El efecto cuántico de la negación: por qué a veces preferimos no saber

No me quedé a ver el final de Noruega–Inglaterra. No porque no quisiera: acá era tarde, y tenía miedo de lo que el partido le iba a hacer a mi sueño. La excitación de ganar o la tristeza de quedar afuera en cuartos de final, cualquiera de las dos me iba a dejar mirando el techo. Así que hice algo rarísimo para alguien que nació en Argentina: apagué todo después de los noventa minutos, con el partido todavía empatado, sin quedarme a la prórroga, y me fui a dormir sin saber.

El fútbol, para mí, viene de haber crecido en una familia donde los partidos se veían juntos, donde el grito de gol era de todos y se compartía un montón de cosas alrededor de esa pantalla. Y Noruega, después de más de una década viviendo acá, es mi casa: la cultura de hacer las cosas juntos, de festejar juntos, de no dejar a nadie atrás. Este fin de semana mis dos casas estaban jugando el mismo Mundial.

Cuando me desperté, el teléfono estaba boca abajo en la mesa de luz. Y pensé algo que después no me dejó de dar vueltas: hasta que no mire el resultado, el partido puede haber terminado de cualquier manera. En el momento en que lo sepa, mi mente va a empezar a reaccionar y a procesar lo que demoré. Mientras tanto, no. Mientras tanto, Noruega había ganado y había perdido a la vez.

La ventana donde el partido no estaba perdido

¿Te acordás del gato de Schrödinger? Es un experimento mental de la física: un gato encerrado en una caja está, en teoría, vivo y muerto al mismo tiempo, hasta que alguien abre la caja y mira. No hace falta entender la física para reconocer la experiencia. Eso era mi teléfono boca abajo: la caja sin abrir. Mientras calentaba el agua para el té le puse un nombre, medio en broma: el efecto cuántico de la negación.

Todo esto no es para hablarte del Mundial. Es que esa ventana que estiré un par de horas —la ventana entre que algo ya pasó y el momento en que lo sabemos— la usamos todos, todo el tiempo, para cosas bastante más serias que un partido. El resultado del estudio médico que dejás sin abrir en el mail. La conversación que venís posponiendo porque confirma algo que ya intuís. El número de la cuenta que preferís no mirar a fin de mes. Mientras no miramos, todos los finales siguen siendo posibles.

Lo que hacemos cuando elegimos no mirar

Acá hay un mecanismo bien concreto. La realidad nos entra por los sentidos: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que leemos. Una vez que un dato entró, no hay vuelta atrás; la realidad se impone y la imaginación se cierra. Pero mientras el dato no llegó, hacemos algo fascinante: barremos todos los escenarios posibles y nos instalamos en el que nos hace sentir menos en peligro. No en el más probable. En el que menos duele.

Por eso la negación no es estupidez ni ceguera: es una preferencia. Preferimos la versión imaginada donde todavía no perdimos, porque la otra pesa, y el dolor que todavía no llegó parece dolor evitado. Te lo digo y me lo digo: yo no dejé el teléfono boca abajo por sabiduría. Lo dejé porque quería desayunar en un mundo donde Noruega seguía en el Mundial.

Una ventana así, de una mañana, no le hace mal a nadie. Lo delicado empieza cuando la ventana se vuelve una casa. Hay personas que arman la vida entera para que la evidencia no llegue: se rodean solo de quienes les confirman lo que ya creen, circulan por lugares donde lo que duele no se nombra, y sus sentidos —esa puerta de entrada de la realidad— quedan mirando para otro lado. Hoy eso es más fácil que nunca: pasamos horas frente a pantallas donde ya no sabemos qué fue vivido, qué fue posado y qué fue directamente generado por una máquina. Si la realidad me llega editada, negar deja de costar esfuerzo.

La negación también fue un cuidado

En el consultorio me toca acompañar versiones bastante más pesadas de esa caja sin abrir: diagnósticos, duelos, parejas que terminaron hace años aunque sigan compartiendo la cama. Y aprendí a no apurar a nadie a mirar adentro. Porque la negación, vista de cerca, casi siempre empezó siendo un cuidado: una forma de dosificar una realidad que en ese momento era demasiado grande para tragarla entera. Como la anestesia. Nadie diría que anestesiarse para una cirugía es mentirse; lo que no se puede es querer vivir anestesiado.

La pregunta que me hago, y que a veces hacemos juntos en sesión, no apunta a la culpa. Apunta al tamaño: qué dimensión tiene eso que estás postergando saber, y quién podría acompañarte a mirarlo. Porque el partido ya terminó, lo mires o no. Lo único que queda en tus manos es cuándo abrís la caja, y en qué compañía.

Esto lo escribo un domingo a la mañana, con un té al lado, en mi intento de volver a escribir así: contando las cosas desde donde me pasan, para los que queremos aprender a pensar distinto y sostener este camino. En algún momento del desayuno di vuelta el teléfono. Noruega perdió 2 a 1, y Argentina le ganó 3 a 1 a Suiza: me desperté en una casa que festeja y en otra que está de duelo. Qué campaña enorme hizo este país chiquito y frío, que jugó de igual a igual y le mostró a millones de personas este rincón que aprendí a llamar hogar, donde la gente se mueve en tándem y no deja a nadie atrás. Hoy Noruega está un poco más triste, con ese cachetazo de realidad que traen los finales. Abrí la caja, y dolió menos de lo que temía. La casa sigue siendo la casa.