañana al hospital, y así no enterarme de cómo estoy y cómo va el proceso. La verdad que, como el día de la operación, me río de esa posibilidad. Sí, el día en el que iban a operarme, por temas de quirófano se demoró mi entrada una hora y poco y fantaseé con irme del piso de neurocirugía sin decirle nada a nadie. Dos minutos después me acordé que estaba con medicación por mis síntomas y comencé a reírme. Hoy también me río de la alternativa de huir.Otra alternativa podría ser detenerme frente a lo que pasa y "prepararme mentalmente" postergando la cita que tengo mañana. Rápidamente mi mente me recuerda que el tiempo siempre es un factor vital en la salud y que cuando intentamos congelar lo que nos pasa, es algo tan antinatural, que nuestro cuerpo y nuestra mente sufren: estamos hechos para fluir, somos literalmente líquidos.Cuando salimos de la parálisis y la huida el miedo se convierte en incertidumbre.No se lo que va a pasar mañana, sí se que voy a ir y que voy a hacer lo que me pidan. Y que después ya tengo que soltar el control y las suposiciones, porque mi mente busca en la experiencia previa y me dice que en dos tercios los resultados no fueron buenos. Mi parte más humorística dice que si la primera fue una mala noticia y la segunda sin novedades... la tercera fue una menos mala noticia y por ende la cuarta será aún más sin novedades... las dos alternativas son lógicas, la mente siempre trata de prever escenarios para buscar qué herramientas usar. La cuestión profunda es que con la incertidumbre nada sirve, excepto lo que experimentemos o... sí, lo que la mente se crea cierto. Y ahí, reconozcamos, la mente puede volverse un poco tremendista: se prepara para lo peor.La forma de salir de la incertidumbre es, muchas veces, abrazar ese caos.Suena hermoso, y a veces aterrorizante. Abrazar el caos es no querer ordenarlo, es cruzarlo a través, ver lo que pienso y se me ocurre como eso: lo que pienso y se me ocurre. Si querés saber qué pienso en este momento, entre las cosas que mi mente baraja están: el tumor volvió a crecer, el agujero en mi duramadre no se cerró, hay algo creciendo en algún otro lado, hay problemas con mis venas en el cerebro... suena todo "hermoso". Mi mente está desesperadamente intentando prever un escenario para ver qué tiene que poner a disposición, yo a cada pensamiento respiro profundo y cuando exhalo lo suelto. Nada de todo eso es algo que yo pueda aseverar desde mi experiencia, simplemente busco convertir incertidumbre en certeza, en el peor escenario, para prepararme.El miedo y la incertidumbre son el paso previo a aprender algo.El paso posterior a "todo es posible, no se qué es cierto" es ver lo que es, enterarse, aprender una nueva habilidad, superarlo, encajar aquello que atravesamos, tener ahora una certeza. Lo que sea que llegue, se acaba la incertidumbre y algo concreto suele presentarse delante de nuestros ojos. En este ejemplo sería el resultado de mi resonancia y el médico concretando el curso de acción, aunque sea para decirme que todo está en orden y que tengo que seguir haciendo todo bien como hasta ahora.Todo aquello que deseas, está del otro lado del miedo.Yo quiero la certeza. al menos esta, quiero saber sobre mi salud y si tengo que hacer algo para mantenerla o recuperarla también quiero saberlo. Esa confirmación que estoy buscando requiere atravesar miedo y ponerme en acción, e incertidumbre y abrazarla sin suponer y así abrazar lo que hoy es.El miedo es una alerta de que hemos llegado al límite de nuestra zona de confort.Ya no podemos estar cómodos con lo que sabemos o lo que tenemos, hay que dar un paso más allá de lo que nos resulta familiar o de lo que sabemos hacer. Estamos quebrando una forma de ser porque la forma en la que hacíamos las cosas antes ya no nos funciona, por ejemplo escondernos de lo que pasa o ignorarlo. Nadie sale de la zona de confort porque quiere, lo hace porque no le queda opción.Crecemos porque todo lo que sabemos ya no nos sirve.Así como lo que supe hace dos meses en mi tercera resonancia no es suficiente para decir cómo estoy hoy, muchas veces aquello que hemos aprendido nos sirve hasta que ya no nos sirve: estrategias, argumentos, formas de pensar, formas de vestirnos y hasta trabajos o relaciones de pareja. Salir de la zona de confort no es fácil y, una vez más, lo hacemos porque nuestro sistema caducó.El miedo nos prepara para la acciónDesde la descarga de adrenalina, el aumento del pulso, la sensación de alerta y hasta la descarga de nuestros intestinos; el miedo nos prepara para lo que va a venir y nos deja en estado de actividad. Es muy difícil comer o dormir, o sencillamente dejar de pensar en lo que tememos si tenemos miedo. Yo personalmente no puedo pensar en otra cosa que en el control de mañana por la mañana. Es más, tenía pensado escribir hoy sobre otra cosa, y mi mente se mantuvo enfocada en esto.Saltar hacia el miedo (y a través de él) nos hace libresNo puedo hacer otra cosa en este momento, así que atravesándolo decidí escribirlo, observarlo y compartirlo en primera persona y no como una creación lógica de lo que se hace cuando uno tiene miedo. Hay mucho juicio sobre si el miedo es algo bueno o malo, yo creo que es profundamente bueno, y que hay que poder saltar hacia él y cruzarlo para aprehender lo que está del otro lado.Así como vencer el miedo a volar te permite llegar al lugar al que querés ir, vencer el miedo a besar a alguien puede ser el comienzo de una relación, decir que sí a esa propuesta laboral puede significar crecer profesionalmente... mañana voy a ir a hacerme esa resonancia para que sea el comienzo de una nueva certeza. Y la que sea, la voy a enfrentar. Y cuando el miedo vuelva, le voy a dar la bienvenida, es parte de crecer.El remedio frente al miedo es el amorSi el miedo es contracción, el amor es expansión. Así que como me amo mucho y me cuido todo lo que puedo, mañana iré a hacerme el control... porque cualquier otra alternativa no sería buena para mi salud y mi tranquilidad mental en el mediano plazo. No importa el tipo de adversidad al que te enfrentes, el camino siempre es a través de lo más oscuro y lo más complejo. Nadie está solo, que nos pasen estas cosas es símbolo de que estamos vivos.
Haciendo reír a Dios
Lo tenía decidido: me iba a vivir a Madrid. No sabía muy bien de qué iba a trabajar, o lo que iba a pasar con lo que tenía que dejar en Buenos Aires. Lo curioso es que me había prometido no volver a irme de Argentina hacía bastante poco. Mi abuela María me dijo una vez: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes", así que ahí estaba yo... yéndome a vivir a España y la Divinidad riendo, por supuesto.Era el año 2003, y aunque me iba "por amor", me puse a pensar en que esta vez era la definitiva, y en un montón de situaciones que hoy me parecen cómicas: luego de vivir 8 años casi en España, volví a Buenos Aires... sólo para irme a Noruega cinco años más tarde; diría que esta vez es "para siempre", aunque me imagino a Dios riendo a carcajadas y se me pasa.Mientras ordenaba papeles en mi casa decidiendo qué se venía conmigo y qué no, qué valía la pena conservar y qué tirar... me crucé con la partida de casamiento de mi bisabuelo en ese pueblito de Chieti (Italia). Se me ocurrió una idea bastante peregrina y poco clara: buscar a mi familia de origen.Empecé a preguntarme por los "cómo" y decidí digitalizar unas fotografías desde mi bisabuelo Antonio hasta mis hermanos y yo. Armé un árbol genealógico con todo lo que sabía del Casanova que había venido de Europa y las tres generaciones a las que había dado fruto en Argentina. Después de un cuaderno Rivadavia lleno de flechas, suposiciones, fechas y nombres armé una crónica de todo lo que sabíamos de aquel trabajador de la tierra que había llegado con su mujer a descubrir el mundo.Esa carta terminó teniendo doce páginas de largo y la fui ilustrando con más de una veintena de fotos que cubrían más de un siglo de historia de la familia, hasta donde la conocía y por lo que mi tío Jorge había podido ayudarme a reconstruir. Para ese entonces, mi querida abuela María ya había muerto y la generación de mis padres se había convertido en la cabeza viva del clan: nos íbamos agotando.No tenía mucha idea de qué hacer después, así que decidí buscar en las páginas blancas italianas a los Casanova que vivieran en ese pueblo de Chieti a orillas del Adriático, si es que había alguno.Para mi sorpresa, di con once nombres, teléfonos y hasta direcciones postales a través de las casi hoy extintas "pagine bianche". Hoy, en la era de la comunicación móvil y digital quizá los habría buscado por Facebook, aunque no con la misma precisión de este registro.Mi idea, otra vez enorme y un poco atolondrada, enviar esta carta a todos los Casanova que vivieran en Ortona, con la esperanza que alguno de ellos pudiera darme alguna referencia de mi bisabuelo, que pudiera contarme qué sabía de aquel rebelde que se había casado allí y partido a Argentina quien sabe cómo y cuándo.Después de pedirle a una traductora pública que transformara el texto a un italiano coloquial, y descubriendo cuánto mejor sonaba lo que había escrito en la lengua del Dante junto con la proeza de esta genia de las letras, le pedí a un amigo en Madrid que imprimiese copias para enviar a cada dirección y que las remitiese por correo certificado para poder confirmar que llegarían a cada una de esas casas.Feliz, como quien pide un deseo, dejé que esos sobres partiesen a destino y ya no esperé más nada.Unas semanas más tarde, recibo un correo electrónico seguido de una llamada de teléfono. La persona que decidió contactarme no podía esperar a que viese el mensaje. Su nombre era Anna María, casada con Rocco Casanova, uno de los nombres de la lista. Por el impecable italiano de mi impreso, suponía que yo podía hablarlo y escribirlo magistralmente. Por supuesto, como sucede en estos casos, nos gritamos mutuamente, hablando despacio, repitiendo las palabras difíciles dos veces y subiendo el tono de voz como si eso garantizara que los conceptos fueran a atravesar la barrera idiomática. Ella no entendía ni castellano ni inglés, yo no hablaba italiano. Nos gritamos en los tres idiomas por unos diez minutos y terminamos los dos llorando de emoción.Sí, éramos parientes.Mi bisabuelo era parte de la increíble anécdota del tío que se casa con la mujer equivocada del pueblo y huye a Nápoles con ella para subirse un barco e irse a "hacer la América". Como se va del pueblo enojado con su familia y la de su reciente esposa, corta contacto con todos y para siempre.De pronto, a través de una carta de doce páginas de largo con una veintena de fotografías que recopilaban más de cien años de historia, acababa de llenar el espacio vacío que quedaba en la anécdota del primer Casanova que se había ido del pueblo y jamás se supo más de él.Me dice que tiene que cortar, que necesita hablar con los hermanos y la hermana de su marido, que tienen que saber esto "rapidamente" (léase con acento italiano, por ello sin acento).Nos preguntamos, suponemos, finalmente aclaramos algo que me emociona aún más: todos los Casanova que aparecían en la guía de ese pueblo junto al mar eran parientes entre si, por ende parientes de los descendientes de Antonio. El árbol allí tenía como cuarenta miembros, y de este lado más de cien, más que un árbol un verdadero bosque.Los primos, en no se qué grado, de mi padre (hijos de los hijos de los hermanos de mi "bisnono" Antonio) eran algo mayores que mi padre y su hermano. Entre la generación siguiente había un Gianluca de casi mi misma edad con un parecido físico sorprendente. Me cuenta mi tía que más allá de la descripción y el árbol genealógico, mis fotografías la dejaron anonadada y le dieron la certeza de que esto no era un engaño elaborado. Ya que estamos hablando de argentino hablando con italianos, todo era posible.Unos meses más tarde llegaba a ese pueblo de veinte mil habitantes, y organizaban una cena en un salón, con todos los Casanova del pueblo y sus amigos más cercanos. Uno de ellos es viñatero, otro se dedica al pescado, uno hace el aceite de oliva y las mujeres cosechan los tomates para hacer conservas y salsas para todo el clan. Mis primos se dedican a la educación, las matemáticas o están por irse a estudiar a Bologna o Milán; todos viajaron para conocer al "cugino argentino" (primo argentino).Esa noche, mientras comemos pasta casera hecha en casa, con salsa de tomates del huerto, aceite de oliva propio, con mejillones pescados esa misma mañana; me cuentan la mañana en la que recibieron las cartas, llamándose los unos a los otros, celebrando que finalmente sabían que había pasado con el tío Antonio que se había ido del pueblo en 1895. La familia se había triplicado para ellos tan solo al abrir un sobre.El plan de mi bisabuelo había sido cortar todo lazo con la familia, mi plan había sido tantear en la oscuridad y luego volver a unirla. A veces la vida es un círculo, lo que ocurre es que desde nuestra perspectiva quizá es aún una línea recta. Todos somos parte de algo más grande.Al escuchar reír a mis tíos en la mesa, al verlos caminar luego hacia sus casas, inclusive alguna canción sobre los macarrones cantada con unas copas demás... volví a tener cinco años. A mediados de los setenta, las navidades en la casa de mi abuelo Domingo y mi abuela María (que Antonio había construido con sus manos) estaban llenas de los hermanos de mi abuelo que aún vivían. El corazón me dio un par de saltos mientras me adaptaba a lo que estaba viviendo: eran ellos, era yo, éramos todos juntos, era el pasado aquí y ahora... canción sobre los vagones de macarrones y todo. Yo estoy seguro que, en ese momento, Dios estaba riendo.
