Vibrar alto

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La primera vez que lo escuché fue durante la pandemia, y sonaba a consuelo. Estábamos todos encerrados y con miedo, y circulaba un texto que explicaba que las emociones tienen una frecuencia: que el miedo, el dolor, la irritación, el abandono vibran bajo, que el amor y el agradecimiento vibran alto, y que de eso dependía enfermarse o no. Cada tanto alguien me lo reenviaba.

Pensé que se iba a ir cuando se fuera la pandemia. No se fue. Se instaló en cómo hablamos: "esto me vibra bajo", "esta persona tiene una vibración hermosa", "me vibra mal". Terminó siendo una forma de clasificar personas y situaciones sin tener que explicar nada.

Y ya que se quedó a vivir con nosotros, conviene abrir el paquete. Porque adentro hay algo cierto y algo que no, y vienen pegados.

La vibración en el cuerpo humano

Todo en el Universo vibra, es parte de cómo los átomos crean la materia. Y el cuerpo humano tiene un determinado rango vibratorio producto de su composición. Por ejemplo, los ojos y los huesos vibran diferente, los pulmones y los intestinos absorben las ondas sonoras de manera distinta.

Nuestras emociones tensan al cuerpo, en algunas partes más que otras, generando mayor resistencia, pero el rango es tan imperceptible que su vibración no cambia.

También, los pensamientos que generan emociones de mayor estrés, causan una aceleración de la respiración, ritmo cardíaco y hasta hacen que el tono de nuestra voz se eleve (no sólo el volumen sino la tonalidad). De hecho, nuestras cuerdas vocales vibran de manera más aguda cuando estamos activados y en sensación de peligro. En general, las voces calmas, graves, vibran más bajo y nos hacen sentir más en calma.

La respuesta autoinmune

Lo que pensamos nos afecta emocionalmente, y las emociones están directamente relacionadas con la respuesta de nuestro sistema inmunológico. Es decir, cuanto más miedo, estrés y peligro sintamos, nuestra respuesta a las enfermedades puede ser menor. Esto ha sido algo que inclusive el gran psiquiatra Viktor Frankl observó durante su detención en los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial: si un prisionero perdía la alegría de vivir, enfermaba y moría.

Las hormonas del estrés generan inflamación, y cuando esa inflamación se cronifica, se va comiendo de a poco al mismo cuerpo y el sistema autoinmune puede terminar atacando al mismo cuerpo al intentar defenderse de lo que sucede en el ambiente (o en el caldo mental que todos cultivamos a diario).

¿De dónde viene esto de "vibrar alto"?

Un psiquiatra estadounidense, David R. Hawkins, en su libro "El poder contra la fuerza" (1995), ordena las emociones humanas yendo de 0 (muerte) a 1000 (iluminación). Y dice que a menor vibración (miedo, odio) más posibilidades de enfermar y morir.

Su método fue el test muscular: sostenía que el cuerpo se debilita frente a lo falso y se fortalece frente a lo verdadero. Con eso concluyó que las personas con emociones menos afines a sentirse en paz con la vida estaban más débiles y eran más susceptibles de enfermarse. Conviene decirlo con todas las letras: ese método no comprueba nada.

También, en su investigación cita como las personas más tristes, doloridas o deprimidas, carecían de energía y sus procesos de reparación sucedían de manera más lenta o ineficiente.

Eso último —que las emociones sostenidas afectan la salud— sí es cierto, pero no por lo que él creía.

¿Qué es lo que cambia con nuestros pensamientos?

Lo que cambia dentro nuestro cuando estamos calmos, alegres, agradecidos, es nuestra química cerebral. Segregamos más neurotransmisores vinculados con el bienestar y menos hormonas vinculadas con el estrés. Eso hace nuestra respuesta autoinmune más efectiva. Nuestro cuerpo no vibra distinto.

Aquí las preguntas más comunes que recibí de mis alumnos y consultantes:

¿Por qué tomamos esta frase como si LA vibración fuera medible y real?

Probablemente, la poesía de Hawkins haya sido tomada en serio en una simplificación mayúscula de su legado. En su libro habla de la expansión de la Consciencia, y ordena las emociones de "malas" a "buenas".

¿Hay emociones malas o buenas?

En realidad, no. Las emociones según el Dalai Lama, no son buenas o malas, sino que nos apegamos a ellas y nos identificamos tanto que terminamos creyendo que son nosotros. El miedo te avisa, la tristeza te frena, la bronca te marca dónde estaba el límite. Ninguna vino a arruinarte el día. El problema no está en sentirlas, está en mudarse adentro de una y decorarla.

¿Entonces si me enfermo es porque vibré bajo?

No. Y esto lo escribo sabiendo bien de qué hablo. Cuando me diagnosticaron el tumor cerebral, hubo gente que me preguntó si no habría vibrado bajo. Si no tendría algo para reparar que no quería ver.

No me lo preguntaban para lastimarme, y creeme que lo sé. Me lo preguntaban porque necesitaban que el mundo tuviera una lógica donde los tumores le pasan a los que dejaron algo sin mirar. Si vos hiciste algo mal, entonces yo, que estoy mirando todo, estoy a salvo. Es un mecanismo viejo y bastante humano: se protegían. El problema es lo que queda del otro lado de esa pregunta, que es alguien acostado, esperando una cirugía, y ahora encima buscando en su propia vida qué fue lo que hizo mal.

Enfermarse no es un examen de actitud. Hay genética, hay edad, hay un virus que circula, hay azar, hay años de cosas que no elegiste. Que el estrés sostenido tenga un costo real en tu salud es verdad; que vos seas el autor intelectual de tu enfermedad, no. Entre esas dos frases hay un abismo, y la industria del pensamiento positivo vive de que no lo veas.

¿Y entonces da igual lo que piense?

Tampoco. Fijate la diferencia: no vas a evitar una enfermedad pensando lindo, pero sí podés cambiar la vida que llevás mientras tanto. Dormir mejor, tener a alguien a quien llamar un martes a las once de la noche, dejar de correr detrás de cosas que no querías. Nada de eso te hace vibrar distinto. Te hace vivir distinto, que es bastante más interesante.

¿Está mal decir que alguien me vibra mal?

No, y creeme que yo también lo digo. Cuando decís que alguien te vibra mal casi siempre estás describiendo algo cierto: te ponés en guardia, se te tensa la panza, se te acelera algo. Eso pasó de verdad. Lo que no pasó es que la persona tenga una frecuencia. La que se activó fuiste vos, y lo que sentiste es información valiosa sobre ese vínculo. Ponerle un número del 0 al 1000 no la vuelve más cierta: la vuelve más difícil de mirar.

Y ahí está lo que me interesa de todo esto. La versión mística parece más generosa —todos podemos elevar la vibración, todos podemos— pero deja al que se enferma solo y encima culpable. La versión aburrida, la de la química y el sueño y la gente que te quiere, no promete nada milagroso. Solo te devuelve lo que sí está en tus manos, que nunca fue todo, pero tampoco fue nada.

Así que la próxima vez que te llegue ese texto por WhatsApp, no hace falta que lo pelees. Es una forma torpe de decir algo que sí importa: que cómo vivís te pasa por el cuerpo. Lo que no necesitás es inventarle una física para que sea verdad.